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Chapeau


 La transmisión cultural --y su estricta gobernanta, la educación-- funcionan como un mecanismo plenamente lamarckiano de transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos. En su versión contemporánea, la acumulación de saberes colectivos en un depósito electrónico común, hoy llamado internet, genera productos tan pasmosos como esta completa lista de nombres de sombreros, acompañados de su correspondiente foto.

   Me quito el ídem.

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Encuentros (2)

    Camino de la compra, abro la gran puerta enrejada de la casa a un vecino. Un hombre anciano, vestido con ropa gris que nunca estuvo de moda, y una gorra plana, al que solía cruzarme mucho cuando él andaba de mandados, o trayendo y llevando a un niño pequeño --un nieto-- del colegio. Le veo demacrado, ha perdido peso y lleva una expresión fúnebre, pero algo me empuja a decirle que tiene buen aspecto. Lo que tiene son ganas de hablar.

--Pues ya ve. Si supiera cómo estoy. Con dos bolsas aquí --se señala bajo el abrigo-- . Y lleva dos días sin salir nada. Me operaron del colon hace tres semanas, y ya ve cómo estoy.
--Bueno ---replico sin convicción-- al menos tiene ánimo para salir a disfrutar de la mañana y dar un paseo.
-- Me canso en seguida --me sigue mirando fijo, desde esos ojos que ahora advierto hundidos en unos senos amoratados--.  No duermo de día ni de noche, pensando si se va a salir esto --indica vagamente, de nuevo--. Para esto, es mejor morirse.

Y luego musita algo más confortante, imagino que consciente de que quizá no tocaba hablar así a un vecino con el que no ha cambiado más que saludos y comentarios triviales hasta entonces. Se da la vuelta buscando el portal.

  Otra muestra de complicidad humana que no puede uno ignorar.

© foto: Ernesto Gonzalo

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Encuentros


    En una visita primaveral a mis muertos, alguien sale de una puerta metálica empotrada en un muro alto de ladrillos. Alzo la vista, y  veo pasar a un hombre orondo, cumplidos los sesenta y algunos, de buena panza y pasos cortos, melena canosa y tocado con una kipá azul. Me lanza una sonrisa franca, que contrasta con el blancor de dentadura postiza, y me desea:

--¡Por muchos años! --y ante mi cara de desconcierto, añade-- Que siga teniéndola o teniéndole en el recuerdo.

  Una mínima muestra de complicidad humana que me alegra el día.

© foto: EmeHache

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