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Versos de tornillo

Es extraño el efecto que ejerce sobre nosotros la poesía. Hablo de mí, claro, aunque me escude tras ese plural de pudor. Soy un lector excepcional de poesía; quiero decir que sólo la leo muy excepcionalmente. Leí mucha, aunque quizá no toda buena, en mi adolescencia y primera juventad, que es la edad en la que se hacen y se leen los poetas. Pero después mi afición a las narraciones, a los personajes densos y a las peripecias de medio alcance se impuso sobre el gusto por esas obras escogidas que son los versos. Ajmatova

Con todo, ocasionalmente vuelvo a leer un poema, rara vez un poemario entero. Ni siquiera, lo intenté, pude con el Cuaderno de Nueva York, de Hierro, o con la Antología de Benedetti (por citar dos poetas que me tocan). Últimamente, en cambio, me estremecieron los versos del Requiem de Anna Ajmátova.
Decía, sin embargo, que es extraño el efecto que producen en mi los versos. Me veo reflejado en su belleza, en su música, en ese rascar debajo de lo aparente para sacar algo, no siempre más verdadero pero sí más profundo. Eso me hace sentirme más hermoso, más musical, más bueno. Como si ser capaz de apreciar la belleza nos hiciera --de nuevo ese plural--mejores.

Una ilusión como otra cualquiera, pero una buena ilusión.

Hace poco, un poema de Miguel D'Ors que publicó la prensa tuvo ese extraño efecto de que hablo.


Por una muerte

Uno se muere así, cuando tenía
un cigarro en las manos (que aparece
humeando, después, sobre el asfalto),
cuando había una letra pendiente, un libro abierto
un cuento a medias (que los niños nunca
sabrán cómo termina);
uno se muere así, de golpe, abandonando
su ropa en el armario y sus asuntos
y su reloj parado en una hora
--la de la muerte en punto-- (o sin pararse
y entonces es más triste todavía
porque le ves seguir, infiel al amo),
y a lo mejor aún llega alguna carta
con las señas del muerto
y hace llorar de puro no saber...

Después de morir uno, mientras uno
está muriendo, se abre
una ferretería, pintan una fachada
y el muerto ya es ajeno y todo nos lo aleja.

Las yerbas del olvido
empiezan a crecer sobre su tumba.




Está dedicado a las víctimas del Once de Marzo. Sé que a Santi también le gustó.

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