Triángulo

Yo he oído a la vecina del segundo, que una vez nos subió dulce de membrillo casero y nunca recuperó el recipiente, lanzar acusaciones infundadas sobre el carácter rapiñador de la señora Hache. Desolada, ésta quiso reintegrarle el tupper trágicamente desaparecido, pero yo insistí en enviarle al marido de la susodicha mis padrinos. Hasta la fecha no ha respondido, pero si nos cruzamos en la escalera, bufa desafiante. En otra ocasión, descubrí a una invitada habitual --casi una amiga-- rebuscando en las alacenas de la cocina con la excusa de reponer las cervezas consumidas a la nevera. Pero sé que buscaba las pruebas del hurto.
Ya sé que es difícil de creer, aunque no debería serlo tanto para gente que sigue a Iker Jiménez, pero lo cierto es que todos esos tuppers, sean de marca fetén o del chino de la esquina,sin importar la capacidad, forma antigüedad y hasta el estado del cierre hermético, desaparecen al entrar en la cocina. El hecho de que al poco tiempo aparezcan otros de características similares --pero que no son los mismos-- es otra faceta aun más inexplicable de este misterio sin
resolver.
Así que lo único que puedo hacer es aconsejarles que, si alguna vez les invito a comer y se sienten tentados de traer unas torrijas recién hechas, unos níscalos de su pueblo o los incomparables boquerones en vinagre de la casa, no consientan que los recipientes aterricen en la cocina. Ni siquiera con la excusa de darles un agua. Si quieren salvarlos, llevénselos a casa. Sucios, tal vez, pero sanos y salvos.
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