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Contra la resignación (V)






     V. ¿QUÉ HACER?

     ¿Por donde empezar? Llego tarde para responder a esta pregunta. El movimiento está en marcha, y ya ha dado dos pasos muy importantes: manifestar la indignación es el primero, hacerla visible (tomando las plazas), el segundo. Un tercero, organizar el modo de buscar nuevas verdades y nuevas formas de toma de decisiones (en asambleas, sin líderes ni portavoces, sin violencia) está en marcha.
     Con todo, hay más pasos y decisiones importantes en el futuro. Sin ser más que un participante de a pie del movimiento –como todos, hasta ahora—se me ocurre que hay al menos tres particulamente importantes.
     La primera es decidir si el movimiento debe seguir vivo tras las elecciones del domingo. Afortunadamente, la respuesta parece caer por su propio peso: seguiremos. Pero debe ser una decisión firme y meditada. No será la primera vez que un movimiento social de fuerza espectacular se disuelve de repente como un terrón de azúcar en una taza de té caliente. Tenemos la experiencia reciente del movimiento del ¡No a la guerra!
     Por muchas razones, no deberíamos dejar que eso ocurra. Aunque sólo sea para que los poderosos y los corruptos –los Strauss-Kahn y los Camps del mundo--, convencidos durante años de que eran de una pasta especial y que con ellos no iban las reglas y leyes del común de los mortales, sigan sudando.
Otra cuestión importante es la necesidad de organización, en la forma que sea. Es obvio que en el movimiento hay gente con experiencia organizativa, y se nota: desde los primeros momentos de la acampada de la Puerta del Sol, se organizó la infraestructura mínima, se adoptó la Asamblea como modo de tomar decisiones, se montaron brigadas de limpieza y de negociación con las autoridades.
    A medida que el movimiento crezca, y todo apunta que va a crecer, va a ser necesario mejorar las formas de organización. Ese puede implicar cierta necesidad de revisar el rechazo a los líderes y del proceso asambleario (o no), pero a lo que no debería renunciarse de ninguna manera es a la autonomía del movimiento. Que lo apoye quien lo desee, pero que nadie pretenda apropiárselo.
La última cuestión urgente es la de los objetivos del movimiento. Desde luego, no hay por qué atender las peticiones paternalistas de políticos y tertulianos de que es urgente que se produzca un programa formal, coherente y completo. ¡Una mierda! Ellos llevan años ofreciéndonos ideas huérfanas y recetas vacías, programas que saben que no cumplirán, incoherencias vestidas de realismo. Dennos un poco de tiempo…y si no nos lo dan, que les den. Nos lo tomaremos.
     Ya se ha avanzado mucho: la indignación es un primer paso, pero se ha avanzado mucho más allá. Se están discutiendo ideas, y todo apunta a que se han encontrado los dos puntos clave que se quiere reformar: el sistema electoral y el sistema financiero. Nótese bien que no he dicho el sistema político (sino sólo la parte que rige las elecciones, una única ley), ni el sistema económico (no se cuestiona el mercado, aunque se le critique, ni la propiedad privada, ni la herencia, aunque todas ellas son instituciones que han contribuído a nuestra próspero caos del día). No, una ley electoral nueva y una nueva ley de banca. Casi nada, y a la vez casi todo: se apunta al núcleo mismo de nuestros actuales problemas, y eso hace pensar que seremos capaces de ofrecer soluciones.

     A mi entender, la prioridad es articular una propuesta de reforma del sistema electoral que permita poner fin a la partitocracia bipartidista. La gama de reformas barajadas es amplia, y muchas de ellas podrían ser eficaces. Prueba de ello es el temblor que recorre el espinazo de los aparatos políticos del PP y el PSOE, por igual. Tanto, que no me extrañaría que se aliaran, por vez primera en años, no contra el terrorismo, no por una mejora de la educación, no por el empleo o el bienestar, sino contra la reforma de la base legal de su lucrativo tinglado.
   &; Entre otras:
        • Un distrito electoral nacional único
        • Un mecanismo puramente proporcional para la elección de representantes
        • La asignación de escaños o concejalías a los votos en blanco
         • Distritos unipersonales

    Todas tienen problemas pero también ventajas. Todos tienen beneficiarios y perjudicados, que van a querer promover el que más les convenga. Hay expertos a los que habrá que oír, pero la decisión debe corresponder al propio movimiento. Cualquiera de ellos podría funcionar, y hasta podríamos equivocarnos en la elección de la reforma deseable. ¿Y qué? ¿Nos va a ir peor que ahora?

    La persecución de este objetivo, previo y prioritario a cualquier otro, resulta de un realismo tan hondo que quita el hipo pero de una potencia transformadora notable, todos ellos radicalmente democráticos y posiblemente eficaces. Para alcanzarlo puede que sea necesario llegar a acuerdos con aquellas fuerzas –partidos minoritarios, movimientos sociales, ONGs, sindicatos—que estén dispuestas a apoyarlo. Pero el movimiento no debería renunciar a su autonomía, y a dirigir el proceso. Se ha ganado ese derecho.
    Sólo ese punto (la reforma del sistema electoral) justificaría la presentación de candidaturas a unas futuras elecciones, si así se decide. No requeriría una organización demasiado compleja. No necesitamos más programa: no aspiramos a gobernar, y muchas veces hemos comprado programas mucho peores a un precio mucho más caro. ¿Por qué no?
    


(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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