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Fascinado con Feynman

   

Ahora que voy terminando de oír las remembranzas de Richard Feynman --ese Surely you're joking, Mr. Feynman del que ya hablé, narrado por la voz prodigiosa de Raymond Todd -- experimento una fascinación irresistible por el personaje, por la amplitud de sus intereses, la franqueza de sus juicios y la agudeza de su mente. El tipo  es capaz de dedicar un capítulo a explicar cómo reventaba las combinaciones de los archivadores que en Los Alamos --sí, por allí anduvo-- para poner en evidencia lo mal custodiados que estaban los secretos atómicos del país, y a continuación narrar su participación en una escuela de samba en Copacabana, con la que llegó a desfilar tocando la frigideira para pasmo de los empleados del hotel en que se alojaba. O contar como pasó del más absoluto desprecio por las artes a convertirse en un dibujante aceptable --ojo, llegó a vender sus dibujos-- y desarrollar un sentido aprecio por las artes, capaces, como reconoce con asombro, de exponer verdades al mismo tiempo obvias e inexplicables. Algo que, por cierto, se niega a conceder a los filósofos y otros practicantes de las "ciencias sociales"
   
    Su fascinación por Japón, el respeto por la enseñanza y la seriedad con la que la aborda, su cabezonería socarrona, su amor por los bares y las gentes que los pueblan --las chicas, sobre todo--, su tendencia a apostar casi con cualquier excusa y en general a jugar a casi cualquier juego que la vida le pusiera a tiro enmascaran sin embargo lo que fue la pasión más honda y permanente: la física. O la ciencia en general. Así que ahora me toca localizar alguno de sus libros --impagables también, me dicen-- sobre el tema. No tardaré mucho.¿Alguna recomendación?

© foto: Richard Feynman

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Leer de oídas

 
Recientemente he descubierto el goce de leer de oídas. En mis trayectos en bici al trabajo, o en los paseos solitarios, la compañía de los audiolibros hace que el tiempo pase volando. A veces,  me deja una sonrisa en la cara mientras escucho un párrafo particularmente brillante; otras, me  invita a volver atrás para repasar un pasaje que no he captado bien. La idea me la descubrió mi prima C., que se hace acompañar por lecturas grabadas de clásicos de la literatura inglesa mientras se enfrenta a las tareas del hogar, y ahora me asombro de que tardara tanto en hacerla caso.
    Estoy rodeado de oyentes asiduos de radio, y por supuesto de amantes de la música. Para mi, sin embargo, leer de oídas es un placer infinitamente superior, en el que eliges lo que escuchas --sin quedar al albur de la programación del día como en la radio-- y escuchas algo que apela a tu razón, no a los sentidos. Ahora estoy con Surely you're joking, Mr. Feynman, pero tengo en cartera un buen puñado de los ensayos de Stephen J. Gould, y ya he empezado a rastrear en otros cotos. Podcasts, por ejemplo.
    Y casi sin darme cuenta he encontrado el medio de espantar uno de los miedos que  me acechan al pensar en la vejez: que la vista me prive de la lectura. La tecnología, es cierto, no siempre es el progreso, pero a veces es un gran invento.

© fotoRichard Hartt

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Refugiados

   

      Hay algo tremendamente hiriente en este drama de los refugiados. Es fácil identificarse con esta gente que huye de la guerra. También los que escapan de la pobreza a secas: no veo tan claro que unas huidas sean más legítimas que otras. Pero las primeras son más urgentes: se huye para salvar literalmente el pellejo, para poner a tus hijos a resguardo, para mantener la posibilidad de llevar una vida a salvo del miedo. Y el castigo que reciben por el sólo hecho de huir es desproporcionado, cruel, inhumano: alambre de espino, policías, perros, barro,  embarcaciones apenas a flote, más miedo, cuando no la muerte.
   Esta Europa sin fronteras que queremos construir está obligada a dejar circular algo más que mercancías y capitales. También humanidad. Y lleva tiempo siendo urgente.


© foto: Maciek Nabrdalik

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Semiótica

 
      En un reciente viaje al escaparate más flamante de la milenaria China gozamos de ocasiones sobradas para la sorpresa y hasta el pasmo. Entre ellas, las dificultades para traducir al inglés apelaciones al civismo que debían ser transparentes en su versión original. Verbigracia: ¿qué demonios significa Caution: civilization en un cartel clavado sobre el cesped? Sin embargo, el entusiasmo con el que se entregaban a la representación sintética en formato señal del ser humano en sus más diversas poses y actividades suplía en ocasiones lo perdido en la traducción. Como por ejemplo, vid. supra.

   Shanghái. Ya les iré contando.

© foto: Eme Hache

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El hombre que miraba fijamente a las gallinas





Oyendo la radio, recuerdo haber leído en su día en prensa la noticia, que rezaba más o menos así:

Fallece cuando practicaba zoofilia con una gallina


Un hombre de 39 años pereció aplastado en Orense por una gran roca mientras practicaba la zoofilia con una gallina, informó ayer el diario “Faro de Vigo”. Herminio R. C. tenía entre sus manos la gallina, y su cuerpo fue descubierto por unos niños que estaban jugando. El forense explicó que el movimiento de la víctima cuando “pretendía beneficiarse del animal” provocó el deslizamiento de la roca que lo aplastó. — Efe

 
    Pero lo mejor lo cuenta el fotógrafo en la entrevista, cuando recuerda lo que dijo el forense al preguntarle por el destino final de la gallina: "La echamos también a la caja".
Humor galaico en estado puro. El licor-café del humor.


© foto: Iñaki Osorio

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Verdades

      
         A veces, actuamos ante la verdad como si fuéramos capaces de asesinarla. Le clavamos hasta la empuñadura la daga de nuestra impotencia. Pero ella nos muestra sus dientes y su nitidez.


Sony Labou Tansi (1987): Las siete soledades de Lorsa López , Barcelona, Muchnik Editores, 133-34


© foto: Malick Sidibé

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Urdangarín (reloaded)



   Hay frases hechas de uso tan amplio que acaban perdiendo significado: "espectáculo dantesco" se aplica a tal gama de visiones nada infernales en boca de quienes su vida han leído al Dante que acaban por sonar a mero ruido en los oídos de quienes no hemos leído a Alligheri. Otras, en cambio, tienen un uso tan restringido que evocan de inmediato un contexto. "Al volante de su propio vehículo" sabe a familia real; rara vez alude a otro tipo de personajes. Hace años, una carta al director de El País sugería que se abandonara la expresión, pues de su literalidad sólo podía deducirse una cosa: que nuestros monarcas y allegados tenían como costumbre conducir vehículos ajenos.

   Lo mismo es lo que le pasó a Urdangarín, que perdió la costumbre de conducir su propio vehículo.


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