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Estreno

     Referirme a M. como una buena amiga sería seguramente echar al olvido algunos matices importantes que la convierten en algo distinto y mejor que eso. En su última visita, me hizo un regalo de comer y otro envenenado: una de esas libretas de notas con tapas duras y nombre propio, cuya lista de antiguos propietarios  acomplejaría a un clon hibrido de Leonardo con Lord Kelvin. Las hojas --de un papel de buen gramaje y tacto rugoso-- están en blanco. El obsequio llevaba aparejado el encargo de ir llenándolas de ideas que sólo existen en la generosa imaginación de M. Durante semanas, he dejado que simulase perderse entre el marasmo de papeles de mi escritorio, aunque ambos --la libreta y yo-- sabíamos que teníamos una cita pendiente.


       Sospecho que es un defecto, pero tengo gustos frugales.  De pobre, según mi madre, no siempre compasiva. A decir verdad, nunca me hubiera comprado una libreta de éstas, aunque alguna vez las he mirado con glotonería. Pero me apaño tan ricamente con mis  blocs de espiral y papel cuadriculado, que acaban destrozados de tanto pasar de la mochila al bolsillo, soportar dobleces  en los cantos, surcos multicolores de bolígrafos rebeldes, garabateos y hasta mutilaciones de páginas enteras.  Como unos vaqueros: todoterreno,  neutros, sin pretensiones y funcionales (aunque se pase calor en verano y frío en invierno).  Con todo, de las muchas lógicas que encierra un regalo, una de las más hermosas es la de obsequiar aquello que, a fortiori, el otro nunca compraría motu proprio.

     Hoy, he limpiado la vieja Waterman con la que escribía todo antes de que se inventara el qwerty. He rellenado el émbolo con la tinta negra de siempre, y he anotado en la segunda hoja una frase que llevaba semanas rondádome  la cabeza y una idea que me acababa de venir en la duermevela.
     Me siento incapaz de describir la  gozosa lisura con la que se deslizaba el plumín sobre el papel.


©   foto  Gustavo Romano  (vía JAM)    

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