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Lecturas para tiempos de plaga (2)


    ¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo? En este delicioso libro, el gran Carlo M. Cipolla --sí, el de las leyes fundamentales de la estupidez humana-- nos muestra cómo se enfrentaba la sociedad toscana del XVII a una epidemia de peste, con todas sus consecuencias. Montelupo era una pequeña localidad cercana a Florencia, que en septiembre de 1630 se vio obligado a enfrentarse a una de las cuatro peores pesadillas de la humanidad: la peste. (Las otras tres, por cierto, eran el hambre, la guerra y la muerte misma). Y lo hizo con los instrumentos que tenía a su alcance: unos magros conocimientos de medicina, nulos de bacteriología y una larga experiencia en la aplicación de políticas de aislamiento de los enfermos y cuarentena de los sanos. De lo bien o mal que salió librado Monte Lupo nos da buena cuenta Cipolla.    
    Pero lo sorprendente del libro es la actualidad de lo que ocurría en la Toscana del XVII, con sucesos y preocupaciones que parecen sacados de la prensa en estos días de pandemia. Un ejemplo:

      La separación de familias enteras dentro de sus casas, la separación de familiares enfermos confinados en los horribles lazareto, el cierre de mercados y la interrupción del tráfico comercial con la consiguiente falta de trabajo y el desempleo generalizado, la quema de muebles y mercancías eran medidas impopulares cuando menos. El médico de Busto Arsizio que oso declarar la existencia de peste en la aldea en 1630 solicitando implícitamente medidas de cuarentena, se ganó un arcabuzazo que le costó la vida. Los médicos Settala y Tadino de Milán no tuvieron el mismo fin, pero la plebe arrojaba piedras contra su carroza cuando circulaban por los barrios bajos de la ciudad. La ignorancia y la miseria eran las principales causas de infracción. Los sepultureros traficaban con las ropas de los muertos. Los arrieros intercambiaban falsificaban los pasaportes de sanidad. Los hosteleros no respetaban los controles. Pero no era solo el vulgo el que violaba las ordenanzas. Los mercaderes obstaculizaban como podían los controles sanitarios, las limitaciones de tráfico y las cuarentenas de mercancías. Los pudientes oponían resistencia a los impuestos extraordinarios destinados a cubrir los gastos sanitarios. Otros consideraban insoportable la limitación de movimientos y los guardias en las puertas de las ciudades sufrían continuamente insultos por parte de fatuos señorones y se desahogaban con la gente humilde sobre la que descargaban su frustración y vulgaridad. (32)

© grabado: A.Dürer

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Versos (2)



Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las
noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por
mi dormitorio,
lugar hacia el que
-por oscuras razones-
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente
de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
estas cucarachas no leen los periódicos.
Lo que a ellas les gusta es que yo me emborrache
y baile tangos hasta la madrugada,
para así practicar sin riesgo alguno
su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas
por las anchas baldosas de mi alcoba.
A veces las compadezco,
no porque tenga en cuenta sus deseos,
sino porque me siento irresistiblemente atraído,
por oscuras razones,
hacia ciertos lugares muy mal iluminados
en los que me demoro sin plan preconcebido
hasta que el sol naciente anuncia el nuevo día.
Ya de regreso en casa,
cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños cuerpos que se evaden
con torpeza y con miedo
hacia las grietas sombrías donde moran,
les deseo buenas noches a destiempo
-pero de corazón, sinceramente-,
reconociendo en mí su incertidumbre,
su inoportunidad,
su fotofobia,
y otras muchas tendencias y actitudes
que -lamento decirlo-
hablan poco en favor de esos ortópteros.

Ángel González


© foto:

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Versos






   En los días del encierro recibí una de esas cadenas postales (recuerdo una de niño, con una peseta pegada con un celo dentro) que nos piden que escribamos a 20 personas y les pidamos algo. En este caso, teníamos que pedirle sus versos preferidos, especialmente si tenían relación con el maldito bicho y sus circunstancias.
   El caso es que, contra mi criterio habitual, me sumé a la cadena, convencido del poder curativo de los versos, y más si son el regalo de un desconocido. Pero luego --cada loco con su tema-- no pude evitar reflexionar sobre los que me fueron llegando. Y cuando digo reflexionar digo hacer números.
Y descubrí algunas cosas curiosas.


  •  Amor a la poesía: aunque se podían enviar fragmentos de prosa, citas o cualquier otro tipo de pieza, la gran mayoría de lo que recibí (32 de 37) eran piezas de poesía (contando como tal tres canciones). Prosa, en cambio, sólo cinco items.
  •   La poesía tiene género (masculino): la gran mayoría de lo que recibí tenía un varón como autor ( 30 de 37 ) pese a que la mayoría de los remitentes eran mujeres (21, frente a 16 varones).
  •   La poesía tiene idioma: la gran mayoría de lo que recibí tenía un autor que escribía en español (incluyendo varios autores latinoamericanos): 26 en castellano, frente a 11 en otras lenguas. Perdón, 26 de autor español/latinoamericano, porque incluyo ahí 3 versos en catalán y uno en galego (mal hecho, pero de alguna forma hay que agrupar). Está claro que a la hora de apelar al lector de poesía que llevamos dentro, preferimos que nos lo hagan en nuestro idioma. De hecho, uno de los poemas citados en polaco venía remitido ¡por una polaca!
  •   Hubo un autor que se repitió 6 veces (de hecho, uno de los poemas llegó por duplicado, y era suyo), pero también una poeta que repitió tres veces. ¿Se atreven a adivinar los nombres?
  •    En el resto, variedad, aunque predomina lo contemporáneo, sobre lo clásico (sólo un Shakespeare).


   El poema que llegó repetido lo subiré otro día.
   Salud y poesía para tod@s.
 
© foto: Joan Brossa

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Maldito cerebro


   Acabo de recuperar mi clase semanal de yoga con Herr Isquiones, un maestro en la mejor acepción de la palabra. Claro que, dadas las circunstancias, seguimos sus instrucciones a través de videoconferencia. Así que venga tadasana, y Adho Mukha Svanasana, y Virabhadrasana para arriba, y para abajo, hasta que acabamos sudando como pollos y relajados como bebés.
    ¿Pero saben lo que echo de menos?
    Ese asqueroso y penetrante olor a incienso, al que la señora Hache llama "anangarranga".
    ¡Qué cosas! ¿verdad?

 © foto:

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