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Blanco y negro (3)



    Cuando comenzó a acompañarnos el Padre cambió también el tipo de salas, y las películas. Eran cines más pequeños, con acomodadores no siempre uniformados, donde proyectaban ciclos de Buster Keaton, de Charlot, del Gordo y el Flaco, de los hermanos Marx, todas las de Tarzán en que peleaba siempre bajo el agua con un mismo cocodrilo al que una y otra vez acababa dando muerte a cuchilladas.
De Buster Keaton me gustaban las persecuciones masivas –centenares de novias de blanco, de policías de oscuro, de obreros de mono o de soldados—que trataban de darle alcance mientras el de la cara de palo se ocultaba a la vuelta de una esquina, apoyado en una fachada que acababa desplomándose sobre su cabeza –aunque él se salvaba colándose por el vano de una ventana—o simplemente corriendo como alma que lleva el diablo. Charlot tenía aquella manera peculiar de andar a saltitos haciendo girar el bastón, desastradamente trajeado –bombín y todo— aunque le tocara desempeñar trabajos sucios y penosos. Stan y Laurel eran entonces mis favoritos: la voz meliflua del Flaco desencadenando toda clase de accidentes, golpes, caídas y desastres con la inocencia de quien acaba de llegar y aún no se ha hecho cargo de lo que está pasando; la altiva estupidez del Gordo que abusaba de la debilidad de su compinche.
    Estaban bien aquellas películas, no vayan a creer, aunque había que reconocer que eran raras. Cuando en el comedor del colegio –largas mesas corridas montadas diariamente en el gimnasio, tapizadas de cestas de pan, jarras metálicas y platos de loza blanca—nos poníamos el lunes a repasar las pelis del fin de semana (“¿Y te acuerdas cuando..?”), yo apenas podía meter baza. El lindo Galindo era el que las contaba mejor, con lujo de detalles, sin apenas titubeos, manteniendo el ritmo y el suspense de modo que te hacía sentir –casi—como si estuvieras tú mismo sentado en la butaca. Pero eran otras pelis: un puñado de casacas rojas defendiendo a base de descargas de fusilería un colina en Zulú --y aquí Pepe Guerra hacía honor a su apellido y nos contaba con detalle cómo una voz de mando bien coordinada podía aumentar el mortífero poder de fuego de las tropas indígenas. En El astronauta, Tony Leblanc, con el que tanto nos reíamos en la tele cuando hacía de Cristobalito Gazmoño y de Kid Tarao –“Estoy hecho un mulo”-- , se monta una NASA local y autárquica en un pueblo manchego. O ¿Dónde está el frente? con Jerry Lewis poniendo muecas –qué distinto a Buster Keaton— mientras intenta ganar él sólo la guerra. La misma guerra de los soldados y los esqueletos de la revista enrollada oculta en la estantería.

    Esas eran pelis que nosotros no íbamos a ver al cine. Y no es que no nos gustasen las que veíamos. Pero ¿cómo explicarles a Guerra, al Gordo Varela o a Joserra que había una extraña poesía en una historia donde un estirado profesor recoge a un niño-lobo en el bosque y trata de enseñarle a hablar, a manejar los cubiertos –qué empeño mostraban en el cole en que peláramos la naranja con tenedor y cuchillo— o a leer con unos cartones cubiertos de dibujos? Además de que casi no hablaban, era en blanco y negro.


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Blanco y negro (2)






    No recuerdo bien a qué edad empezaron los padres a llevarnos al cine. Sí en cambio que las primeras veces eran pelis de dibujos y era sólo la Madre la que nos acercaba, en la camioneta que nos llevaba hasta Diego de León, a ver Arturo o El libro de la selva. En algún momento, sin embargo, el Padre se incorporó a esas salidas, que pronto tuvieron unas reglas estrictas, como era habitual en él: siempre en domingo, siempre a sesión de cuatro, siempre unas chocolatinas redondas o unas palomitas (nunca las dos cosas), siempre cines pequeños donde daban películas en blanco y negro.
    Supongo que mi recuerdo de mi primera visita a una sala de cine está tan entreverado de fantasías, de imágenes tomadas prestadas de otras películas y de la huella que dejaron en mi ánimo otras primeras veces que sólo por un azar se parecerá en algo a la verdad. Pero mi memoria me devuelve la fascinación de los terciopelos rojos de los butacones de madera abatibles, las casacas entorchadas de los acomodadores, las entradas de papel basto burdamente impresas –a menudo con el título de la película--, de entresuelos con barandillas bruñidas a las que aferrarse, la fanfarria mil veces repetida del NO-DO (¡El mundo entero al alcance de los españoles!), las voces del vendedor de chocolatinas y bombón helado, la oscuridad de la sala, el run-run metálico de la cinta deslizándose afanosa sobre el proyector. Seguro que la mitad de todo eso es inventada, y la otra mitad envuelta en brumas, pero no la gozosa algarabía con que recibíamos al león de la Metro, el afán por no caernos del asiento plegado en vertical para estar más altos, la emoción de las imágenes que rasgaban súbitamente la oscuridad, el ansia con que buscaba la mano de la madre cuando los fotogramas despertaban temores que el sabor salado de las palomitas no calmaban. Con todos los años que han transcurrido, con lo distintas que fueron las salas que después frecuenté, con lo mucho que cambiaron mis gustos cinematográficos, debo confesar que pocas sensaciones me devuelven con tanta fuerza a los tiempos de mi infancia que el arranque de la proyección en mitad de una sala oscura, la promesa de una sesión –ya rara vez de programa doble—arrebujado en la butaca y dispuesto a vivir durante una hora y media en el pellejo de otros.

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    En los días que siguieron al descubrimiento regresé varias veces en busca de aquellas fotos. La repugnancia y el horror eran sólo lo que me producía el contemplarlas. Pero lo que me hacía volver a ellas eran la fascinación y el miedo. Seguí en un mapa los territorios de los campos. En algunas fotos, reconocí las siniestras calaveras asentadas sobre dos tibias cruzadas de las SS --¿quién sería el canalla que robó el emblema a mis admirados piratas de los mares cálidos?--, los cascos de acero con un reborde rebajado que cubría la nuca, los pesados abrigos de paño y la colección de insignias con esvásticas. Eran los mismos soldados alemanes –o germanos, como me gustaba decir entonces—que salían en mis tebeos de Hazañas Bélicas, oficiales enemigos pero dotados de un elevado sentido del honor, que jamás remataban a un prisionero, que afrontaban los inviernos de las estepas tan empapados de nieve como de nostalgia, que luchaban una guerra cuyo significado nadie se cuestionaba. Obedecían órdenes y se comportaban como hombres.
    Lo que mostraban las fotos, en cambio, no tenía nada que ver con los tebeos. Allí no había honor, ni valor, ni sacrificio, sólo la aniquilación de personas que de nadie parecían enemigas, sin fuerzas para empuñar un fúsil, sin más voluntad que la de sobrevivir al hambre extrema, al frío atroz, al sufrimiento infligido por lo que parecían ser otros hombres. Repasé muchas veces las fotos esos días, hasta el punto que llegaron a poblar mis pesadillas. En ellas me contemplaba arrastrándome perdido y escuálido por un gigantesco campo cubierto de barracones vacíos de cuyas chimeneas salía un humo espeso, rodeado de alambradas. Oía ladrar a los perros. Oía chillar a los guardianes. Y veía a la Madre, con la mirada perdida en las cuencas hundidas, saludarme a lo lejos, al otro lado de una explanada, antes de desaparecer en la bruma.


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Blanco y negro (1)


Para Dani, con mis sincieras disculpas


    Una de las paredes de la alcoba de los padres estaba cubierta por una estantería de pino basto que se alargaba hasta el techo. Allí acababan sus días, una vez leídos, los libros que andaban siempre rondando por la casa. Novelas,     sobre todo, de títulos prometedores – Mientras la ciudad duerme, Oscuro como la tumba en la que yace mi amigo, Los desnudos y los muertos--, libros de ensayo llenos de palabras imposibles –empiriocriticismo, dialéctica, praxis, historiografía--, cubiertas rústicas o lomos con sobredorados, almacenados en ocasiones en doble fila, cubiertos también a veces de una leve capa de polvo.
Aunque nunca encontré nada que llegara a poder leer, me gustaba curiosear entre los estantes, observando el contraste de los tamaños, la policromía de los lomos, tratando de deducir el significado de aquellas palabras a partir de las ilustraciones de la portada –cuando las había---, memorizando títulos y autores o simplemente dejando vagar la imaginación entre el despliegue de tipografías y colores. De aquella, imagino, me habrá quedado el gusto por husmear en los anaqueles de las librerías de viejo, por la rebusca en las casetas de Moyano o los batiburrillos de los mercados.
    Fue en el curso de uno de aquellos ratos, no lejos de un fin de año, cuando Jonás descubrió bajo la cama unos paquetes cuidadosamente envueltos en papel de regalo.

    --Ahí va, Manu ¿qué habrá aquí?

    Demasiado tarde: el Microbio había arrancado ya un trozo del envoltorio lo bastante grande como para distinguir, impresas en color rojo sobre fondo amarillo, unas letras que remedaban tablones rotos y dibujaban la palabra “FORT…” en mayúsculas. Así fue como mi hermano descubrió que los regalos de Papá Noel no se distribuían todos la noche del 24, sino que los dejaba en depósito, unas semanas antes, bajo la custodia de los padres.

    -- Imagínate, Microbio, que tuviera que repartir todo ese montón de juguetes en una noche. Él sólo.
    -- Pero tiene a los pajes…
    -- ¿Serás bobo? Esos son los Reyes Magos.


-----------oooOooo----------


    Semioculto tras una hilera de libros, enrollado en forma de grueso cilindro –y ya era llamativo que en nuestra casa alguna pieza de papel impreso recibiera ese maltrato— encontré aquello en una de mis incursiones. Fue inicialmente la curiosidad lo que me llevó a sacarlo del estante y desenrollarlo. Lo que vi había de quedar en mi memoria para siempre.
    Se trataba de una especie de revista gruesa, con textos en un idioma extranjero, aunque lo que llamaba poderosamente la atención eran las fotos. Imágenes en blanco y negro como las dos que ilustraban la portada: un hombre de una delgadez tan extrema que parecía más un esqueleto, los ojos nadando aterrados en las cuencas, despidiendo un brillo oscuro que traspasaba el mate del papel, los pómulos afilados a punto de horadar la piel, disfrazado con una especie de pijama basto de rayas gruesas, tocado con un gorro del mismo tejido que le bailaba sobre el cráneo casi pelado y mirando a la cámara como si quisiera tirar de uno hasta atraparlo. En el pecho mostraba unos números y una estrella de seis puntos de color más claro. A su lado, otra foto mostraba un montón de cuerpos, despojos humanos apilados hasta la altura de lo que parecía un almacén o una pequeña fábrica. En las páginas del interior se repetían las imágenes: largas filas de hombres y mujeres cadavéricos, edificios oscuros de ladrillo con artefactos de metal –eran las cámaras de gas--, patios embarrados, barracas de madera con literas de troncos y toscas estufas de metal, verjas y vías de tren, torretas de vigilancia erizadas de alambre de espinos, naves repletas de maletas, pilas de zapatos, muñecas, dientes de oro y plata… Los hombres-esqueleto aparecían a menudo en las fotos, en un rincón, siempre con es mirada negra y perdida, en solitario o en pequeños grupos. En el texto, nombres en mayúscula que ya no olvidaría: Dachau, Treblinka, Bergen-Belsen, Mauthausen…Auschwitz.
    El Microbio debió de notar algo, el silencio tal vez, la respiración contenida. Preguntó algo antes de arrimarse a curiosear, lo que me dio tiempo a volver a enrollar aquello antes de que pudiera echarle la vista encima.

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Día del libro


Del amor a los libros



Donald Rayfield
nos cuenta  que el camarada Stalin era un lector voraz, de amplios intereses y fino criterio.


El resto de la obra está lleno de noticias igual de desalentadoras para quienes amamos los libros.






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Una partida de campo (y 4)




    Aquella noche, Amancio durmió en el cuartelillo del pueblo del enorme campanario. Xavi se quedó a esperar que lo soltaran, con el coche, y nosotros tiramos para Madrid, con el estómago vacío y la congoja en el cuerpo.

    Jaime el Seta se quedó a dormir con nosotros, así que a Jonás y a mi nos tocó compartir cama. La tortilla de patatas de la tía Mari nos supo a gloria; el Microbio se tomó ración extra, aunque no se le quitó la cara de abrumado en toda la noche. Ni siquiera el vaso de colacao con galletas pareció templarle.
    Después de una fantástica pelea de almohadas –es difícil de creer la diferencia que va de dos a tres— el Microbio por fin soltó lo que le venía reconcomiendo.

    -Oye, Manu, ¿tú crees que a la Madre la llevaron a la cárcel pro algo que yo dije?

    El Seta, con una carcajada descarada, le arreó un tremendo almohadazo.

    -- ¡Picoleto! Que además de bocazas eras un picoleto.
    -- ¡Picoleto! --repetí, mientras le enviaba otro viaje con el cojín.

    Así hasta que llegó la tía Mari, y nos encontró al Seta y a mi empuñando las almohadas con cara de culpables. Se llevó a Jonás, que lloraba, al salón, y a mi me prometió un castigo del que no me iba a librar.

    Desde entonces, cuando realmente quería picar al Microbio sólo tenía que chillarle –o susurrarle al oído-- : ¡Microbio picoleto!.

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Una partida de campo (3)





    Aquel domingo, la excursión tenía río, o más bien riachuelo, y pilón cuajado de fauna y algas en medio de una dehesa cercada a las afueras del pueblo, así que los niños andábamos a la caza del renacuajo, comandados por el Seta, mientras los mayores se dedicaban a preparar la paella. Lo de cazar renacuajos tenía su miga; para empezar, porque aunque era una captura acuática era caza y no pesca. Por lo demás, no es que fuera complicado: era cuestión de tener un bote y estar dispuesto a empaparse la ropa a base de meter el brazo en el agua. La cosa era que en realidad de lo que nosotros andábamos detrás era de las ranas. Así que examinábamos con cuidado los ejemplares capturados, desechando los que tuvieran las aletas demasiado grandes o las patas sin desarrollar, con la esperanza de que si nos llevábamos a casa los renacuajos más maduros llegarían a convertirse en ranas. No me preguntes ahora por qué, pero ninguno sobrevivió tanto.
    Los mayores, mientras tanto, seguían con los preparativos de la comida, que consistían sobre todo en charlar y cantar: hablaban los hombres mientras iban a rebuscar leña para el fuego, parloteaban las mujeres mientras abrían las latas de sardinillas y mejillones, y repartían las bolsas de patatas fritas y los cucuruchos de aceitunas manzanilla en platos, charlaban todos juntos mientras trasegaban las cervezas del aperitivo, de dos en dos, en asamblea, sentados a una mesa, de pie en corros en los que se ofrecía tabaco y se palmoteaban espaldas y se sobaban barrigas.
    Nunca he conocido a nadie que hablase tanto, tan seguido y tan vehementemente como ese puñado de mayores que abrigó mi infancia. Y cuando se cansaban de charlar, cantaban.

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    Habían vertido ya el arroz en las paellas, que borboteaban alegres sobre el lecho de leña y piedras, arrojando aromas de azafrán que llegaban hasta nosotros y encendían el apetito aún por saciar, cuando apareció por el camino la guardia civil. Así se decía, la guardia civil, aunque en realidad sólo asomaba una pareja a pie, los capotes largos, el tricornio lanzando destellos de charol y los máusers al hombro. Lo que delató que habían entrado en la dehesa fue la súbita caída de la animación de las conversaciones, las cabezas que se giraban hacia el camino, sucesiva, discretamente; el silencio incómodo dio pronto paso a un simulacro de conversación, en el que ni las palabras, ni la alegría de los tonos, ni la vehemencia de las replicas eran más que un remedo torpe de lo que habían sido unos instantes atrás.

    -- Buenas tardes –saludó el civil más viejo, llevándose la mano al sombrero.
    -- Buenas tardes –respondieron varios de los mayores, aunque fue Amancio el que dio un paso hacia los guardias.
    --¿Qué? ¿De comida campestre?
    -- Efectivamente, mi cabo –contestó Amancio.
    -- ¿Vienen de Madrid?
    -- Sí, de la capital. Lo habrán notado por los coches… No les hemos ofrecido ¿quieren un botellín?
    -- No, por Dios, estamos de servicio.

    El guardia más joven se había alejado a curiosear entre los bultos –neveritas de campo, bolsas de comida, garrafas de vino, alguna mochila con ropa o toallas. Junto a los bultos estábamos los niños, que contemplábamos con interés la escena y nos aferrábamos a los botes de los renacuajos como si fuera a requisárnoslos. Ni se molestó en mirarlos; curioseó un poco a nuestro alrededor, fijándose especialmente en un manojo de periódicos y un par de libros, pero nada pareció salirse de lo corriente. Se volvió hacia el cabo, le hizo un gesto de conformidad y echó a andar para reunirse con el mando. Fue entonces cuando se produjo uno de esos momentos de silencio, una pausa en las conversaciones que, cuando hay congregado cierta multitud de gente, suele saludarse con un “Ha pasado un ángel”. Hasta se diría que el aire había dejado de soplar. De ahí que las palabras que el Microbio dirigió al Seta, en tono quedo, y casi susurradas, se oyeran con nitidez en la dehesa.

    --¿Y qué es un picoleto, Seta?

    Desde luego, llegaron a oídos del cabo –nos lo contó luego la tía Mari--, que torció el gesto, dijo que ya estaba bien de cháchara, que quería ver papeles, y Amancio se puso serio, se atrevió a preguntar por el motivo, que si había algo irregular. El cabo empezó a sulfurarse, a Amancio se le debió escapar la palabra “atropello”, la tía Mari se acercó a intentar mediar, mientras el Padre, Xavi y el resto de mujeres se mantenían a corta distancia, con cara de susto.


© foto: Smith

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Una partida de campo (3)



    Una de las cosas para las que servía el cuatrolatas era para las excursiones de los domingos al campo, normalmente a un pueblo con pinar o con río. No sé por qué, pero los que tenían pinar no solían tener río, y viceversa. Estas partidas de campo las compartíamos con algunos amigos de los Padres que tenían hijos pequeños; de todos ellos, el más amigo era Jaime el Seta. No recuerdo bien porqué le llamábamos el Seta, si no es porque se apellidaba Goizueta. Claro que su padre tenía el mismo apellido, y todos le llamábamos Xavi.
    Jaime tenía madera de líder era un poco más pequeño que yo, pero algo mayor que Jonás, y aunque íbamos al mismo colegio rara vez jugábamos juntos allí. La jerarquía de las clases en pocos sitios es más rígida que el patio de recreo: los de segundo no se mezclan con los de tercero, y hasta en los partidos de fútbol los del A jugábamos siempre contra los del B. Sólo la disputa con los de octavo, que ocupaban las canchas de baloncesto con balones duros como piedras y carreras desgarbadas de adolescentes podía unirnos temporalmente. Pero fuera del colegio, en nuestras excursiones, o en las largas tardes en su casa, Jaime el Seta era el inventor y el árbitro de todos nuestros juegos. La tía Mari decía que era muy espabilado, que se veía que era hijo de padres separados, pero yo en lo único que lo notaba era en que cuando íbamos al campo unas veces venía con Xavi y otras con Maite.

    Aquella mañana, Jaime cargaba como de costumbre con una bolsa repleta de sorpresas. Un balón oblongo de rugby que olía a caucho nuevo, un boomerang, tres Gi-joes con pelo cortado a cepillo que doblaban en estatura a nuestros escuálidos madelman y un avión de alas de membrana plástica que volaba impulsado por la fuerza de torsión de una gruesa goma sobre la hélice. En la perrera del cuatrolatas, además, viajaban la paella requemada de carbonilla, la nevera con hielos y repleta de botellines de skol y un par de sillas plegables. Maite, la madre del Seta, algún otro amigo que no recuerdo, el Padre al volante y Amancio de copiloto. Nosotros asomábamos la nariz desde el maletero y escuchábamos a los mayores discutir y cantar un repertorio sorprendente de canciones que siempre incluían versos con luchas, barricadas, banderas, guerrillero y otras por el estilo. Mi favorita era una italiana, que el Padre entonaba con brío y una voz de barítono, con tanto entusiasmo que Amancio tenía que llamarle la atención para que no se saliera del carril de un volantazo.

        Avanti popolo, alla riscossa
        Bandiera rossa, bandiera rossa
        Avanti popolo, alla riscossa
        Bandiera rossa trionferà

    Acabábamos aprendiendo todas esas canciones, aunque teníamos instrucciones estrictas de no repetirlas fuera de casa, ni siquiera cuando estábamos con los abuelos. En realidad, sobre todo cuando estábamos con los abuelos. Claro que yo se las enseñaba a Joserra y a los demás miembros de nuestra célula, pero ellos no iban a irse de la lengua.

    Entre canción y canción se iba pasando el trayecto, contando matrículas que no llevaran la M y viendo pasar en las lindes de la carretera los campos pelados de Castilla, de un verde intenso en primavera, tachonadas del rojo de las amapolas –que aún no habían sido desterradas a las lindes y los barbechos--, punteados de pueblos a los que se llegaba por carreteras estrechas y presididos siempre por el campanario de una iglesia enorme que casaba mal, por desporporcionada, con las docenas de casa y las calles embarradas. Luego, al llegar a nuestro destino, una parada en el bar para comprar una barra de hielo para las cervezas y un par de hogazas de pan para la comida. Aquella vez, cuando enfilábamos la cuesta que daba entrada al pueblo, poco antes de cruzar ante el yugo y las flechas que anunciaban el nombre de la población, a Jonás le llamó la atención la inmensa mole que sobresalía de un manto de tejas rojas.

    --¿Qué es aquello tan grande, Papá?
    -- ¿Aquello? Es una iglesia, Jonás, el campanario de una iglesia.
    -- ¿Y qué es una iglesia?

    Los mayores se rieron, supongo que satisfechos de los frutos de la educación laica, o tal vez asustados de lo lejos que había llegado su empeño en mantenernos alejados de aquello que tanto marcó su propia infancia: sotanas, sacristanes, rosarios y hostias consagradas. El único que no se río fue Amancio. Rara vez lo hacía.

    --Es un sitio donde los curas engañan a la gente.

    Y aunque no tenía una idea cabal de qué eran los curas, a Jonás le debió parecer bastante la respuesta, o le amedrentó el tono serio del camarada Amancio, porque no volvió a preguntar nada más.


© foto: Manuel H

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Una partida de campo (2)




     El despacho del Padre en la agencia Auger e Hijos no era muy grande, pero tenía un perchero de metal cromado, una mesa de madera brillante y repleta de papeles y un cajón para artículos de escritorio que parecía el cofre del tesoro: cajas de clips, una grapadora de acero brillante, un bote de tinta negra, flomasters de varios colores y hojas de papel grueso en las que siempre nos dejaba dibujar un rato. También tenía una secretaria que se llamaba Rosa y hablaba sin parar, pellizcándonos las mejillas y mareándonos con un perfume de esos que llamábamos embriagadores.
    El dueño de la agencia, el señor Auger, era un gordinflón con grandes bolsas bajo los ojos y modales ceremoniosos, que olía a loción de barbería y vestía siempre traje con chaleco. Un día nos explicó lo importante que era el Padre en la empresa.
    --Vuestro padre, chavales, es el mejor creativo de Auger e Hijos. Podéis estar orgullosos de él.
    Mientras se alejaba por el pasillo con esos andares de campesino que aún no se ha aclimatado al terno y la moqueta, el Padre nos dedicó una mueca como diciendo “No le hagáis mucho caso”. Y yo me acordé de un chiste de soldados mexicanos que tenían que empujar un camión para sacarlo de una zanja, y no había forma.
    Aunque le costara confesarlo, el Padre estaba orgulloso de su trabajo. No sólo porque nos había permitido comprar el cuatrolatas y alquilar un apartamento para veranear en Santander, sino porque le divertía inventarse eslóganes absurdos y letras para jingles pegadizos.

        Tres sabores, tres colores
        Tres gustos para tu boca,
        Prueba a cerrar los ojos
        Y adivina cuál te toca.

    Ese era el de caramelos Gusis, pero también estaba la campaña del café Nuar –Nuar, aromas de cafetal—y un porrón de ellas que nos contaba a veces por las noches, cuando regresaba a casa cansado pero a tiempo para charlar un rato con el Jonás y conmigo antes de dormir. Al Microbio y a mi, más que los carteles de los anuncios e incluso más que las bolsas de muestra de caramelo, nos gustaba el despacho del Padre en la agencia, las tardes que la tía Mari tenía exámenes o cosas que hacer y no había con quién dejarnos. Nos sentábamos en la mesa a pintar, o nos llevaban a una sala donde había una tele, y Rosa asomaba de vez en cuando a preguntar si queríamos otra cocacola. La respuesta era siempre sí, igual que ella siempre decía “Oooooh” abriendo mucho los ojos cuando les mostrábamos los dibujos de stukas bombardeando en picado y batallas de platillos volantes.

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Una partida de campo (1)



    Al Padre le empezaban a ir muy bien las cosas en su nuevo trabajo de la agencia de publicidad. Los del scalextric no fueron los únicos coches que entraron el la casa. El 600 heredado del abuelo Antonio fue reemplazado por un flamante 4-L, el cuatrolatas blanco en cuyo maletero habríamos de cubrir los niños los trayectos cortos, hacinados hasta cuatro de varias edades entre las bolsas y dando botes sobre unas mantas. Cuanto peor era el camino mayor la diversión, y no había para nosotros mejor asiento en el coche que la perrera. Aún me recuerdo mirando disolverse el paisaje entre el polvo de la carretera, la nariz pegada al cristal inclinado y esa felicidad plena de las que sólo somos capaces en la infancia.
    --¿Jugamos a las familias? –propuso Jaime el Seta.
    --¡Me pido perro! –replicó el Microbio con entusiasmo.

    Estrenamos el cuatrolatas una tarde de primavera con una excursión al monte del Pardo, coronada con patatas fritas y boquerones en vinagre en un mesón al que se acercaban los jabalíes a mendigar mendrugos de pan. Aunque no estaba de humor, el Padre convenció a la tía Mari de que nos acompañara. Mientras Jonás y yo enredábamos con los madelmans entre los hierros de los columpios, los mayores se entregaban al rito mil veces repetido de las cañitas y la conversación.

    --Cualquiera diría que te sienta mal –dijo el Padre, cuando creyó que no le oíamos.
    --No me sienta mal.
    --Entonces ¿a qué viene esa cara?

    La Tía se le quedó mirando como solía mirarnos a nosotros cuando habíamos hecho una gorda y dudaba si empezar a repartir gritos o quitarse directamente la zapatilla.
    --No es nada, joder. Pero…parece que no tengas a tu mujer en la cárcel.

    Ahora fue el padre quien se quedó mudo. Mari dio un sorbo a la cerveza, mientras clavaba los ojos en el suelo. Luego se volvió hacia nosotros, que estábamos probando la impermeabilidad del traje de hombre-rana del madelman en un charco.

    --¡Niños! Pero ¿pero es que nunca podéis inventar nada bueno?




© foto: Renault


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