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Notas de un viaje a Guinea (3)


  Paseando por Malabo, bajo el cielo cargado de la estación de lluvias, me da por pensar en qué caracteriza a la ciudad del subdesarrollo, a los ojos del visitante superficial. Y encuentro:

  • las aceras que carecen de continuidad, se interrumpen, cambia el solado, suben y se quiebran;
  • lo indeciblemente resbaladizas que se ponen con la lluvia;
  • ante mis ojos mientras tomo una cerveza bajo un chamizo, un crujido atroz corta la mañana y el tejadillo de la terraza del primer piso se desploma en la casa de la esquina: tejas, cemento, madera, crujiendo brevemente para dejar paso a una nube de polvo blanco.


   Y pienso que de los consejos que me dieron antes de visitar el lugar se olvidaron del principal: busca compañía para el viaje, pues de lo contrario andarás perdido en las horas de paseo en las que no hay gran cosa que visitar y sí mucho que mirar.

© foto:

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Notas de un viaje a Guinea (2)



 Paseando por las calles herrumbrosas de Malabo, o por las luminosas de Bata, saltan a cada paso los lagartos de cabezas y cola rojas, moteadas de verdes, naranjas o amarillos.  Se desplazan a saltos sobre las largas garras, la mirada erguida, sin miedo al transeúnte, aunque tímidos a la hora de las fotos.
   De una belleza a prueba de bombas, parecen puestos para compensar con su omnipresencia la mugre del subdesarrollo en uno de los países más ricos de África.
   Lo que debería darnos idea de lo poco que significa eso del PIB per capita.
© foto: Toni Durán

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Notas de un viaje a Guinea (I)

       

 Sobrevuelas una superficie caqui que parece no acabar nunca,  más allá de las fronteras de la calima. Al cabo de veinte minutos, media hora, asomas por la ventanilla al mismo paisaje sin sombras, amarillo, infinitud de arenas. De norte a sur, una cordilleras se marca como una costra apenas resaltada.
         Tres círculos verdes, perfectos en su diseño, señalan sin duda un pozo y sus cultivos, la versión contemporánea del oasis de palmeras y charco.
         Como se mete la tarde, las dunas y los cerros reinventan la sombra, que se confunde en la distancia del vuelo con una charca grande o un lago pequeño.
         Abruma la inmensidad.
       
© foto: George Rodger