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Chorizos de mono azul



   Años de empaparse de novelas negras, pelis de ladrones y series de polis alimentan ciertas distorsiones. Tendemos a creer, por ejemplo, que los atracos a bancos se planean con minuciosidad de ingeniero y se  ejecutan con precisión de comando; que los  timadores urden engaños poderosos pero frágiles; que los chorizos son delatados por sus errores, y no por sus cómplices. Que los botines son jugosos y en metálico; que una sólida carrera delictiva se basa en un gran golpe, y no en mil operaciones de menor envergadura: que la tecnología de punta  reemplaza --como en la guerra postmoderna-- a la brutal fuerza bruta. Que la línea que separa al botín del beneficio es nítida y precisa.

    Personalmente, me interesan mucho los robos sin tanto relumbrón, obra de chorizos que no dudan en calzarse un mono de obrero  y  llevarse por delante algo  que a los demás sencillamente no se les había ocurrido antes. Bienes mucho peor custodiados, pero que no carecen de valor: jamones ibéricos por toneladas, hectolitros de aceite de oliva o kilómetros de cable de cobre.

    Un amigo, sesudo profesor de Derecho en sus ratos de trabajo, me explicaba una vez sus dudas de que pudiera calificarse  como robo el hecho de apropiarse de algo que la gente suele dejar --literalmente-- tirado en la calle.
    En el ramo de las administraciones públicas, hay unos tipos que se han montado un lucrativo chiringuito  con los secuestros de maquinaria y equipo. El modus operandi es sencillo: se plantan en las dependencias correspondientes ataviados con el mono de rigor, se presentan como miembros del servicio técnico, preguntan por el equipo estropeado y con la involuntaria colaboración de cualquier empleado incauto --"Ah, pues debe ser..."--  localizan una máquina cualquiera, cuanto más rara y valiosa mejor: una empaquetadora, una fotocopiadora, una centralita, lo que sea. Dejan un albarán y embarcan el botín en una furgoneta, ante las narices de los responsables y seguratas. Una semana después presentan ante el departamento pagador una factura. Si no la cobran, claro, no devuelven el equipo.
     Es entonces cuando se les pide ver la orden de reparación, las referencias de la persona que la encargó, los comprobantes. No existen.
    Pero tienen una factura. Y si no la cobran, no devuelven el equipo.
    Yo ando dándole vueltas a ver si se me ocurre cómo financiarme una jubilación turbo con un bisnes de éstos.

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