<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/plusone.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID\x3d6937146\x26blogName\x3dIdeas+brillantes\x26publishMode\x3dPUBLISH_MODE_BLOGSPOT\x26navbarType\x3dBLACK\x26layoutType\x3dCLASSIC\x26searchRoot\x3dhttp://ideasbrillantes.blogspot.com/search\x26blogLocale\x3des\x26v\x3d2\x26homepageUrl\x3dhttp://ideasbrillantes.blogspot.com/\x26vt\x3d7719204394931747143', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>

Barcelona y yo



      Tenía pendiente hace tiempo escribir sobre Barcelona. Mejor dicho, sobre Barcelona y yo. Me encanta esa ciudad. Aunque la conozco peor de lo que me gustaría, tengo debilidad por ella. A diferencia de otros lugares de los que sólo me enamoré tras conocerlos --como Nueva York, Vergara, Antigua o Avilés--, Barcelona me atrajo antes, mucho antes, de poner un pie en sus calles. Una atracción que nació de las letras, porque Barcelona ocupó, de la mano de Gaudí, Marsé, de Mendoza o de Serrat, un lugar de honor en mi geografía literaria.

Mi fascinación por Gaudí, más propia de un japonés que de un madrileño de dos generaciones, arrancó antes de la adolescencia. No recuerdo cuánta insistencia debí desplegar para convencer a mi padre, anticatalán hasta las cachas, para que nos desviáramos a conocer el Parque Güell en un viaje hacia la Costa Brava. De lo que me acuerdo perfectamente es que esa fascinación, muy mitigada hoy, brotó de nuevo al visitar la Pedrera, un laberinto de curvas y molduras del que brotaba una magia como no conocía entonces en ningún otro edificio. En los años siguientes, contraté los servicios de guía del Pijoaparte, de Onofre Bouvila, de la Colometa afincada en la Plaça del Diamant, del protagonista sin nombre de El Laberinto de las Aceitunas, del joven burgés Goytisolo de Coto vedado, del más joven y más proletario Terenci que iluminaba sus noches de barrio con besos de Peter Pan, del gallego Carvalho y su torpe mano derecha Biscúter. La lista sería larga, pero un solo nombre los resume todos: Juan Marsé y sus héroes de barrio, vencidos en la Guerra Civil pero jamás derrotados. La plaza Lesseps, el Carmelo, la ronda del Guinardó, el viejo cine Roxy, o incluso las incursiones por el territorio comanche de los barrios altos de Pedralbes a la caza de Monstses o Teresas.

      Me enamoré por tanto, de una Barcelona que no existía ya hacía tiempo, pero me las arreglé para la que la realmente existente no me defraudara cuando, años después, pude patearla a conciencia. Una ciudad con mar, de arroces sabrosos en la Barceloneta, y montes frondosos entre los que se esconde un teatro griego. De un Raval de mil idiomas y mil olores, que combate la degradación con una vida callejera que parece negar las cercanas Ramblas. Me encandiló el Gótico en aquel Corpus que pude explorarlo, florido y vital, tras la pista de un huevo que bailaba en las fuentes. Los arcos inacabables de las Drassanes. La geometría implacable del Eixample de Cerdá. Las maravillas de la colección Thysse en el inverosimil monasterio de Pedralbes o las de Cambó en el MNAC. Los restos de la que fue ciudad de los prodigios en las riberas de la plaza de España. El sorprendente parque de la Ciutadella, con un zoológico fuera del tiempo que, muerto Copito de Nieve, restan pocas excusas para visitar. Las Ramblas, claro, plagadas de escaparates con camisetas del Barça y hombres-estatua que que, sin pretenderlo, devuelven con sus purpurinas la humanidad a un Colón demasiado endiosado como para descubrir el nuevo mundo que florece a sus pies. El descubrimiento en un recodo de las arcadas de la Plaça Reial. La Diagonal, claro, que anuncia el sobrecogimiento que deben producir las grandes avenidas americanas, de Mayo a Insurgentes. Hasta los rascacielos de la Villa Olímpica, o el de Les Glories aún en construcción me gustan, en una ciudad cercada de montañas que nos permiten capturarla, si nos trepamos un poco, de un sólo golpe de vista.


      La Barcelona de hoy, una ciudad en la que sí hay urbanismo, donde las motos pueden circular sin temor a los taxistas, con paseos anchos, grandes plazas, tranvías, restaurantes de todos los sabores, tiendas de un lujo ofensivo y gentes que hacen cola ante los restaurantes de moda --pero ¿es qué no han oido aquí hablar de las reservas?-- sigue encantándome cada vez que la visito. Un amigo gringo me facilitó una guía casera de restaurantes que nunca olvido, y con la cual he descubierto lugares de tanto sabor --en más de un sentido-- como Can Lluis. Sólo me falta, y es un grave deficit, encontrar a alguien que me acompañe por esa Barcelona que no sale en mis libros ni en las guías Alguien que me preste su Barcelona, como yo he prestado a veces mi Madrid a los amigos que venían a visitarnos.

      Mientras tanto. seguiré tarareando con el Nano aquello de:

Mil perfums i mil colors.

Mil cares té Barcelona.
La que en Cerdà somnià,
la que va esguerrar en Porcioles,

la que devoren les rates,
la que volen els coloms,
la que es remulla a la platja,
la que s'enfila als turons...






Individualismo









Al individualismo le pasa como al sexo entre los católicos: muchos lo condenan,
pero la mayoría intenta practicarlo lo más que puede.




Aprovechados



     En la vida humana, como en la naturaleza, el error cumple funciones importantes. Sin él no existiría buena parte del aprendizaje práctico, el llamado método prueba-error. Aprendemos de nuestros errores más que de nuestros aciertos. Incluso el error azaroso nos recuerda que tenemos menos control sobre nuestra vida de lo que nos gusta creer. Además, estamos aquí en buena parte gracias al error de un asteroide que se cepilló a los dinosaurios, dejando hueco para que esos ridículos mamíferos medraran.
     Me agrada pensar, no obstante, que el flujo de los errores es finalmente un juego de suma cero, en la que se gana a largo plazo lo mismo que se ha perdido. Hoy extravío un billete, pero dentro de un tiempo encontraré otro. El árbitro pita un penalti injusto pero la próxima temporada  perjudicará por error a los que antes favoreció. El fallo de un médico tal vez cueste una vida,  pero a veces son sus errores los que las salvan.
Un extraño me hace sin querer un favor que nunca le devolveré pero alguien, tal vez Dios, se lo pagará.

     Pero sé que es una visión ingenua. En realidad, existen gentes que jamás cometen errores, o cuando lo hacen es sistemáticamente a su favor. Se han especializado en evitar el error, a lo que dedican grandes energías. Incluso buscan provocar nuestras equivocaciones. Así, sacan provecho de nuestros errores tanto como de los suyos. Son la raza de los aprovechados. Los bancos, sin ir más lejos.

Creérselo








e
l otro día me llamaron creído y regresé de golpe  a mis años de instituto. Las palabras evocan a veces más  que las magdalenas. Marcan además los tiempos de la vida: no creo haber pronunciado el vocablo hipoteca antes de los treintaitantos, y de entonces para acá el campo de mi vocabulario que más se ha ampliado --con diferencia-- es el que se refiere a sintomatologías y dolencias.

    Cuando estábamos en el insti, ser un creído era de lo peor. Pero era aún lo era más no poder aspirar a creérselo.  La palabra tenía una fuerte carga sexual (me niego a decir de género): normalmente,  las chicas eran sólo creídas para los chicos, y al revés. En general, eran ellas las que recurrían más a esta categoría. El principal, si no el único, motivo para creérselo era el atractivo físico, el éxito en lo que constituía el centro de nuestro universo:  ligar. Sólo subsidiariamente podía uno tenérselo creído de  listo o de dinero. No creo que de nada más.

     Continuamente se tildaba a alguien de creído ; existían  incluso  creídos oficiales, como la empollona,  el macarra, el porrero, la pija o el pelota, en ese férreo reparto de papeles de la socialización adolescente.  Tan cruel a veces.  Al sancionar a los creídos se establecía una presión del grupo contra los que sobresalían, una tendencia al adocenamiento en esa etapa en la que lo más importante era ser aceptado y para ello había que ser como los demás. Normal, una palabra tan odiosa como vacía. Sin embargo, el mismo calificativo revelaba que alguien podía tener motivos para sentirse mejor que los demás. Sólo se puede ser creído si se tiene de qué.

      Todo esto me venía a la cabeza despues de ver Los increíbles. La misma raíz, curioso ¿no? Allí, un puñado de superhéroes era obligados a llevar vidas normales, con gran pesar de Mr. Increíble, que se resistía a dejar de hacer lo que otros jamás podrían: ayudar a los demás. Me molesta mucho esa querencia social hacia la media; todos somos excepcionales en alguna faceta, sin que ello nos haga superiores o inferiores al prójimo. El viejo dicho castellano, nadie es más que nadie, no implica que todos seamos iguales. Sólo que no hay ninguna jerarquía que pueda ignorar la esencial igualdad como seres humanos. Me agradó de Los Increíbles esa reivindicación de la existencia de gentes mejores, y de su deber irrenunciable de ayudar al prójimo en la medida de sus capacidades.


Falsos amigos

Guggen







Como me dijo una vez el  Pelirrojo, el hecho de que en euskera
egun-on se traduzca por buenos días no nos autoriza a suponer que egun-off signifique buenas noches.














© Aldo Manias                            

Publicidad navideña

Si tiene un niño a mano o, mejor, si aún conserva un niño dentro, no deje de ir a ver Polar Express.
Pero, sobre todo, vaya a verlo a un IMAX 3_D.










Post-post: Me he expresado fatal. Quería decir que, si no tiene un IMAX a mano, la peli es tirando a bodrio, pero con él, es mágica. ¿Se puede decir "mágico" sin parecer Pedro Ruinz?

El arte de la duda








Frequens interrogatio est clavis sapientiae
              Pedro Abelardo (1121): Sic et non


(esto lo escribió un tipo años después de que le cortaran los huevos, pero años antes de que le quemaran los libros)


Excesos



La resaca cumple tres funciones básicas:

* impedir que sobre los estragos del alcohol arrojemos además comida;

*recordarnos que los años no pasan en balde;

* detectar --por desgracia, sólo a toro pasado-- los garitos donde sirven garrafa.



Adicionalmente,  no se me ocurre mejor ejemplo que el de "la última copa" para ilustrar el concepto de utilidad marginal decreciente.



Más palabras cruzadas

  Alguna vez he hablado ya de palabras cruzadas. Ronda por ahí una banda de autodenominados verbívoros,  hinchas del calambur, paladines del retruécano, acérrimos del palíndromo y en general más dados a la esdrújula que a la llaneza que caracteriza estas páginas. Me divierten algunos de sus juegos, aunque para otros me falla no sé si el ingenio o la paciencia.

  
   Cuando las palabras se cruzan, no en la armonía cartesiana de un crucigrama  sino en la jungla de asfalto del lenguaje callejero, a veces surge la poesía y a veces el puro choque de trenes. Van tres ejemplos, aunque no sabría decir si son una cosa o la otra.




  • Juegos de azahar

  • Artículos de bruma

  • Traer a felación




¿Alguna definición?



  © Alexander Apostol           




Potencias del alma (I)

Varsovia (1891)











Otra de las ventajas de tener mala memoria es que el alzheimer no nos pillará de nuevas.
























Nostalgias

La de tiempo que hace que no voy a esperar a nadie al tren...

East_SouthEast

© Steve McCurry Expone en EFTI (Madrid)


¿Poeta o profeta?








El Socialismo, Comunismo, o como queramos llamarlo, al convertir la propiedad privada en riqueza pública, y reemplazar la competencia por la cooperación, devolverá a la sociedad a su debida condición de organismo enteramente sano, y asegurará el bienestar material de cada uno de los miembros de la comunidad. Proporcionará, de hecho, a la Vida unas bases y un entorno adecuados. Pero para el desarrollo pleno de la Vida en su forma más acabada, hace falta algo más. Hace falta el Individualismo. Si el Socialismo es Autoritario, si existe un gobierno dotado de poder económico como lo está ahora de poder político; si, en una palabra, nos vemos abocados a una Tiranía Industrial, entonces el estadio último de la humanidad será peor que el primero.



Pecios (2)




Un día en que un teléfono que suena
no evoque los fantasmas de su boca,
en que al vuelo fugaz de una melena
no me extravie en busca de un aroma.

Llegará el día, estoy seguro, pero aún falta.