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Trailer



Muy pronto, en los mejores salones, Georg Grosz.

   Ahí lo dejo.



© foto: G.Grosz

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Ferrante


   Este invierno dediqué unas semanas a devorar la tetralogía de Elena Ferrante, La amiga estupenda. Me gustó tanto oír hablar de ella a su traductora, Celia Filipetto, que no pude resistir la tentación de regalársela a R., con la confesa intención de leerla en cuanto ella le hubiera hincado el diente. Disfruté mucho de la lectura, desde esa pequeña monografía sobre la amistad de las niñas, hasta el epílogo brutal cuando la vida se ha encargado de baquetearlas lo que se han dejado. Con todo, no consigo dejar de sacar una lección optimista, que habla de las cosas buenas que esperan a quienes toman las riendas de su vida con valentía y es capaz de ofrecer lo mejor que tiene.
   Solo es una, claro, hay más lecturas, en una serie donde todos los personajes --no solo las dos protagonistas-- mutan, envejecen, viran, se degradan o se ensalzan. Unas novelas llenas de un dominio magistral de la intriga, y el sentido del suspense, que alcanzan incluso a la personalidad de su autora, envuelta por voluntad propia en un anonimato difícil de creer en estos tiempos de postureo, pero claramente peleado.

   Pero no consigo sacudirme la duda que me invade casi desde que empecé a leer. ¿Estamos ante un best-seller particularmente afortunado o ante una muestra de "alta" literatura? La verdad, no sé muy bien po qué me preocupa: imagino que tiene que ver con la impresión de que mi lista de lecturas posibles se acorta cada día, por lo que  no quiero perder el tiempo con literaturas de tono menor. Una idiotez, ya ven. Pero tuve el cuajo de pedirle opinión a la Filipetto, para quien la cosa no ofrecía dudas: Ferrante es gran literatura, y pasará la prueba de las décadas.
 
    Y como seguramente no estaremos aquí para comprobarlo, lo dejo escrito por si alguien ya tiene la respuesta allá por las postrimerías del XXI.

    Por cierto, qué maravilla todas las portadas de esta serie. Las españolas y las de medio mundo.


© foto:

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Espeluznante



   Buscando imágenes en San Google por "beheaded", para ilustrar el texto de abajo, me topo con una serie espeluzante de decapitaciones, muchas de ellas grabadas en video, otras fotografiadas con detalle, tanto en el angustioso antes como en el durante y el desolador después.
   Muchas de ellas, imagino que no por casualidad, responden a las actividades  de diversas empresas y autónomos del subsector del terror en nombre de Alá. Sin permiso de Alá, también. Pero no están solos, ni son los inventores del invento.

   Y le obligan a uno a preguntarse por las profundidades de la crueldad y la maldad humanas. Por que no parece haber nada de inhumano en esta profusión de sangre derramada y cuellos rebanados. Con las agravantes de publicidad, saña y chulería.

    En días como estos, no sé si me pesa tanto el calentamiento global.

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Como pollo sin cabeza


J. (siete años): Estaba decapitado.
Madre: Ah, ¿sin cabeza?
J. : ¿Eso quiere decir "decapitado"?
M. : Sí.  Lo que me hace gracia es que sabéis muchas cosas. Como esa palabra.
J.: ¿Y eso te hace gracia?


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Analogías

  

 La vida es una tragicomedia con muchos fallos de ritmo y un final enteramente previsible.

   Para algunos, para más inri, resulta ser cine español.

© foto: Blogrevoltijo

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El más grande

   
Murió. El mejor (aunque mi hijo pequeño me recordará el historial de Rocky Marciano).  El primer boxeador del que tengo recuerdo, en los tiempos en que asistíamos sin escrúpulos al espectáculo de la brutalidad sobre un ring. De la elegancia, también. Recuerdo a mi padre, sentados juntos frente al blanco y negro de la tele, señalar que lo que hacía grande a Cassius Clay --entonces aún se llamaba así-- era su agilidad, el juego de piernas, el trote con el que brincaba alrededor del rival, agotándole, fajándole ocasionalmente el hígado o buscándole el mentón.
   Nunca después  fui muy aficionado al boxeo. Como con el fútbol, aquel aprendizaje de infancia ,imitando los gestos de los adultos sin entender cabalmente el sentido de lo que ocurría, no dejó mucha huella. Un ramalazo de nostalgia, ahora que me viene a la cabeza.

Pero de aquellos tiempos recuerdo con admiración la figura fibrosa y aceitada de Cassius Clay. Un nombre senatorial para el último luchador de la estirpe de Espartaco.

© foto: Aun buscando

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Fascinado con Feynman

   

Ahora que voy terminando de oír las remembranzas de Richard Feynman --ese Surely you're joking, Mr. Feynman del que ya hablé, narrado por la voz prodigiosa de Raymond Todd -- experimento una fascinación irresistible por el personaje, por la amplitud de sus intereses, la franqueza de sus juicios y la agudeza de su mente. El tipo  es capaz de dedicar un capítulo a explicar cómo reventaba las combinaciones de los archivadores que en Los Alamos --sí, por allí anduvo-- para poner en evidencia lo mal custodiados que estaban los secretos atómicos del país, y a continuación narrar su participación en una escuela de samba en Copacabana, con la que llegó a desfilar tocando la frigideira para pasmo de los empleados del hotel en que se alojaba. O contar como pasó del más absoluto desprecio por las artes a convertirse en un dibujante aceptable --ojo, llegó a vender sus dibujos-- y desarrollar un sentido aprecio por las artes, capaces, como reconoce con asombro, de exponer verdades al mismo tiempo obvias e inexplicables. Algo que, por cierto, se niega a conceder a los filósofos y otros practicantes de las "ciencias sociales"
   
    Su fascinación por Japón, el respeto por la enseñanza y la seriedad con la que la aborda, su cabezonería socarrona, su amor por los bares y las gentes que los pueblan --las chicas, sobre todo--, su tendencia a apostar casi con cualquier excusa y en general a jugar a casi cualquier juego que la vida le pusiera a tiro enmascaran sin embargo lo que fue la pasión más honda y permanente: la física. O la ciencia en general. Así que ahora me toca localizar alguno de sus libros --impagables también, me dicen-- sobre el tema. No tardaré mucho.¿Alguna recomendación?

© foto: Richard Feynman

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