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Cuatro Amores en un taxi


     Una de mis tías favoritas se llama Amor. Su madre se llama Amor también, aunque si no recuerdo mal en la familia a una de las dos la llaman Maria Amor. Como no podía de ser de otra manera, mi tía --la mujer de uno de mis tíos referidos-- tuvo dos hijas; a la primera le pusieron de nombre Amor.
     Me contaba el otro día que en un reciente viaje familiar a Tunez, habían cogido un taxi. El chófer, les dijo sonriente después de preguntarles de donde eran:
     -- Me llamo Amor (o algo que sonaba muy parecido).

     Cuatro Amores en un taxi. Eso fue lo que dijo mi tía (Amor). Y el primo A., que es un hombre propenso a la carcajada y siempre agudo, saltó:
     --Un título regio para una de esas comedias italianas.

     Y yo pensé que tenía toda la razón. Pero no se me ocurrió cómo continuarla.

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Love-Hate


    Viendo ayer a los seguidores del Barça celebrar ayer su séptimo y último título consecutivo (enhorabuena, Pajarraca), me acordaba de algo que escribió hace muchos años Vázquez Montalbán (cómo he añorado en estos días su columna en defensa de Garzón): que a medida que avanzamos hacia un Estado federal, a España ya sólo le quedan tres instituciones unificadoras: la Monarquía, la Guardia Civil de Tráfico y la Liga Española de Fútbol (ahora llamada Liga de Fútbol Profesional).
     Al contemplar al alegría desbordada de los culés, sección borrokarra incluida, me preguntaba qué pasará el día que el gozo de alzar la copa no pueda salpimentarse con la satisfacción extra de habérsela ganado a este Real Madrid tan lleno de agujeros como una obra de Ruiz Gallardón.
     La verdad, no me imagino a un nuevo Eto'o gritando: "Bayern, cabrón, saluda al campeón". Rima igual, pero no es lo mismo.
    Como en La noche del cazador, el odio es una pieza tan indispensable como el amor en el engranaje de carne y hueso que vertebra lo mucho que queda de esta España tan deshuesada. Mal que les pese a los militantes del nacionalismo central o periférico.
     Así que me permito dar una sincera enhorabuena a ese Barça elegante de Guardiola, de Messi, de Iniesta, de Xavi, de Ibra y de Pujol que nos ha hecho creer de nuevo que el joga bonito puede ser algo más que un slogan. Porque mientras la rivalidad Barça-Madrid siga emocionándonos como un Duelo en OK Corral, España está a salvo. Bueno, y mientras existan la Guardia Civil de Tráfico y UNED, si se me permite la frivolidad. De la Monarquía, si les parece, hablamos otro día.

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Retratos



    El fulano del cuadro se llama Íñigo López de Zárate. Nadie, ni siquiera los autores del catálogo en que figura la reproducción, recuerdan que ocupó un cargo de cierta importancia en la España del XVII. Por razones largas de explicar, durante un tiempo anduve detrás de conseguir verles las caras a este individuo y a varios de sus compañeros, Con poco éxito, la verdad: aunque muchos de ellos se hicieron retratar, con la estética de la época, pocos de estos cuadros se conservan. Como El caballero de la mano en el pecho de El Greco, son soldados desconocidos de la historia civil. Sólo encontré algunos de los más sonados, aristócratas que adquirieron relevancia por otros motivos, básicamente el de estar forrados o ser poderosos: el marqués de Leganés al que pintó nada menos que Rubens, el conde de Chinchón que fuera Virrey del Perú, un Conde Campo Alange que fue ministro de la Guerra, un conde de Altamira que está en el Lázaro Galdeano (y otro al que de niño pintó Goya). Las únicas excepciones, dos segundafilas que identificamos en retrato: este de López de Zárate que se conserva en la VOT de Madrid, y un Pedro Berberana al que retrató Velázquez. Ah, y una escultura orante de los marqueses de Cusano que estaba en un pueblo de Guadalajara, de las que sólo se conservan fotos. Ah, y el de Tadeo José Bravo, pero ese me pillaba fuera de fechas.
    Durante años me tomé bastantes molestias para ponerles cara es tos fulanos. No hubo forma. Tampoco me sirvió de gran cosa cuando lo conseguí. Ahora, sin embargo, ha sido ponerme un rato con el google y he encontrado en unos minutos copias de todos aquellos retratos que me costó meses localizar, y alguno de rebote que ni siquiera conocía. Ahora que, después de todo lo que ha llovido, no se pueden imaginar lo mucho que me traen al pairo don Íñigo y sus colegas.
© foto:

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