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Juegos políticos

 
    No suelo arrimarme aquí a la politica diaria y profesional, eso que suele llamarse política a secas y que yo, más panpolítico que todo eso, considero sólo el núcleo visible e institucional de algo que nos afecta hasta cuando vamos al baño. Supongo que tiene que ver con la urgencia de contar otras cosas, con el sentimiento de que dificilmente podré convencer a ninguno de los pocos que me leen, con cierto cansancio con el tema (porque sí ocupa mucho de mis conversaciones cotidianas) o tal vez con la percepción de que nada de lo que diga sonará poco más que a sensato. Pero de vez en cuando la vida (o más directamente mi Tocayo, con el que comparto tantas cosas) me recuerda que hay casos en las que  no queda otra que mojarse.
    Personalmente, no me parece mal que el PP adopte una postura discrepante y hasta crítica con el gobierno en cuanto al final del terrorismo etarra. Las uniones sagradas me dan urticaria y traen malos recuerdos, y la democracia consiste precisamente en el juego público de los intereses contrarios, buscando las soluciones bien sea en el sobrevalorado consenso o bien en las reglas de mayoría. Es cierto que me molestan algunas de las posturas y los modales concretos --el meneo mediático de las "víctimas", la absurda negación de los tiempso en que Aznar hablaba del MLNV, el empeño en aferrarse a los delirios conspiratorios sobre el 11-14 M, por citar sólo las más llamativas. Pero también es verdad que los independentistas vascos juegan también al poli bueno-poli malo, que menean a sus presos y parientes con parecida desvergüenza y practican toda clase de dobles juegos. Y no lo es menos que el gobierno ha tenido diversas meteduras de pata, seguramente no ha informado como es debido a la oposición y acaba de intentar montarles una encerrona en el Europarlamento en la que el tiro les ha salido por la culata.

    Nadie dijo que fuera a ser fácil, y repito que me parece estupendo que haya voces autorizadas y con respaldo electoral que dejen claro a los etarras que el proceso no es irreversible --aunque cada día sin muertos es una victoria--, que no se pueden negociar tantas cosas y que, se mire por donde se mire, la legitimidad corresponde al estado democrático. O sea, a todos nosotros. Lo que me resulta difícilmente tolerable, en cambio, por debajo de ese juego, es la impresión de la que no consigo desprenderme que hay en el PP mucho dirigente que prefiere el fin de  Zapatero antes que el fin de ETA.
    Ese final, se pongan como se pongan, tendrá que tener algún tipo de precio;  lo deseable es que sea el menor posible para los demócratas--y a eso tal vez contribuye su discrepancia--, pero es obvio que en su cómputo tendrá que contarse con las ganancias --para todos-- del final de las bombas, las pistolas y las amenazas.
    Si no quieren llamarle político, que lo llamen equis. Pero, por favor, echen sus cuentas, y si deciden que no quieren comprar el fin del terrorismo, díganlo a las claras. Digánmelo a la cara.


       © foto: David Bailey (1965)

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