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Felicidad enlatada



         Casualidades de la vida. Lo mejor de ir a Eurodisney, le oi decir a un resignado padre de familia en una terraza del Retiro al día siguiente de mi regreso, es que ya te lo has quitado de encima.
         En el extraño oficio de ser padre  en esta sociedad posmoderna, hay ritos de los que no parece uno poder librarse. Para los de clase media, Disney parece haberse convertido --gran éxito de marca-- en un must como lo era el Grand Tour para los vástagos de la aristocracia inglesa en el XVIII. Y pueden creer que no soy de esos especialmente sensibles a la presión social, pero a veces que hay que ceder.
         Así que una vez que se sucumbe, te preparas a sacarle el máximo partido a tres días de vacaciones bajo el lema de "todo por los niños". El sitio, qué quieren que les diga, no me pareció gran
cosa: un gran decorado de cine en la estética Disney (un cruce entre La sirenita y El show de Truman), que difícilmente podría provocar en nadie el hoy famoso síndrome de Stendhal (¿cuántos de los que lo repiten escribirían bien el nombre? ¿cuántos sabrán que es un pseudónimo? ¿cuántos conocerán el verdadero nombre del buen Henri? ¿Cuántos se animarán a leer El rojo y el negro?). Decorado con banda sonora incluida, que brota de unos altavoces omnipresentes, para marcar el ritmo de la marcha. Las atracciones eran sólo pasables (las hay  mejores incluso en el viejo parque  de Monte Igueldo), el número y variedad de las tiendas era espeluznante y la comida de los restaurantes incalificable. Las actuaciones, bien, pero vamos, no hablamos del directos de Bruce Springsteen. Todo con sabor a enlatado. A precio de jamón de jabugo.
          Afortunadamente tuvimos un tiempo magnífico y no había demasiada gente, con lo que las colas no se prolongaban mucho más allá de media hora. ¿Los niños? Se lo pasaron de coña,
pero es que estos dos se lo pasan de coña en cualquier sitio. ¿La ilusión? Cierto, pero tendrían que ver la cara de mis críos cuando entran en el Todo a Cien del barrio.
          Que nadie sepiense que me arrastré por allí los tres dias con cara demal café y amargándoles la diversión. No, cumplí como un Rey León pero, visto lo visto, se me ocurren más de cincuenta sitios donde lo hubiéramos pasado todos mucho mejor.


    Pero yo ya cumplí. Ahora les toca a otros.



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