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Dos patitos

   Dos patos se han instalado a vivir en mi mirador, entre los verdes carnosos de plectranthus thunbergii, las afiladas lanzas de la drácena marginata, el fulgor bético de epipremnum aureum y un puñado de plantas crasas sin nombre, de lantanas aún sin flor y de orquideas que ya nunca las darán.
Dicho en latín todo suena más exuberante, hasta mis modestas plantas del dinero, las drácenas que amarillean juiciosamente y el poto más a prueba de bombas que he conocido.
   Con todo, lo de los patos no me dirán que no es sorprendente.

© foto: Carol Romero

Silencio (2)

 


Supongo que algo parecido pasa con este blogo.
© foto: Sari Denisse

Silencio

 

    De un tiempo a esta parte me encuentro mucho más callado de lo que solía. Podría pasarme conversaciones enteras sin encontrar el momento de echar mi cuarto a espadas, no tanto por falta de ganas, sino por falta de algo que decir.
   Parece mentira. Años tratando de colarse en el centro las conversaciones, empleando toda clase de malas artes retóricas --de la burla al llanto, pasando por la estridencia--, buscando un hueco en el diálogo para dejar caer ingeniosidades, camuflando ignorancias, sacando inmerecido brillo a las cuatro coas que uno sabía. Y ahora podría dejar pasar las horas escuchando con atención, no siempre con interés eso sí, lo que dicen otros. Mejor cuanto más otros y más disconforme estoy con lo que dicen.
   Y pienso en la mucha gente callada que he conocido, inspirado  a veces de cierta lástima inmerecida, y en cómo se vuelven las tornas.
   No digo más, porque apenas se me ocurre más que decir.

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Ciclos



Me devano los sesos buscando respuestas a estos ciclos de ánimo que me persiguen desde hace tantos años. ¿cuánto duran? ¿de dónde vienen? y sobre todo ¿cómo salir de ellos?
  Uno pensaría que la familiaridad con los vaivenes ayuda a mitigar su hondura pero....no, no lo hace.
  Los fármacos funcionan, pero sólo hasta cierto punto.
  El ánimo de quienes te rodean lo vuelve todo más tolerable. Pero tampoco proporciona el alivio necesario.
  Así que ahora me hago otras preguntas: ¿hasta cuándo? ¿irá a más? ¿hay realmente salida?

  Se deduce, obviamente, que estoy en la sima honda del vaivén.

  Pero saldré, no se inquieten. Ya he estado aquí. Conozco el camino.

© foto:

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Notas de un viaje a Guinea (4)


   Me da por pensar en las cosas que de este lugar no le gustarían a R. ,  que imagino que es una forma de anotar las que a mí me molestan. Y sale una pequeña lista sólo de aquellas relacionadas con el agua:


  • las goteras que chorrean --literalmente-- sobre la biblioteca donde trabajamos. Parece que algún genio decidió que era necesario hacer obra en el tejado, retirando toda la cubierta del edificio en plena temporada de lluvia; 
  • la mezcla de agua y polvo no es lo que mejor les ha sentado a los libros, que apestan a lo que quiera que apeste tres pasos antes de empezar la podredumbre;
  • tener que estar pendiente de beberla siempre embotellada;
  • usar un cubo mugriento como sustituto de la inoperante cisterna del water; el agua se carga de un bidón lleno de agua de lluvia, porque no hay traída en el edificio;
  • el water en sí mismo (con la paradoja correspondiente ¿water no significaba agua?);
  • los charcos de los que es casi imposible librarse en la calle.

Aguas de Bata.


© foto: Will Sands

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Notas de un viaje a Guinea (3)


  Paseando por Malabo, bajo el cielo cargado de la estación de lluvias, me da por pensar en qué caracteriza a la ciudad del subdesarrollo, a los ojos del visitante superficial. Y encuentro:

  • las aceras que carecen de continuidad, se interrumpen, cambia el solado, suben y se quiebran;
  • lo indeciblemente resbaladizas que se ponen con la lluvia;
  • ante mis ojos mientras tomo una cerveza bajo un chamizo, un crujido atroz corta la mañana y el tejadillo de la terraza del primer piso se desploma en la casa de la esquina: tejas, cemento, madera, crujiendo brevemente para dejar paso a una nube de polvo blanco.


   Y pienso que de los consejos que me dieron antes de visitar el lugar se olvidaron del principal: busca compañía para el viaje, pues de lo contrario andarás perdido en las horas de paseo en las que no hay gran cosa que visitar y sí mucho que mirar.

© foto:

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Notas de un viaje a Guinea (2)



 Paseando por las calles herrumbrosas de Malabo, o por las luminosas de Bata, saltan a cada paso los lagartos de cabezas y cola rojas, moteadas de verdes, naranjas o amarillos.  Se desplazan a saltos sobre las largas garras, la mirada erguida, sin miedo al transeúnte, aunque tímidos a la hora de las fotos.
   De una belleza a prueba de bombas, parecen puestos para compensar con su omnipresencia la mugre del subdesarrollo en uno de los países más ricos de África.
   Lo que debería darnos idea de lo poco que significa eso del PIB per capita.
© foto: Toni Durán

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