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Ostracismo



       Cuentan que entre los antiguos atenienses era la más cruel de las condenas que se podía imponer a un ciudadano. La muerte civil, el apartamiento de trato humano, el exilio, la reducción del animal social a lobo estepario. Para los ciudadanos, digo, porque para esclavos y metecos la muerte era --parece seguir siendo-- la pena máxima. Para un ciudadano, en cambio,  nada peor que convertirse en apestado.
        En esta sociedad nuestra que eleva el individualismo a suprema regla de conducta algunos tienden a olvidar cuánto dependemos de los demás, de su mirada, de su calor, de su complicidad,  de su ayuda, hasta de su rechazo. Y no me refiero sólo a los más cercanos de los demás: parejas, parientes y otros pares. Hablo de los otros-otros. La vida social sería impensable sin ese derroche de mil pequeños actos de bondad entre desconocidos sobre los que escribió Stephen Jay Gould: ceder un puesto en una cola, torcer la trayectoria para evitar chocar sobre la acera, interesarse por alguien que ha caido al suelo, consolar a un niño que llora en soledad, responder a una encuesta, sonreir sin más motivo que hacerle al de enfrente --y a nosotros mismos-- la vida más fácil.
       Reflexionaba sobre esto el otro día a cuenta de alguien que conozco, del trabajo. Este hombre ha hecho diversas cabronadas a alguna gente a la que aprecio, y otro buen puñado a gente que me preocupa menos. Siempre --parece--guiado por la necesidad de afirmar sus intereses y caprichos por encima de cualquier otra consideración. Como en mi empresa rara vez se despide a nadie, pero como el tipo tampoco tiene gran poder sobre el resto, ha acabado sometido a un aislamiento riguroso: apenas le dirigen la palabra quienes no tienen otro remedio, muchos le negamos el saludo y la mayoría de los días le toca comer en solitario, enchufado a los cascos de una radio. El tipo, hay que reconocérselo, lleva su condición de apestado con enorme dignidad, casi con altanería. Seguramente --que me perdone la Espía-- porque es hombre y de Bilbao. En su fuero interno, supongo, algo le afectará, pero aguanta el tipo sin perder la cara. Aunque ya hace mucho que decidí reservar mi solidaridad y hasta mi compasión para quien la merezca, no crean que lo lamento ni siquiera un poco. Ya les digo, participo en la sentencia. Pero, no lo negaré, admiro la dignidad de que hace gala.



       En esto de las bitácoras, donde las reciprocidades del afecto y la vanidad  engendran puntillosas contabilidades de comentarios, elogios cruzados y enlaces cómplices, hay diversas formas de ostracismo. Algunos tnos negamos a jugar a ese juego, o al menos nos gusta hacerlo según nuestras propias reglas. Pero, ahora que no me oye nadie, les confieso que me halaga  ver incuidas estas Ideas Brillantes en las listas de enlaces de otras bitácoras y recibir visitas de aquellos a quienes más admiro. Nunca torceré mucho mi camino para conseguirlo, pero me agrada. También --la otra cara de la moneda-- me disgusta que me tachen de otras donde estuve un día, algo que ya  ha pasado más de una vez. Me queda entonces el consuelo creerme un poco lobo estepario, y la íntima sospecha deque algunos de los que me apartaron de sus vidas siguen la mía agazapados en la sombra.


    Claro que todo esto no lo reconocería ni borracho.

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