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Quedada

abrazo
     En estos eventos --como saben quienes se han tomado la molestia de acudir a alguno-- se cruza uno con todo tipo de gente: personas a la que no habría saludado jamás por la calle (y a la que seguirá sin saludar en el futuro), tipos tan de otra generación o de otra galaxia que sería raro coincidir con ellos (y sin embargo coincides en tantas cosas), gente con los que antes o después te cruzarías en un encuentro profesional y sin embargo allí no te caerían ni la mitad de bien, mujeres fascinantes que escriben chorradas perfectamente prescindibles, rubias teñidas y genuinas (todas con sonrisas preciosas), grandes personas humanas en pequeño formato a las que te quedarías abrazado toda la noche, dandis que siguen siéndolo aún con un bocadillo de chorizo en la mano, gente a la que admiras casi con sólo mirarla,  tías con las que follarías aunque no te lo pidieran, otras con las que el tiempo de hacerlo quedó tres cafés más atrás y otras más que no te dejarían  arrimarte ni a su proveedor de telefonía móvil;  también tíos que  follarían con cualquiera de ellas sin pestañear ( quizá sin que ellas pestañeasen);  consortes que deberían convencer a su contraparte de que cerrara el blogo (y abrir ellas ellas uno), tíos con coleta que van de pedal y calvos capaces de hacer palidecer de envidia a la calva  más brillante de la blogosfera, la ternura personificada con un diente de pega,  baronesas tan encantadas de haberse conocido que  olvidan de que se están perdiendo la ocasión de conocerte, y personalidades tan deslumbrantes que ni siquiera el flash de la digital logra apagar su luz; gambas en gabardina que se aburren como ostras, amebas disfrazadas de alegría de la huerta, hortalizas con patines y melones más pasados que verdes.
  Ya, ya sé que esto empieza a parecer una de esas canciones de Sabina. Pero ¡qué cojones! lo pasamos bien ¿no?




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