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Lo imposible. El valor de las cosas bien hechas


    La primera vez que sentí el impulso de escribir un blogo tuvo que ver con una película.  Me había ido topando ya con algunas bitácoras, entre ellas varias de la legendaria blogalia, tal vez la de Pawley donde se hablaba tanto de cine ( ahora compruebo que lleva tiempo sin escribir).  El caso es que había visto una peli que me había gustado mucho, un melodrama hecho con convicción, humor y delicadeza, con un tema tan jodido que había que echarle mucho valor para rodarlo: el que le echó Mercero a Planta 4ª.
   Así que le escribí un comentario en un blogo donde se hablaba de cine y pregunté si podría colgar yo mi propio texto sobre la peli. Con amabilidad, su dueña me sacó del engaño y me explicó por primera vez cómo iba esto. Tiempo después, no mucho, nació mi primer blogo: debía correr el año 2003.
   Ya sé que me enrrollo sin necesidad, pero el sábado vi otra película atípica para el cine español, Lo imposible, y por varias razones me recordó a aquella peli de Mercero. Dicen que Lo imposible es cine de catástrofes, y desde luego te transporta al tsunami arrastrándote de los pelos y con una fuerza visual y sonora a la que es difícil escapar. Pero para mí, más que otra cosa, es un melodrama, o lo que yo entiendo por tal: una película de sentimientos, que trata de sentimientos y los muestra lo más limpiamente que sabe. Es, además, una peli honesta, hecha por gente que se cree lo que está contando, la necesidad imperiosa de contarlo, y que tiene el valor de desnudar a los personajes con delicadeza pero sin tapujos. Ahí también me recordaba a Planta 4ª. Por último, es una peli bien hecha: con cuidado exquisito de los detalles, empezando por el guión y siguiendo por los efectos, bien interpretada, bien iluminada, bien ambientada, con una factura impecable y un ritmo de pulso firme.
  Quizá no sea exactamente gran cine, pero desde luego es buen cine. Muy buen cine.
   Y hay que ser de uralita para no soltar la lágrima  viendo el desgarro de esos personajes arrastrados por la ola brutal de la vida y de la muerte.
   Se la recomiendo.
   Por mi parte, se me ocurre que son sobre todo el gusto por las cosas bien hechas lo que me empuja a seguir escribiendo este blogo que susurra en el desierto.


© foto: Lo imposible

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Colores de Goytisolo

     Este fue casi desde su nacimiento un blogo en blanco y negro. No porque no sea amigo de los colores, sino porque me fío poco de mi gusto para combinarlos, así que me atengo a la discreta elegancia de los grises. El sobrio diseño de Dani DosDedos hace el resto.

     Pero en ocasiones hay que sacudirse el gris, sacar a pasear los colores. Este Gonzalo Goytisolo lo merece. Me topé con este estupendo retrato de Juan Marsé en un pasillo lateral de la Biblioteca Nacional. Lateral, pero estratégicamente situado junto a la máquina del café. Me gustan mucho, mucho, los retratos: por eso disfruté tanto de la exposición del Pompidou en Madrid (mientras las masas se agolpaban para ver a Jean-Paul No-sé-Quier). Me gusta mucho Marsé, para mí el mejor escritor español vivo, hace muchos años, incluso cuando vivían otros que creían poder disputarle el título a base de nobeles, best-sellers o exquisiteces. Me gusta el retrato de Goytisolo, aunque no recoge la contundencia física del Marsé al que yo vi en Madrid, entrado en carnes y fatigado como un boxeador con demasiados asaltos sobre la memoria. Pero sí el ánimo, la picardía de ese perro que nos espeta, la humildad franciscana del otro perro viejo en sandalias.

     Claro que podría hablar de los apellidos, y de por qué dicen que este es nuestro pintor más literario. Lo cierto es que el retrato me habría fascinado aunque lo firmara Juan Pérez. Por eso lo dejo aquí con todos sus colores. Como merece.

© foto: Biblioteca Nacional

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Superheroes

     SuperÁvit contra el Dr. Déficit. Una historia económica

     Ese es un libro que me gustaría escribir.

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