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Principios



    Uno es un hombre de principios.
     Los finales, en cambio, se me dan fatal.

Así que, de momento, me voy de vacaciones. Nos vemos.

© foto: One Sock

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Fuera de fechas


Arrimo la nariz a un tríptico de Fra Diamante y Fra Filippo Lippi donde, entre una matanza de los inocentes que hubiera firmado Tarantino y otro motivo aledaño que no consigo recordar, la estampa de la adoración de los magos se desarrolla ya hacia 1448 en los términos habituales. Salvo un detalle: no está Baltasar. Quiero decir, que no hay un rey negro, ni siquiera de pega como el de la cabalgata de Madrid. Y me pregunto cuándo nos lo inventamos.
¿Es esto lo que llaman espíritu navideño?



imagen: Filippo Lippi

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Tren



    Entrar en una ciudad en tren en una noche con una luna llena como un disco de cartón iluminado es una invitación a la melancolía.
O tal vez sólo a disfrutar de la belleza que no está en la naturaleza.



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Moda íntima



    Cuando uno conoce a la gente que tiene blogo, ya no mira el mundo con los mismos ojos. Pasas a ser consciente de que las personas con las que te tropiezas en la calle, con los que te sientas en el metro, o en una reunión de trabajo podrían llevar también el suyo, descubriendo facetas, gustos, talentos que pasan inadvertidos incluso en el roce social o laboral cotidiano. El mundo se vuelve más divertido si detrás de cada presunto tipo-estereo te dedicas a rastrear --o incluso sólo a imaginar-- el violín de Ingres.
    Los blogos, me decía el otro día una amiga, son como la ropa interior. Sabes que está ahí, pero sólo descubres cómo es si tienes la fortuna de que se desvistan ante tus ojos.


© foto: Gerard Girbes

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Cartas





Leo en el diario la carta de un eurodiputado, viejo socialista, defendiendo la Directiva de la vergüenza. Mejor dicho, justificando el haberla votado. Lo más obvio, el reconocimiento de que tuvo que pensar algo antes de tragarse el sapo. Lo más terrible: sólo un argumento --es por su bien-- que avale la afirmación central: es buena para la UE y sobre todo para los inmigrantes. En esas estamos.

    Ya se ha aprobado. Ahora habrá que trabajar para derogarla.

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Valor de uso



     Con los años, me fui desprendiendo del fetichismo que me impedía salir de una librería con las manos vacías. Si acaso, con la cartera vacía. Muy lejos quedan las tardes en que una visita a mi dealer del ramo --tenía librero-- se saldaba con un montón de volúmenes --que luego digan que el saber no ocupa lugar-- que me habían parecido del todo imprescindibles sobre la mesa de novedades, o en la rebusca de las baldas. De vuelta a casa, tras hacerles un hueco entre los compañeros que llegaron antes, el interés se desvanecía y muchos de ellos, la mayoría a veces, se quedaban per in saecula saeculorum amen acumulando polvo a la espera de una lectura que nunca llegaría.
Luego se me fue curando el ansia, a medida que el acceso a las buenas bibliotecas me abría la puerta de la acumulación temporal, menos lesiva para la cartera,casi igual de grata pero menos frustrante. Seguía presente la pulsión de desear y tomar; sólo que sin poseer. Sólo se acortaban los plazos para reconocer que ese libro en concreto sólo iba a merecer el desdén de una hojeada. Después vino una mudanza que me permitió devolver el favor: casi dos tercios de mi librería acabaron en bibliotecas. Los criterios de tan saludable espurgo tal vez los cuente otro día.
    Ahora, suelo leer --últimamente menos-- lo que recupero de las dos bibliotecas a las que estoy abonado y también lo que me prestan. Sólo compro, aún con frecuencia, para regalar. Otras veces regalo , o presto a sabiendas, algunos de los volúmenes que conservo. No sé si por suerte o por desgracia, pocas personas se atreven a regalarme libros.
    Viene esto a cuento de que alguien inesperado se ha atrevido a regalarme un libro. Y me ha hecho una ilusión tremenda, aunque aún no se haya formalizado la entrega.
    Y también porque hacía mucho, mucho tiempo, que no llegaba a mis manos un libro --929 Mamet CON-- que me apeteciera añadir a mi menguante bilioteca. Se titula Conversaciones con David Mamet, editado por Leslie Kane, en editorial Alba. Por si a alguien le interesa.




© foto: Lochinvar1

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Adverbios





"pálidamente pulcro, estremecedoramente respetable, irremisiblemente desamparado."

    ¿Les suena? Una descripción prodigiosa, en un texto por otra parte sobriamente estremecedor. Mucho se ha escrito de la dificultad de adjetivar, de la palabra justa cuando califica. Pero ¿qué me dicen de adverbiar?

"Era Bartleby".

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Ideas




No es lo mismo tener las ideas claras que brillos en el cráneo.
Yo de lo segundo voy sobrado.
De lo primero, no tanto.



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