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Muerte de un viajante


     "Cuando te casas, las faltas; cuando te mueres, las alabanzas".  No es que quiera traer aquí a colación los dudosos triunfos del amor tardío de Carlos y Camilla, pero tal vez habría que reformar la sección de Enlaces (en el sentido antiguo, cuando significaban bodas y peticiones de mano) de algún periódico para ajustarla mejor al refrán y convertirla en el debido contrapeso de los desmedidos elogios y los silencios cómplices de la sección de Obituarios.

     En realidad, quería hablar de Arthur Miller. Le admiré cuando leí Todos eran mis hijos o The crucible;  cuando vi en el cine alguna versión de sus Brujas de Salem y a Dustin Hoffman en Muerte de un viajante. Más aún las dos veces que he tenido
ocasión de verle sobre un escenario: otra  Muerte de un viajante con un López Váquez enorme como Willy Loman, y un El precio fantástico de una magnífica compañía argentina de la que lamento no recordar el nombre. Ahora lo hace Juan Echanove en Parla, pero se me pasó.  Le disfruté mucho cuando leí sus memorias, Vueltas al tiempo. Pero, lo que me hace  admirarle de veras fue el casarse con Marilyn. Los intelectuales suelen tener miedo de casarse con sex-symbols. En realidad, cualquiera en su sano juicio tendría miedo de casarse con una estrella de Holloywood. Pero Miller, no. Era, no sólo frente a un papel, un hombre valiente.



    (O tal vez no tanto: pregunten por Daniel).

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