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Roma





Hay tres o cuatro cosas que me gustan mucho de Roma. No me refiero a eso que los italianos llaman tomar un café, y en realidad parece una cronometrada a ver quien pasa por caja --lo scontrino, prego--, barra, trago y puerta en el menor tiempo. Tampoco, aunque me encantan, las tascas donde la pasta se pide por el nombre de la salsa --anotad: Enzo, en el Trastevere. Me gusta sobre todo cómo se mezclan, a la vuelta de cualquier esquina, la ciudad monumental --¡qué dimensiones pasmosas las de la Roma de Augusto!-- y la ciudad viva.
   Este partidillo dominical, por ejemplo, de unos latinoamericanos. Con los de rojo jugaba de 7 un hombre de porte atildado que desconfiaba del barro, pero no dudó en lanzarse al suelo en una entrada para salvar una internada por la banda. Me quedé un rato viéndolos, al grato calorcillo del sol de mediodía. Lo que hace distinta esta escena, tan cotidiana, es que ese muro blanco que se ve al fondo, a no más de cien metros, es el anfiteatro Flavio. También conocido como el Coliseo.

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