
Perdida ya de la casa donde, de un modo u otro, nos críamos todos, la reunión familiar debe buscar otros espacios. Los tiempos, claro, también son otros. Siempre falla alguien: algunos, para los restos y sin remedio. Me parecen más tristes en cambio las ausencias que, sobre el papel al menos, tendrían arreglo si quisiéramos enterrar enconos y reproches.
En medio del flujo incesante del cotilleo, del humo que no para de los cigarrillos compartidos, de la sobremesas pausadas y las tertulias nocturnas hasta las mil, me ataca una murria honda y seca. No sabría explicar por qué, pero me encierro en el silencio, me escudo detrás de un periódico atrasado o me enfrasco en un sudoku que sé desde el comienzo que quedará sin resolver. Cuando ni aún eso vale, me excuso cortesmente y me voy a la cama.
Dejo que los demás, los más apresurados, busquen una explicación aparentemente evidente a esta conducta. Pero yo sé que no es eso. Sin embargo, no tengo respuesta. Intuyo que tiene que ver con la resistencia a compartir el dolor de los más mayores y la incapacidad para compartir la despreocupación de los más jóvenes. Con el dolor del exilio y de la pérdida definitiva de tantas cosas. Con la conciencia del paso del tiempo.
Me examino, pero sólo encuentro un síntoma, y no definitivo, de depresión.
Mientras me miro el ombligo, sin embargo, me blindo a la vez contra la alegría que me rodea y el dolor que sobrevuela, y hago poco y mal por remediarlo.
Todo esto en unos días que sé que al mayor de mis hijos --y al pequeño-- le resultarán deliciosamente inolvidables.
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