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Cartel



    



© cartel: Dani Dos Dedos

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Aniversario




    La de cosas que han pasado desde entonces. Este blogo nació --cuando aún me resistía al neologísmo y me aferraba al bitácora-- como complemento de otro de ficción que brilló --ese sí-- chispeante y efímero como un castillo de fuegos para morir como los buenos: joven y dejando un hermoso cadáver, Cadáver que, por cierto, tengo bien guardado en un armario. Una vez descubierto el juguete que me fascinó casi desde las primeras letras, me sabían a poco las ficciones de aquella, y quería poder hablar con mi propia voz. De ahí estas Ideas Brillantes. Hace hoy cuatro años.
    Por el camino he chapado y reabierto el chiringuito un corto puñado de veces, he cambiado el diseño propio por el actual --gracias de nuevo, Dani--, mucho más brillante, conservando, eso sí, al calvorota de la cabecera; he pasado de algún centenar de visitas/día a unas pocas decenas, he actualizado con periodicidad cambiante, he extractado brillos ajenas, contado historias, reflexionado en voz alta, me he mirado --mucho-- el ombligo y a veces más abajo; he rememorado mi infancia con varios enfoques, he promovido y asistido a quedadas (a menudo, dejando crónica del evento), he pasado de la ilustración el color al sobrio blanco y negro, de la imagen pirateada al creative commons de obediencia más o menos estricta, he renovado en varias ocasiones la lista de enlaces (siempre corta, Pajarraca, ya lo sé) y en una ocasión al menos el criterio que la regía, he puesto por escrito las normas de la Casa y he procurado atenerme a ellas, he contestado con puntualidad a los comentarios o los he dejado correr cuando la pereza u otras obligaciones acechaban, he crecido aunque no sé si mejorado como persona, afilado la pluma, afinado el olfato, pulido la prosa y envejecido (y reflexionado largo sobre ello). He aprovechado para anotar las enormes brillanteces de mi hijo mayor (y del pequeño, también) . He compartido películas, libros y enlaces, buscado frases de la semana, he puesto en boca de Hernández y Fernández cosas que nunca dirían e inventado para ellos las cónyuges que nunca merecieron, me he mojado en varios asuntos delicados y he procurado siempre mostrarme fiel en los afectos y las creencias. He compartido algunos trances duros y muchas alegrías chicas. En público pero manteniendo al mismo tiempo esas salvaguardas de pudor que permite hablar de uno como si se hablara de otros.
    Por el camino, sobre todo, les he ido encontrando a ustedes, lectores, comentaristas, amigos. Algunos siguen aquí después de mucho tiempo, y me alegran un día tras otro con pruebas de amistad. Otros vienen cada vez con menos frecuencia --como yo mismo les visito, hay que decirlo-- pero no dejan de asomar de vez en cuando, y dejan un guiño o una sonrisa. Más contento. Hay también quienes dejaron de venir, aburridos o molestos tal vez: es normal, entiendo bien que somos barcos que nos cruzamos en la niebla. Siempre conforta escuchar los ecos de las sirenas, aunque cada uno siga luego su camino. Recuerdo a muchas, diría que a todas, y de vez en cuando intento enterarme discretamente de cómo siguen. Los que asoman de primeras nunca sabe uno si van a convertirse en unos o en otros; a veces apuesto conmigo mismo...pero rara vez gano. Comoquiera que sea, me gusta ver caras, nombres nuevos. A unos cuantos los he conocido en la vida real (TM de Ana-Monina) y se han convertido en amigos con a mayúscula y sin peros. No saben lo mucho que le agradezco a este blogo ese regalo, el mejor, aunque ni muchos menos el único.
    Sí, ya sé que soy un sentimental. Y un pesado, también. Ya. Y que estas retahílas van pareciendo una canción de Sabina, pero sin estribillo. Vale. Pero no vamos a regañar ahora por eso ¿no? Que nos vamos conociendo. Sigo.
    Con dos excepciones --ahora tres, creo-- todos ustedes han conocido antes a EmeHache que a la persona que hay detrás del nick. Siempre intenté mantener las dos esferas --vida real, vida virtual-- separadas. No es muy presentable, pero era importante para mi mantener este huerto agreste de reflexiones y ocurrencias como un jardín privado. No por desconfianza, supongo, pero no me atrevería a asegurarlo. Sobre todo por sentirme libre para ser EmeHache --o sea, yo mismo-- hasta la médula. Se me ocurría hace poco que, para alguien que no me conociera y quisiera tomarse la molestia, podría decirle: ahí tienes el blogo, lee y luego preguntas. Por pereza, supongo. Pero sé de sobra que EmeHache sólo es una parte de mi. Me gusta creer que una de las mejores, pero no me atrevería a decir tanto.
    Así pues, cuatro años ya.
    Habrá que celebrarlo, digo yo. Así que creo que les voy a invitar a unas rondas, pongamos el viernes 16 de mayo, junto a las Vistillas, aprovechando el follón de San Isidro, a partir de las 9 de la noche. Ya les diré el local, que ahora no me acuerdo de cómo se llama.
    De paso, me gustaría pedirles un favor. ¿Tendrían la bondad de dejarme dicha una --sólo una-- de estas Ideas Brillantes que les haya gustado particularmente? Ya saben, en la caja de comentarios que compartimos; si les da corte, ya saben emehache/arroba/gmail.com. Lo mismo si hay más de diez convenzo a mi editora para que finalmente saque un recopilatorio.
    Gracias (a todos, todas).
    Un abrazo (a cada uno).

© foto: Eme Hache

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Sentencias



    El abuelo A. era un hombre corpulento, excesivo y devoto del repertorio completo de placeres de casino de provincias: la conversación chispeante, la mesa repleta, el humo del cigarro hasta que se lo prohibió, el alcohol en tres o cuatro presentaciones distintas y los naipes, españoles o franceses.
    También era un hombre de ingenio agudo, a quien le gustaba hacer juegos de palabras y crucigramas. En cambio, no era particularmente sentencioso.
    Por eso recuerdo una frase que le oí mas de una vez:
    -- La vida no es a la carta.

    Ahora creo saber a qué se refería.



© foto: El Inglés

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Re-visited


    Perdida ya de la casa donde, de un modo u otro, nos críamos todos, la reunión familiar debe buscar otros espacios. Los tiempos, claro, también son otros. Siempre falla alguien: algunos, para los restos y sin remedio. Me parecen más tristes en cambio las ausencias que, sobre el papel al menos, tendrían arreglo si quisiéramos enterrar enconos y reproches.
    En medio del flujo incesante del cotilleo, del humo que no para de los cigarrillos compartidos, de la sobremesas pausadas y las tertulias nocturnas hasta las mil, me ataca una murria honda y seca. No sabría explicar por qué, pero me encierro en el silencio, me escudo detrás de un periódico atrasado o me enfrasco en un sudoku que sé desde el comienzo que quedará sin resolver. Cuando ni aún eso vale, me excuso cortesmente y me voy a la cama.
     Dejo que los demás, los más apresurados, busquen una explicación aparentemente evidente a esta conducta. Pero yo sé que no es eso. Sin embargo, no tengo respuesta. Intuyo que tiene que ver con la resistencia a compartir el dolor de los más mayores y la incapacidad para compartir la despreocupación de los más jóvenes. Con el dolor del exilio y de la pérdida definitiva de tantas cosas. Con la conciencia del paso del tiempo.
     Me examino, pero sólo encuentro un síntoma, y no definitivo, de depresión.
     Mientras me miro el ombligo, sin embargo, me blindo a la vez contra la alegría que me rodea y el dolor que sobrevuela, y hago poco y mal por remediarlo.
     Todo esto en unos días que sé que al mayor de mis hijos --y al pequeño-- le resultarán deliciosamente inolvidables.



© foto: Lawl

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Allí



    En esa ciudad, en esta primavera de luces tamizadas, podría uno imaginar que a Vermeer los cuadros se le pintaban solos.




© foto: EmeHache

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Derrota


    "La victoria tiene mil padres; la derrota es huérfana".

    Lamentablemente, he llegado a ese punto que me cuesta distinguir lo que he leído de lo que se me ocurre. Así que puede que muchas de estas ocurrencias tampoco sean del todo mías.
    Desolador ¿no?




© foto: Jelle Druyts

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Hernández y Fernández (X)




Hernández: Bajo los ladrillos, está la playa.

Fernández: Aun diría más: bajo la playa, están de nuevo los ladrillos.



Ex de Hernández: Menudo par de ladrillos .
Ex de Fernández:  ¡Vámonos a la playa!


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