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Contra la resignación (IV)



        
IV. EL DEBER DE PENSAR


    Un esfuerzo de transformación social siempre exige reflexión, así como liderazgo y ciertas dosis de organización. Y eso entraña peligros, ¡qué duda cabe! Cambiar a unos líderes que no nos gustan por otros que podrían acabar no gustándonos ¿No son todos iguales? ¿No somos todos iguales?

     Y la reflexión ¿por qué dejársela a los expertos? Ya vemos a dónde nos han llevado: a una sociedad muy próspera, es cierto, pero muy desigual, muy insolidaria, muy deshumanizada, y (aunque esto aun no ha salido a colación), muy machista y muy poco sostenible. ¿Es lo que queremos? No desde luego quienes reclaman una democracia real (ya). Así que habrá que buscar nuevos expertos, o pedirles a los que tenemos que cambien el chip.


     Llevamos años aceptando que junto al dinero negro de la corrupción la falsa moneda intelectual del pensamiento único. Vivimos –nos dice Pangloss resucitado y elevado a los altares—en el mejor de los mundos posibles. Los intentos de transformarlo conducen inexorablemente al caos, el dogmatismo y el sufrimiento. Pero ¿no son ya el caos, el dogmatismo y el sufrimiento los que rigen el mundo?

     La versión MacDonalds del postmodernismo nos repite una y otra vez que no existen verdades absolutas (olvidando que si existen mentiras absolutas), que todo son puntos de vista, que las opiniones son como los culos –cada cual tiene el suyo y a todos nos apesta el del prójimo--, que todo depende del color del cristal con que se mira. Una vez desactivados los absolutos intelectuales, basta dar un paso para acabar con los imperativos morales: si no hay verdad, si mi opinión vale tanto como la de cualquiera, entonces puedo hacer lo me venga en gana y no seré peor ni mejor que tú. Ya lo cantaba Gardel:

¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.


    Por este camino se cuela insidiosamente, haciéndole trampas de tahur a un relativismo intelectual sano y necesario, el veneno del todo vale. Esa es la verdad de los golfos, de los corruptos, de los aprovechados. Y la defienden –al tiempo que nos recitan que no hay verdades—con el mismo entusiasmo y dogmatismo que otros defendieron a sangre y fuego el dogma de la única fe verdadera, fuera de la cual no hay salvación posible.

    Es importante dinamitar ese relativismo-basura. No todo es opinable: hay hechos, hay verdades, hay formas de alcanzarlas –la investigación científica, el debate intelectual, el proceso político—y, por muy provisionales o limitadas que sean, son nuestro único asidero para comprender el mundo y transformarlo. La Mecánica de Newton puede que sea una teoría limitada, superada y hasta equivocada, pero las manzanas siguen cayendo de los árboles.

     Del mismo modo, no todo vale. Hay reglas morales, hay normas políticas, hay leyes. Empezando por la antiquísima regla de oro de todas las éticas: trata a los demás como deseas ser tratado. La deslegitimación de estas reglas, normas y leyes beneficia por encima de todo a quienes tienen el poder para sacar provecho de sus privilegios. Su defensa, en cambio, es una tarea imprescindible para los más débiles, precisamente porque no tienen puertas traseras o buenos abogados para librarse de ellas.

     Así pues, antes de comenzar a pensar en qué queremos y cómo podemos llegar a ello, debemos sacudirnos, combatir incluso, este relativismo basura. Una vez dado este paso, sabremos encontrar la forma de encontrar nuevas verdades, de establecer nuevas reglas, de exigir que sean iguales para todos y de imponerlas –con toda la fuerza de las mayorías y todo el respeto a las minorías—como patrimonio común.

     Tenemos el deber de pensar, igual que tenemos el derecho a votar. Aunque sólo sea porque, si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros, en nuestro nombre, contra nosotros.

(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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