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La frase del mes

 


Se piensa y se escribe, poesía o lo que sea, a la vez por efusión --como el pino segrega la resina-- y por reacción --como la ostra segrega la perla-- y siempre el temperamento individual se inclina a una vertiente o la otra.




Jaime Gil de Biedma, Carta a Carlos Bousoño, Noviembre de 1956


© foto: César Malet

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Tres veces Sócrates




     Estaba retocando una entrada que recogía tres encuentros improbables en un mismo día con un mismo filósofo, el Sócrates de ahí arriba, en tres contextos muy distintos: una gracieta de wasap, una diatriba supuestamente jocosa en La flaqueza del bolchevique (libro con más trampas que el ayuntamiento de Estepona) y un paralelismo de los que dan que pensar en una novela que no llegará a venderse como la de Silva, aun mereciéndolo mucho más --El impresor de Venecia, de Javier Azpeitia.  Retocaba la entrada y en un abrir y cerrar de blogger saltó por los aires y perdí el borrador,  la cita primera y la imagen que lo ilustraba.

    Tal vez porque es agosto, y me manda la pereza, o tal vez porque cada vez creo menos en las casualidades, decido dejar que la selección natural obre su curso, y renuncio a reescribir el texto original (si es que la originalidad pinta algo en estas ocurrencias). Y les dejo a secas con la cita de Azpeitia, capaz de escribir una novela sobre el siglo XVI en la que en realidad se reflexiona, mucho y bien, sobre el oficio de editar en los tiempos de internet. Aquí va la cita.

Quizá era eso lo que temía Sócrates en su tiempo, tan parecido a este, en que la escritura destruyó la inmensa obra oral del hombre, el legado que conectaba el entendimiento de cada hombre con el de sus ancestros de manera indisoluble. Ese legado es ahora material, y se está diluyendo en la nada. Hay tantos libros que son inabarcables. Ilegibles.

  Curiosamente, la misma frase --esa última-- que elige el critico de El País para cerrar su reseña. Qué cosas.


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Ferrante (y IV)


   La amiga estupenda de Elena Ferrante,  ambos sin inclinan sin dudar por Lina. Y es verdad que es el personaje más rico, con más aristas, más valiente (¡esa cheira en el cuello de  Michele Solara!),  más inteligente, más honesto y también más desgraciado... Vale, pero hay algo en Lina que me desagrada, y tiene que ver con unos estilos muy meridionales de mujer mandona, de rompe y rasga y poca amiga de matices. Lenù por su parte, es un amor, pero le falta cuajo.  Así que pensaba que, paradójicamente, mis personajes favoritos son masculinos y episódicos en esta historia: curiosamente, cada uno de ellos al lado de una de ellas. Enzo Scanno, el hombre cabal, que se viste por los pies, y se convierte en el apoyo casi incondicional de Lina en sus tiempos más turbulentos. Y, junto a Lenù, su marido, Pietro Airota, hombre éste de libros y de ideas, pero también honesto y leal.
Hablando con un amigo, y con la traductora, de nuestro personaje favorito de la novela, ambos se tiraron a muerte por Lina. Y sin embargo...

    Supongo que hasta las novelas de mujeres pueden tener una lectura para hombres.


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Sucedáneos

 
 "Una sociedad que no tiene héroes está condenada a tomarlos prestados de los dibujos animados".

Nelson Ferrer (1986): Sobre héroes y  tumbonas


© foto: Edie Hardjoe

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Un regalo inesperado

 



Un regalo inesperado: casi treinta y cinco años después, resulta que uno de mis profesores de primero guardaba mi ficha de alumno. Y me la trajo a casa, aprovechando una partida de mus. 

Es un gran tipo, mi maestro.

Si me la hubiera dado antes lo mismo le hubiéramos perdonado el baño que les dimos.



© foto: Eme Hache

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Itinerarios



Sacks me llevó a Auden, y la casualidad quiso que encontrara, en estos tiempos precisamente, precisamente estos versos.


Say this city has ten million souls,
Some are living in mansions, some are living in holes:
Yet there's no place for us, my dear, yet there's no place for us.

Once we had a country and we thought it fair,
Look in the atlas and you'll find it there:
We cannot go there now, my dear, we cannot go there now.

In the village churchyard there grows an old yew,
Every spring it blossoms anew:
Old passports can't do that, my dear, old passports can't do that.

The consul banged the table and said,
"If you've got no passport you're officially dead":
But we are still alive, my dear, but we are still alive.

Went to a committee; they offered me a chair;
Asked me politely to return next year:
But where shall we go to-day, my dear, but where shall we go to-day?

Came to a public meeting; the speaker got up and said;
"If we let them in, they will steal our daily bread":
He was talking of you and me, my dear, he was talking of you and me.

Thought I heard the thunder rumbling in the sky;
It was Hitler over Europe, saying, "They must die":
O we were in his mind, my dear, O we were in his mind.

Saw a poodle in a jacket fastened with a pin,
Saw a door opened and a cat let in:
But they weren't German Jews, my dear, but they weren't German Jews.

Went down the harbour and stood upon the quay,
Saw the fish swimming as if they were free:
Only ten feet away, my dear, only ten feet away.

Walked through a wood, saw the birds in the trees;
They had no politicians and sang at their ease:
They weren't the human race, my dear, they weren't the human race.

Dreamed I saw a building with a thousand floors,
A thousand windows and a thousand doors:
Not one of them was ours, my dear, not one of them was ours.

Stood on a great plain in the falling snow;
Ten thousand soldiers marched to and fro:
Looking for you and me, my dear, looking for you and me.

                                                         WH Auden

Se llama Refugee Blues, y hace el número 45 de mi edición de los Selected Poems. Y si no los han leido no es fácil  imaginar lo verdaderamente selectos que son.



© foto:

Ferrante (III)

   
En la serie (¿saga?) de La amiga estupenda,  el ritmo tiene sus razones que la razón ignora. Tras terminar el primer volumen, donde se narran con minucia apenas cuatro o cinco años de la infancia de las dos amigas, no puedes evitar pensar que, a este paso, cuando acabe la cuarta novela apenas habrán cumplido los treinta. Que tampoco pasaría nada. Pero luego el ritmo se arrastra y se alarga en progresión no muy constante, hasta llegar a una última entrega donde se despachan casi treinta años de vida intensa (los de las otras tres novelas) en casi las mismas páginas.
    Supongo que, si funciona, no es importante. Pero de hecho es uno de esos casos en los que uno puede darse cuenta de la importancia de los tempos en la narración. Como en el final atropellado de El rojo y el negro, uno puede empezar rezongando de la morosidad de la primera entrega y acabar irritado por la falta de detalle con la que se nos narran hechos dramáticos en las siguientes.
    Lejos de molestarme, esta gestión del calendario evoca para mi la de la vida misma, con sus épocas de exaltación y sus remansos de calma. Como en aquella descripción de la guerra: semanas de aburrimiento punteadas de súbitos estallidos de pánico.
    La vida. Supongo que de eso va.


© foto:  Ferdinando Scianna

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