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Atractivos

     Algunas de las que me visitan parecen pensar que no sé que para los gustos se hicieron los colores, y que en materia de atractivos no hay reglas fijas. Cierto (cierto que es así, no que yo no lo sepa). También es cierto que existen cánones de belleza  más difundidos que otros, y probablemente también que los hombres somos más convencionales en nuestros gustos  --no sé si me explico-- que las mujeres. Vale.
      A mí, por ejemplo, me resulta tremendamente sexy esta Maria que últimamente sale en la prensa. Sin embargo, cuando el otro día el telediario anunció  una lista de las 100 mujeres más atractivas (sexiest) del mundo, con amplia participación de votantes, pude adivinar la primera  sin equivocarme porque es la misma que encabeza mi lista (aunque en dura pugna con ella).
    También sé que nadie, ni siquiera un cuarentón ocurrente como yo, carece del todo  de atractivo físico. Es más, yo sé que tengo los míos --pero no el culo, os pongáis como os pongáis-- y puedo desplegarlos cuando llega el caso. También sé que no son los mismos de Brad Pitt (por poner un caso) o Sean Connery (por poner otro, más cercano  a mi edad);  es decir, que son muy inferiores.  Todo eso lo sé, y puedo vivir con ello. No problemo, que decía Arnold.
    Hasta aquí las obviedades. Lo que no debe resultar tan obvio --a juzgar por algunos comentarios--  es que estos textos últimos  no nacen de la necesidad de ser reconfortado ( en público o en privado), sino tan sólo del deseo de mirarme un poco el ombligo --con pelusas y todo--, y compartir esas vistas. Un ejercicio narcisista, lo confieso, y rayano a veces con la autocompasión, lo asumo. Pero para mi es sobre todo una forma de mostrarme sin tantos velos ante esta pequeña pero cálida tertulia de amigos que hemos ido formando.

  Ya lo he dicho. El día que os canséis del rollo, por favor, no dejéis de decírmelo.
  Ahora, llamadme rabudo. Creo que ya entendí lo que era.

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