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Viajes (y 4)





    Las noches siguientes a su vuelta, reclamamos al Padre que nos acompañara a la cama para contarnos historias de París. Nos habló del Sena que lame los pies de los campos de Marte, de la habitación del hotel del Barrio Latino, donde estaban cubriendo los adoquines con asfalto para que no saliera a la superficie la playa que había debajo, de las terrazas de los bistrots del boulevard Saint Michel, con sus garçons estirados que torcían el morro si no les gustaba la propina, del enorme piso que ocupaba la agencia que había ido a visitar, junto a la plaza de l’Etoile, de la tumba de Napoleón en los Inválidos, del Louvre, claro, de los bouquins de libros de viejo junto al río, del mercado de las pulgas en la puerta de Clignancourt.
    -- Padre, y en París... ¿hablan francés todo el rato? –preguntó el Microbio.
    -- No, Jonás –contestó riéndose--, por las noches, cuando se cansan, hablan español, como todo el mundo.
    -- Aaaah.

    Nos contó que en un café trató de pedir un bollo para desayunar, que no sabía cómo se llamaba, y mientras trataba de encontrar una palabra que no fuera cruasán el camarero le espetó.
    -- Venga, caballero, decídase pronto que se me está formando cola –con un acento andaluz que le pilló totalmente de sorpresa.

    O cuando fue a comprar un jersey en La Samaritaine, y se le escapó un comentario de que era algo caro, y la dependiente le respondió que si esto le parecía caro que no se le ocurriera acudir a las Galeries Lafayette, que ahí sí que le iban a sacar un ojo de la cara. París, nos contó, está lleno de españoles, sobre todo trabajando en los bares, de criadas en las casas, de porteros, transportistas u obreros en las fábricas. Pero ni siquiera los españoles se comportaban como cuando vivían aquí. En los kioscos vendían una veintena de periódicos distintos, y la gente criticaba al gobierno en voz alta en los cafés, y los estudiantes se manifestaban por las calles sin que los policías corrieran tras ellos empuñando porras. Había librerías –algunas también llenas de españoles—donde vendían libros que aquí estaban prohibidos, incluso libros para niños. Eso, nos contó, se llamaba en francés liberté. Poder hacer lo que uno quisiera, siempre que no perjudicara a los demás. Sin que le mandaran a la cárcel por ello.

    -- ¿O sea, que en París no hay cárceles?
    -- Bueno, Manu, tampoco exageremos…
    -- A la Madre le hubiera gustado París ¿no?
    -- Sí, –respondió, súbitamente serio—le habría encantado. Pero también en París la hora de apagar la luz es sagrada. Sacrée. Así que, enanos, un beso y a dormir.
-----------oooOooo----------


    La escayola tuvo al Rubio Salazar un mes alejado de los plintos y las espalderas. Nos miraba con envidia mientras hacíamos la carretilla gimnasio arriba y abajo, sentado en un rincón, vestido de uniforme. Todos los de la clase habíamos firmado sobre el yeso, aún fresco, el lunes después de la excursión al descampado.
    -- Ha dicho mi padre que ya no puedo volver a ir a vuestra casa.
    -- Jo, qué pena. Lo pasamos de miedo.
    -- Sí. –se le escapó una sonrisa—Pero mi madre dice que ya hablaremos.

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Viajes (3)



    La tarde nos saludó calurosa y fragante cuando tras una merienda apresurada salimos de estampida los cuatro camino del descampado: el Rubio Salazar, Joserra, el Microbio que no hubo forma de quitárselo de encima y yo mismo. El programa de actividades era apretado, y cargábamos en los bolsillos parte del equipo necesario: una caja de cerillas, las canicas, tres o cuatro petardos que guardábamos desde el verano, y un cigarrillo que le habíamos guindado a la Tía. El resto --una cantimplora llena de cocacola y los prismáticos viejos del padre de Joserra—- iba colgado.
    Al descampado se accedía desde la embocadura de nuestra calle, cruzando la que dividía en dos el barrio, tan ligera de tráfico entonces que se nos permitía atravesarla sin supervisión adulta. Luego, ante nuestros ojos, un paisaje desolado de escombros que formaban montículos sobre un enorme solar, tal vez del tamaño de dos campos de fútbol, repleto de uralitas, lagartijas, charcos, cascotes, latas y hasta un viejo seat quinientos abandonado, reposando solemne sobre tres llantas oxidadas y una piedra haciendo las veces de la cuarta. En suma, a los ojos del Rubio Salazar, como a los nuestros si no nos hubiera quedado a la vuelta de la esquina, el descampado era la imagen misma del paraíso.
    Ante los ojos fascinados del Rubio, emprendimos el tour de exploración. Joserra no podía aguantar las ganas de volar unas latas colocándoles debajo, en el borde mismo, sin que quedaran del todo tapadas contra el suelo, uno de los petardos de dos pesetas con –calculo—veinticinco gramos de pólvora negra envueltos en un cilindro de cartón doblado por el extremo, con una gruesa mecha negra. El primero tal vez había cogido humedad en el tiempo que estuvo almacenado, o tal vez la mecha no estuviera en condiciones. Un zumbido seco, apenas audible, anunció el primer fracaso. Así que probamos con el que quedaba, horadando el envoltorio con un clavo, derramando algo de pólvora por fuera y atándolos con un cordel que encontramos por el suelo. El estallido sonó esta vez como un trueno, cuando apenas nos había dado tiempo a asomar la cara tras un montículo y a Joserra a traspasar la cumbre de dos zancadas. La lata voló alto, tal vez cuatro, cinco metros, una enormidad a nuestros ojos, casi hasta el punto de hurtarse a la gravedad terrestre.
    Luego vino la visita al coche abandonado, con la habitual pelea para decidir quien se hacía con el volante, la palanca de cambios, el asiento del copiloto. Allí anduvimos un rato, dándole a la manivela de unas ventanillas que ya volaron, saltando entre los muelles que salían de los asientos y remedando con la boca el brrrm-brrrm del motor y el moc-moc del claxon. Imaginábamos ser una banda de atracadores que huían de la policía tras el asalto a un banco; tuve que esmerarme al volante para impedir que el coche volcara en las curvas, mientras el Microbio vaciaba sin interrupción los cargadores de una ametralladora –juraría que una Thompson de tambor—a la que nunca se le acababa la munición.
--¡Comed plomo, malditos polizontes!

    Hicimos pausa para repostar, con la cantimplora pasando de mano en mano; al Rubio le cedimos el privilegio de otear las escombreras con los prismáticos en busca de lagartijas, aunque él juró y perjuró que había visto dos ratas del tamaño de cabras montesas. Podría ser, pero lo cierto es que a aquellas horas de la tarde, a pleno sol, nunca nos habíamos topado con semejante fauna. Luego, después de explorar con cuidado todos los rincones del solar, de salpicarnos hasta las cejas con el agua de los charcos, de dejarnos caer por un desmote a lomos de viejas lamas de persianas rotas, de enzarzarnos en una guerra de terrones, llegó la caída de la tarde y el momento de encender la fogata prendiendo unos cuantos cartones, unos palos y alimentando el fuego con los filtros de aceite que arrojaban allí desde el taller de Calixto. Estaban empapados en grasa y ardían como la yesca seca, arrojando volutas de humo negro que impregnaban la ropa de aromas de gasolinas y alquitranes. La fogata era el momento del recuento, del descanso, de las miradas fascinadas al baile inacabable de las llamas, de las anécdotas de excursiones pasadas. También era la ocasión de echar al fuego los trozos de uralita, que estallaban en pedazos con detonaciones sordas, lanzando por el aire esquirlas sólidas y chispas humeantes.
    En una de esas fue cuando el Rubio Salazar, que no se había apeado de la sonrisa en toda la tarde, quiso hacernos la demostración del salto mortal sobre la hoguera. El más difícil todavía. Mira que le dijimos que no lo hiciera. Con once años, sin embargo, uno puede sentir miedo o no sentirlo, pero cuando no nos atenaza el canguis, sólo hay una palabra para describir cómo cómo se siente uno: la palabra es invulnerable.
    Así que el Rubio midió las distancias con la vista, tomó carrerilla y se dispuso a dar el salto. Y claro, pasó lo que tenía que pasar.


foto: Wikipedia

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Viajes (2)




    Como venía ocurriendo con alguna frecuencia desde que la Tía dejó de salir con el Frutero, Amalio apareció aquella tarde y se encerraron en el cuarto a charlar. De vez en cuando asomaba Mari, pero debían de estar tratando asuntos importantes porque ni siquiera se molestó en recordarnos que apagáramos la tele cuando acabó la programación infantil. Así que el Microbio y yo pudimos disfrutar de una rara fruta prohibida: “Por tierra, mar y aire”. Era un programa de propaganda sobre las actividades de lo que entonces aún se llamaban los tres ejércitos. Nada de fuerzas armadas ni de ministerio de defensa: eran los ejércitos de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, éste último con pilotos aguerridos pero una dotación de aparatos que hubiera avergonzado al Barón Rojo: aún así, nos sabíamos de memoria las evoluciones de los ágiles saetas –una especie de avión a reacción en miniatura, de fabricación nacional—y los primeros Mirage comprados a Francia. Junto a ellos, los carros de combate de la Acorazada que parecían estar permanentemente de maniobras, aunque sospecho que la mayoría de las veces no daba para pagar el fuel, y sobre todo tropas, muchas tropas. Los sorchis en uniforme de campaña, sonriendo feroces cuerpo a tierra aferrando el chopo, regulares con quepis rojos o legionarios con gorrilla cuartelera. Aunque nos costaba imaginar exactamente cuándo, sabíamos que antes o después tendríamos que pasar, como todos los varones de aquella España, por la mili, y escuchábamos con ávida incredulidad las anécdotas que a veces nos regalaban nuestros tíos o los hermanos mayores de los chavales del barrio.
    Ni a la Tía ni a los Padres les gustaba un pelo que nos alimentáramos con semejantes materiales, pero nunca nos dieron una explicación creíble del por qué. Al fin y al cabo, el barbudo con boina del poster del despacho del padre también tenía una metralleta entre las manos, y el antimilitarismo aun no formaba parte del programa educativo. Así que se limitaban a tratar con desdén mi afición por los tanques, los obuses y el trote legionario y a apagar la tele con cualquier excusa.
    Enfrascados como estaban, sólo el sonido de la puerta de la calle sacó de sus asuntos a Amalio y la Tía Mari, que asomaron para recibir al Padre. El intercambio de gestos y tonos fue sutil, pero lo bastante eficaz como para que nadie se preocupara de lo que estábamos haciendo, pese a que se acercaba la hora de los baños. Pasaron los tres al despacho del padre, desde el que llegaban, entrecortados pero audibles, los retazos de una discusión.

    --Te lo he dicho bien claro, Amalio, ni una sola vez más –esa era la voz del Padre.

    Mientras tanto, había empezado el telediario y le sugerí al Microbio que tal vez por una noche podríamos dirigirnos al baño sin esperar instrucciones. Pero Jonás no estaba para bromas.

    --Tú aquí no mandas.

    Le agarré del pescuezo, rodamos por el suelo, intentó morderme y cuando ya le tenía a punto de aprisionarle los brazos con las rodillas para una sesión de dolorosas tobas en la nariz, sonó de nuevo la voz del Padre.

    -- Por supuesto que sé lo que significa, Amalio. Lo sé perfectamente.

    Se abrió la puerta del despacho, y el Microbio aprovechó mi desconcierto para librarse de la presa y salir corriendo hacia la Tía Mari, fingiendo el llanto, una de sus especialidades. Pero las caras serias de los mayores interrumpieron cualquier intento de comedia. La Tía nos mandó al baño, y desde allí, mientras nos desnudábamos y corría el agua en la bañera, escuchamos los últimos coletazos de la discusión, ahora ya sin el Responsable.

    -- También tengo una responsabilidad con mis hijos, Mari. ¿Quién los cuidará si caigo? ¿El Partido?

    No escuchamos la respuesta de la tía, pero sí, clara y firme, la voz de nuestro padre.

    -- No me jodas, Mari. Tú no.



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Viajes (1)





    El extranjero era entonces aun un lugar lejano, extraño y maravilloso. Un lugar, por descontado, que pertenecía en exclusiva a los mayores: sólo ellos lo conocían y sólo ellos volvían de alli, cargados de regalos que destilaban el encanto ya perdido de lo exótico y el inconfundible brillo de lo moderno. Bolígrafos de diceséis colores, que a duras penas resistían una semana de continuas manipulaciones sobre los resortes que empujaban cada una de las puntas; libros con troquelados sorprendentes o desplegables ocultos como tesoros en un cofre; breas multicolores que al soplarlas desde un tubo se convertían en globos de goma prácticamente irrompibles, de una elasticidad y dureza tan superiores a nuestras pompas de jabón de fabricación casera; coches en miniatura con detalles de acabado minuciosos en las puertas y salpicaderos, bolas locas, cuadernos de hojas de distintos tipos de papel.
    De uno de aquellos viajes conservo una caja de crayones ajados pero intactos: era tal la fascinación que ejercían esos colores desusados que ni el Microbio ni yo nos atrevimos más que a rozarlos una vez sobre el papel, acariciando las puntas levemente romas para comprobar el resultado sobre una hoja de nuestros blocs cuadriculados. Jonás coloreó uno de aquellos drakkars vikingos de fauces feroces coronando la proa y velas de grandes listas blancas y rojas, que estuvo muchos años clavado con una chincheta en la pared de nuestro cuarto común, a la derecha del poster de Snoopy.
    La llegada del Padre, que aquella primavera había viajado solo a París, mientras nos dejaba al cuidado de la Tía Mari, fue el preludio de un rápido deshacer las maletas cargadas de tesoros. La mayoría, libros y discos que descartábamos rápidamente, alguna botella y algún paquete de quesos y patés, alguna prenda de ropa. Pero no tardaron en aparecer nuestros regalos: juguetes, artículos de papelería sobre todo, algún libro. También había un envoltorio atado con un lazo sobre el cartón, semioculto en los pliegues de un jersey, que el Padre entregó a la Tía con cierto misterio y una declaración solemne que no recabó respuesta alguna.

    -- Es la última vez, Mari. Ya se lo puedes decir a Amalio.
-----------oooOooo----------

    La madre del Rubio Salazar estuvo un rato al teléfono hablando con la Tía, que al colgar nos anunció que vendría esa tarde a hacernos una visita. El Rubio era un niño de aspecto angelical, más bajo que la mayoría de nosotros, tranquilo y de modales suaves que descollaba sobre todo en clase de gimnasia. Los bancos, las espalderas y hasta el temido plinto no guardaban misterios para él, que empalmaba volteretas, saltos mortales y piruetas con una elegancia que encandilaban al viejo profesor de educación física –siempre trajeado y a menudo con un caniche blanco en brazos-- y despertaban la envidia de los que, más torpes, veíamos con temor cómo Salazar sonreía al escuchar acodarse el trampolín a los pies del potro para una sesión de saltos.
    Salazar era hijo único. Justo lo que el Microbio de vez en cuando confesaba querer ser, y lo que yo no me atrevía siquiera a desear. Alguna vez me había invitado a su casa, un piso enorme en un barrio céntrico, con una habitación repleta de juguetes que inspeccionábamos con ansia y desempaquetábamos no tanto por jugar con ellos como por la sorpresa del descubrimiento. El Rubio, sin embargo, apenas les prestaba atención mientras mordisqueaba unas onzas de chocolate blanco, otro de los tesoros de la casa, que cortaba de enormes tabletas guardadas en un aparador. Imagino que si le conociera ahora diría que era un chaval tímido, aunque no apocado, de pocas palabras y muchas sonrisas. Un chico formal de buena familia.
Y no es que nuestra familia fuera mala, pero era otra cosa. Casi nadie en el colegio sabía que la Madre estaba en la cárcel. Joserra sí, claro, y el resto de los miembros de la célula. La directora también, claro, pero ella no contaba. Para los demás, el Padre nos había explicado que teníamos que dar las menos explicaciones posibles y, si preguntaban, que había tenido que ir a Galicia a cuidar de un pariente enfermo. Cierto que no se entendía muy bien que si ella estaba allí, por qué vivía con nosotros su hermana, que hubiera podido perfectamente estar cuidando a aquel pariente. Pero la verdad es que nunca nadie preguntó tanto.
    Al Rubio Salazar lo que le gustaba de venir a casa era el descampado. Esa era el motivo de la llamada de su madre. En el barrio del Rubio no había solares con terraplenes, ni escombreras, ni malezas a dos pasos de la casa, ni un charco lleno de lodo. Todo eso lo había descubierto una vez que le invitamos a un cumpleaños y nos dejaron salir a dar una vuelta. Volvió a su casa embarrado pero feliz. El descampado, imagino, era para el Rubio Salazar como un país extranjero.


© foto: Feuillu

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Epígrafe (antes mal llamado Frontispicio)





    Todos hemos experimentado la inutilidad de intentar comunicar nuestros recuerdos.
    “¿Ves esa casa? Pues ahí viví yo”, decimos; y el edificio –la mera sensación de la dirección—nos hace experimentar un sinfín de sensaciones de alegría, pena y emoción. Pero nuestro interlocutor no puede hacer más que sonreír educadamente.”


David Mamet, Recuerdos,
La ciudad de las patrañas


¿Alguien sabe si esas citas que suelen ponerse en a primera página de un libro, como apertura o frontispicio, o aperitivo o lo que sea, tienen un nombre?


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Broncas (y 4)






    Fiel a lo prometido, el Frutero no volvió a dar señales de vida. Ni se puso al teléfono cuando la Tía le llamó, ni devolvió su llamada, ni por supuesto asomó el siguiente viernes por la tarde para llevarla al cine, ni el sábado de punta en blanco para ir al baile, ni el domingo a la hora del vermú. Nunca más volvió para echar una partida de mus, aunque es verdad que se habían suspendido desde que detuvieron a la Madre. Yo aún me lo crucé en ocasiones por el barrio, y siempre me revolvía el pelo y me pedía un abrazo. Todavía hoy lo hace, las raras veces en que nos cruzamos. Pero sé que en esos días hacía esfuerzos para evitar los encuentros, ya nunca aparecía por el Mojácar y aunque le pillaba de camino para salir del barrio, jamás volvió a pasar con la vespa y su rastro de petardeos por nuestra calle.
    Nunca supe si a la Tía le importó mucho o poco: no la vi llorar, desde luego, ni insistió en sus mensajes. Creo recordar que le devolvió sus cartas, porque unos días depués apareció alguien con un paquete de parte del Frutero, cuyo contenido fue echando la Tía a las llamas de la estufa, mientras leía aquí y allá partes sueltas con aspecto embobado. Eso lo recuerdo porque no era habitual encender la pesada estufa de hierro en abril, y porque aquella vez no nos avisó al Microbio y a mi para meter las astillas, el papel hecho un burruño y el poco de carbón que precisaba la operación. Cuando terminó, cerró la puertecilla de hierro con cuidado, recogió un poco la cocina y se sentó de nuevo a estudiar.
    Con Joserra las cosas fueron más fáciles. A la semana siguiente de nuestra discusión, le vi acercarse desde atrás mientras caminábamos hacia el colegio. El apretó el paso, y yo lo aminoré, hasta que estuvimos a la altura.
    -- Hola, Manu.
    -- Hola.
    -- ¿Viste ayer El Virginiano?
    -- Jo, sí. Estuvo genial…cuando… --me detuve-- Aunque en la caca de General Electric de mi casa lo mismo no se vio tan bien.
    -- No. La que es una caca es la Telefunken.
    -- Bueno, pongamos que son las dos igual de cacas.
    Joserra aceptó el arreglo con una sonrisa, y empezamos a habalar de la galopada que se pegó el Virginiano, de las muescas que llevaba el malo en las cachas del colt y de la caida espectacular de Trampas en un pilón. No sé en qué momento ocurrió, pero cuando llegamos al colegio íbamos agarrados del hombro, charloteando, saldando atrasos. Entonces le pegué un empujón que deshizo el abrazo, y eché a correr, gritando:
    --¡Maricón el último!
    Y Joserra salió pisándome los talones, riendo y gritando.
    -- ¡Te voy a matar, Manu! ¡Tramposo!

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Broncas (3)



    La bronca de la Tía Mari y el Frutero fue épica, homérica o en todo caso esdrújula. Los pelos crespos que la tía trataba de domar a base de alisador y toga parecían vibrar electrizados: el rostro del Frutero pasaba del rojo tomate al morado berenjena, y los gritos iban y venían del salón a la cocina, colándose por el pasillo hasta nuestro cuarto, donde nos habíamos refugiado. Al Microbio le había caido un pescozón y un quién te dio vela en este entierro cuando se le ocurrió decir que la vespa fardaba un montón, y que a él le había encantado. Yo, tres años más sabio que mi hermano, supe desde el principio que lo mejor era hacerse humo y volverse invisible.
    -- Pero ¿a qué clase de subnormal se le ocurre montar en una moto a dos criaturas?
    -- Mujer, era sólo una vuelta a la manzana.. –se defendía.
    -- ¿No ves que se podían haber abierto la crisma, animal?
    -- No seas exagerada.
    -- Si es que esto me pasa por echarme de novio a un frutero.

    Aquello tuvo que dolerle. Aurelio se quedó callado, mirando fijo a la Tía, titubeó un instante, bajó los ojos,se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, y al fin lo dijo.
    -- Así que es eso…
    -- ¿Que es qué?
    -- A la señorita estudiante no le parece lo bastante bueno un frutero.
    -- Yo no he dicho eso.
    -- No. No lo has dicho… Pero lo has dicho muchas veces antes. Que si no tengo inquietudes, ni ambiciones, que si parece mentira que un obrero como yo no tenga conciencia, todo el día con el trabajo, y el fútbol, el baile, el dinero…
    -- Es que es verdad.
    -- Sí. Va a ser verdad. Va a ser verdad que no soy lo bastante bueno para ti. O que no te parezco lo bastante bueno. Como los señoritos de la facultad, o como tus camaradas de los cojones. Esos sí son buenos.
    -- No digas idioteces, Frutero.
    -- No me llames Frutero, Mari. No tú. Mejor…no me llames nada. No te preocupes, que no vas a volver a llamarme nada. Ni yo a ti. Ya no.

    La Tía no contestó. Solo silencio y los pasos del Frutero alejándose, la puerta de la calle que se abría y se cerraba suave, sólo el roce de la batiente pesada contra el marco y el gatillazo del cerrojo. Al poco, desde la calle, el petardeo de una vespa que ya nunca se incorporaría al catálogo de los sonidos familiares.

-----------oooOooo----------


    Pasé casi cinco días sin hablar con Joserra. Le veía, claro, en el patio, en clase, muchas veces mientras caminábamos hacia el colegio por las mañanas, aunque cuando distinguía su espalda le notaba apretar el paso y yo aminoraba la marcha. Una tarde me lo encontré junto al kiosko, cuando yo iba a por el Informaciones y él acompañaba a su madre, cargado con la bolsa de la compra.
Fueron tardes desoladas, sin norte, plagadas del piojo del aburrimiento. Ni siquiera tenían sentido merendar deprisa, porque lo que había después era simplemente una larga tarde vacía. Jugaba con el Microbio con los indios de plástico, haciendo rodar canicas entre los cow-boys desplegados ante el fuerte y los pieles rojas que a caballo o a pie lo asediaban. Pero no teníamos costumbre de jugar sin pelearnos, y aquello no duraba mucho. Agarraba entonces un Mortadelo y me tumbaba a leer en la cama. Contaba los minutos hasta que empezara el horario infantil en la tele, y apareciera Maria Luisa Seco con las cartas llenas de versitos y dibujos infantiles que leía con voz chillona. Y luego, vuelta al aburrimiento.
    Cada vez que sonaba el teléfono en aquellas tardes me daba un vuelco el corazón, y me arrimaba enseguida, aunque sin osar descolgarlo. Si el Padre o la Tía permitían que se alargara más de tres timbrazos, les recordaba con un grito:
    -- ¡Teléfono!

    Me quedaba entonces remoloneando junto al aparato, sólo para abandonar derrotado el campo al comprobar que se trataba de una llamada de trabajo, o de una de esas entrecortadas de monosílabos que atendía Mari. Aunque una de las veces, inesperadamente, la Tía contestó con el “Buenas tardes, dígame” de rigor y a continuación me pasó el auricular con una sonrisa.
    --Es para ti.
    Casi le tuerzo la muñeca al arrebatarle el teléfono de las manos.
    -- ¿Sí? ¿Joserra?
    Pero era el abuelo Antonio. Creo que nunca me había hecho menos ilusión hablar con él, así que le cedí pronto el turno al Microbio, que revoloteaba a mi alrededor después de que le avisaran, tirándome de la manga, tratando de hacerse con el teléfono y musitando me-tocas, déjame-a-mis y venga-manus. Esa vez no le costó mucho conseguirlo.

© foto: Mario Tomic

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Broncas (2)





    De todos los sueños de mi infancia, el que aún guardo impreso con más viveza es uno en que me desplazaba a gran velocidad sobre cualquier tipo de superficie, montado en algún tipo de artilugio invisible que me elevaba un palmo del suelo. Así recorría las calles del barrio, los sembrados que veía por la ventanilla en los viajes a Galicia, el mar, el patio del colegio. No podría decir exactamente de donde procedía el impulso, pero sí conservo la sensación de velocidad y de ausencia de esfuerzo. No era volar, ni conducir tampoco, pero era genial y a mi me encantaban aquellos sueños.
    Lo más parecido que llegué a conocer a esa sensación fue la de montar en moto, y la primera moto en la que monté en mi vida fue la Vespa que compró Aurelio el Frutero, el novio de la Tía Mari. Se la había comprado a un compañero del mercado, de segunda mano, baqueteada pero reluciente tras un lavado concienzudo. Llevaba una especie de parabrisas de plástico y unas fundas sobresaliendo de los dos cuernos del manillar, que debían abrigar las manos en invierno pero que claramente estaban de más en aquella mañana de sábado. La Tía Mari le estaba esperando, porque el Frutero le había anunciado que vendría con una sorpresa, pero los que la vimos primero enfilar petardeando la calle, entre los plátanos que ya empezaban a brotar y el sol peleón de la primavera fue Joserra, con el que estaba echando una partida de robaterrenos con un destornillador viejo que habíamos encontrado por la calle. Jonás le daba patadas al balón contra la pared, y la hermana de Joserra y sus amigas saltaban la goma. También estaban Efrén y su panda, fumando y leyendo el Marca en un banco a pocos metros. Todos se volvieron para saludar al motorista.
    -- ¡Frutero motorizado a la vista! – anunció Efrén.

    Aurelio desmontó airoso del vehículo, sin cerrar el gas, y me llamó a voces.
    -- Manu, ¡avisa a tu tía que ha llegado el hombre de su vida!

    Ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de hacerle caso. Salimos escopetados hacia la moto, con un solo objetivo en mente.
    -- Jo. ¡Es fardona! –eso dijo Joserra.
    -- ¿Me darás una vuelta, Frutero? Anda, dame una vuelta. Porfa – supliqué.
    -- Y a mi, Frutero, yo también quiero --terció Jonás.

    Pero el frutero no iba a ceder a la primera.
    --Tranquilidad, calma, buenos alimentos y mucha verdura. A ver ¿quién va a avisar a la tía?
    -- Voy yo, Aurelio, pero primero dame una vuelta. –ofrecí.
    -- ¿Has visto como suena esta máquina? –y giró el puño del acelerador, a lo que el motor respondió con una nueva tanda de estertores mecánicos, antes de entonar algo vagamente parecido a un rugido.

    El Frutero miró hacia el balcón de la casa, donde tendría que haber asomado ya hacía tiempo la Tía Mari, en vista del estrépito. Se conoce que andaba trasteando por el interior, o tendiendo o fregando, pero no había oído la llegada del motorista.
    -- Bah. Esta es la de 50 –terció Efrén, que se había acercado con los mayores--. Mi primo tiene la de 180 GS, y además a estrenar. Con cromados en los carenados.
    --Pues tan ricamente, le dices a tu primo que te lleve a dar un garbeíto. Y no olvides el casco, a ver si la humanidad va a tener que prescindir de ese cerebro privilegiado. Venga, Manu: monta que te doy la vuelta a la manzana mientras sale la pesada de tu tía.
    No tuvo que repetirlo. Trepé al sillín como mejor pude, reculé un poco, y repetí las palabras mágicas:
    -- Venga, Frutero ¡dale gas!

    Arrancó a topetazos y enfiló la calle desierta con más afanes que bríos, arrancando a su paso una leve brisa que me bebí a boca llena, asomando la cabeza tras la espalda de Aurelio, expectante como solo puede estarlo un niño que se asoma por vez primera a las sensaciones de la vida adulta, temblando con las vibraciones del motor, entusiasmado, feliz. Aurelio me gritó que me inclinara para tomar la primera curva, pero olvidó advertirme que era hacia la derecha, y tuvo que corregir de un golpe de manillar para entrar en la empinada cuesta que llevaba hacia el parque del kiosko. El siguiente giro ya supe que tenía que seguir el rumbo de su espalda. Dos curvas más y el llegamos de nuevo a la altura del portal, donde nos esperaban los demás, y sobre todo el Microbio, que me tironeó del brazo para ocupar el sitio.
    -- Me toca a mí.
    -- Jo, Frutero – me resistí – Otra vuelta más.
    -- Nada. Circulando –zanjó—. Sube a avisar a tu tía que es el turno de tu hermano.
    Eché mis cuentas, y me salió que seguramente mis probabilidades de conseguir otra ronda mejorarían si hacía caso al motorista, así que le cedí el sitio al microbio entre empujones y emprendí la carrera hacia el portal llamando a gritos a la tía, mientras Jonás se aferraba a la espalda del motorista y la vespa emprendí por segunda vez la vuelta a la manzana.
    Pero no tuve necesidad de subir las escaleras hasta la casa. Empujaba con esfuerzo la pesada puerta de metal y cristal esmerilado del portal cuando desde el balcón del segundo tronó, como la de un ángel justiciero, la inconfundible voz de la Tía Mari.
    -- Pero frutero ¡tú estás gilipollas o qué!

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Broncas (1)



    En el teléfono de casa siempre se hablaba poco tiempo, con medias palabras y a veces en clave. Hablo de mucho antes de que se inventaran las tarifas planas, en unos tiempos en que las conferencias eran un lujo raro –“Corta ya, que corre el contador”— y las conversaciones se reducían a transmitir noticias y arreglar citas. Tanto que tenía que pedir permiso antes de llamar a Joserra para proponerle una partida de Monopoly.
    --Oye ¿has hecho ya aquello?
    --Sí. Aunque las mates se me han atrancado. ¿Tú te acuerdas de cómo se suman los quebrados?
    --Claro.
    --El numerador ¿es lo de arriba o lo de abajo?
    --Que si quieres una como la de ayer.
    --¿Galletas? Jopé, Manu, se te entiende menos que al padre Guijarro cuando se pone a hablar del sexto.
    --Que si vienes a jugar al Monopoly a mi casa.
    --¡Mola!
    Joserra era mi amigo. Con eso quiero decir que no tenía otro. En realidad, casi nadie tenía otro. Cierto que estaban los compañeros con los que te llevabas bien, había quien tenía primos, los chavales del barrio, pero Joserra era mi amigo, y yo el suyo. O sea, que compartíamos todas las tardes de invierno, que preparábamos juntos las chapas para la vuelta ciclista cuando empezaba la temporada, que si le compraban un yo-yo no podía tardar yo más de dos días en agenciarme yo uno. Éramos uña y carne, y nos parecía lo más natural del mundo echar las tardes jugando, charlando, repasando los deberes, viendo la tele o dibujando. Merendábamos lo mismo y si por nosotros hubiera sido habríamos ido juntos de vacaciones. Aunque nadie nos preguntó nunca si querríamos hacerlo, así que cuando llegaba el fin de curso al Microbio y a mi nos empaquetaban para la casa de los abuelos, y Joserra se iba a La Manga con su madre y su hermana pequeña, que entonces era solamente un incordio, auqnue ya llevaba dentro la belleza que fue más tarde. Pero de eso ni Joserra ni yo sabíamos aún nada.
    Por eso fue tan duro lo de aquellos días. Joserra y yo no nos peleábamos nunca, aunque no siempre estuviéramos de acuerdo en todo. De hecho, nunca había motivos para discutir. Pero aquella tarde yo iba perdiendo la partida, Joserra tenía media ciudad erizada de hoteles –desde Lavapiés hasta el paseo del Prado—y cada vez que caía en una de sus casillas me tocaba pagar cantidades astronómicas que el me prestaba con intereses usurarios. Él estaba contento, claro, yo no tanto, pero no era nada que no hubiera pasado antes. Así que cuando los dados arrojaron por tercera vez consecutiva un doble, agarró la ficha roja y la depositó alegremente en la esquina del tablero que hacía de cárcel.
    -- ¿Quieres que le diga algo a tu madre?

    Lo dijo sin malicia alguna. Simplemente estaba contento y le pareció una ocurrencia graciosa. Lo sé porque le conocía como a mi mismo, y por la cara que puso luego. Y yo sé que si hubiera ido ganando no me hubiera enfadado como lo hice. Cosas de chicos.
    -- Eres un imbécil del culo, Joserra.
    -- Jo, no quería…era una…
    -- Un imbécil del culo y un mierdaseca. –yo ya no sabía cómo parar.
    --No te pongas así…
    -- Y lo que es por mi te puedes meter tus hotelitos y tus casitas por el culito.
    Entonces fue cuando levanté de una manotazo el tablero, y salieron volando todas las casas, las tarjetas, los billetes de colores, los dados y las fichas por los aires. Joserra se levantó, asustado. Yo ya chillaba:
    -- ¡Y además eres un tarado que no sabe ni siquiera lo que es el numerador!
    -- Manu, macho…
    --¡Un subnormal! ¡Una cagarruta! ¡Y un imbécil!

    Joserra retrocedió hasta la puerta, por donde asomó la Tía Mari para ver que pasaba. Le tendió el abrigo y le dijo que era mejor que se fuera para su casa.
    --¡Eso! ¡Que se vaya y no vuelva nunca más!
    Cuando volvió de acompañarle hasta la puerta encontró la puerta del cuarto cerrada. Dentro, comido por la rabia, yo sollozaba como un bebé. Y en vez de regañarme por lo que acababa de hacer se sentó a mi lado, en el suelo, atusándome el pelo, abrazándome, y diciéndome muy quedo.

    -- Ssssh. Tranquilo, Manu. Ya pasará… tranquilo.

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    Pero no pasó. Al día siguiente, camino del colegio, Joserra se me acercó a pedirme que le enseñara el cromo de Betancort, y que a decirme que si íbamos a su casa a ver el partido en la tele por la tarde.
    -- Mejor en mi casa ¿no?
    -- Mejor en la mía, Manu. La Telefunken es mejor que esa caca de General Electric.
    -- La que es una caca es tu Telefunken de mierda. Y tu padre es un colchonero rencoroso que se alegra si pierde el Madrid.
    -- ¿Tu estás idiota, o qué?

    No le respondí porque ya estaba corriendo a enseñarle el cromo al Lindo Galindo. Le dejé con la palabra en la boca. Aquella mañana no volvimos a cruzarnos siquiera una mirada, aunque no pude dejar de advertir que antes de la clase de mates estaba repasado los deberes con la ayuda de Jordi el Gafas. Así que cuando sonó la campana del recreo de comedor, cuando estábamos echando pies para formar los equipos, le dije a Galindo que si Joserra jugaba no contaran conmigo.

    -- Si juega éste, conmigo no contéis.

    Fue entonces él quien se dio a vuelta y se fue a leer unos tebeos de Old Shatterhand muy chulos que solía llevar al cole el Gordo Varela. Perdimos doce a ocho, y nos hubiera venido muy bien tener a Joserra en la defensa, pero yo me sentía todo satisfecho porque por una vez le había dejado las cosas muy claritas.


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Blanco y negro (y 4)



    -- Yo quiero ir a ver El barón rojo.
    -- Y yo. -- secundó el Microbio.
    -- Vaya. –respondió el Padre-- Pensaba llevaros a ver una de Harold Lloyd.
    -- ¿Salen aviones?
    -- No –dudó el Padre —yo diría que no.
    -- ¿Y es de guerra?
    -- No, esta de hoy… Pero es muy divertida.
    -- Ya. Pero seguro que no es en colores, ¿a que no?
    El padre me miró muy serio. Luego miró a la Madre, que agarró el periódico, conciliadora.
    -- Esperad que mire la cartelera ¿Cómo decís que se llama?
    -- El barón rojo. Es de un as de la aviación germana que pilota un biplano que es de color rojo y tiene una ametralladora así montada junto a la cabina y lleva una especie de casco de cuero y un pañuelo blanco, y dice el Gordo Varela que es muy fardona…
    -- Aquí dice que es para mayores de catorce años.
    -- Mierda –saltó el Microbio.
    -- Vigila esa boca, chaval.

    Así que tampoco esa vez tocó. Pero algo debió de dejarle huella al Padre, porque a las dos semanas nos llevó a ver la reposición de Lawrence de Arabia, en Cinemascope y Technicholor. Y además de la bolsa de palomitas nos cayó una coca-cola.
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    Una tarde, finalmente, me atreví a preguntarle al Padre.
    --Donde está Mamá… ¿tienen que ir vestidos con uniforme?
    --¿Cómo dices, Manuel?
    --Que si tienen que llevar un traje de esos a rayas…
    -- ¿Y una bola atada al pie? –se rió--. Me parece que has estado leyendo muchos tebeos.
    -- No, en serio.
    -- ¿Por qué preguntas eso, Manu? –había en su voz un tono de preocupación intensa, de desolación casi.
    Le expliqué lo de la revista enrollada que había encontrado. Que lo mismo la Madre adelgazaba demasiado, y hasta puede que enfermase. Que no entendía qué había hecho –que habían hecho aquellos hombres-esqueleto—para que los tratasen así. El Padre me llevó a dar una vuelta por el barrio –era una de esas tardes tibias de primavera en que el sol recorría perezoso su camino hacia el ocaso--, agarrado del hombro, mientras me contaba cómo era la vida en la cárcel. Que comían bien, aunque no les sobraban los paquetes que le mandábamos, que Amancio también había estado encerrado, y aunque no era plato de gusto, que tampoco se le veía tan mal, ¿verdad?. Que lo peor de la cárcel no era el frío, o el hambre, o el estar alejado de los tuyos, sino el sólo hecho de estar encerrado, de no poder elegir dónde pasar la siguiente tarde, de saber que fuera seguía la vida y a ti no te dejaban asomarte. Un día, y otro, y otro. Que pensara lo que había hecho yo –cada tarde, cada mañana, cada fin de semana—en estos últimos meses: montones de esas cosas eran imposibles para alguien que está en la cárcel. Pero que la Madre volvería pronto. Sana y salva, y con más ganas de achucharnos que de comerse un plato de macarrones.
    -- ¿Y los hombres de las fotos?
    Entonces, camino ya del Mojácar, antes de tomar una cocacola y unas aceitunas rellenas, el Padre me dio mi primera lección de historia. En tono profesoral, sosegado, me contó lo que había pasado en aquella guerra, y por qué un puñado de hombres habían decidido que había otros que no merecían ser tratados como personas, y los habían encerrado en ghettos, y luego obligado a llevar marcas en la ropa, y a cerrar sus negocios, a dejar sus empleos, a vender sus propiedades…hasta que finalmente decidieron exterminarlos. También me dijo que no me preocupara si no lograba entenderlo aún; que él ya tenía treinta y dos años y todavía no lo comprendía del todo.

© foto: Trmdttr

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