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Viva la democracia real (si no ya, cuanto antes)


         
         Coincido con Esperanza Aguirre –jamás pensé que escribiría semejante cosa— en que a la democracia le sientan fatal los calificativos. No existe eso que desde la izquierda extrema llama democracia formal, como no existía la democracia orgánica del franquismo, ni la sedicente democracia popular del bloque comunista, ni existirá sino una perversión tras la etiqueta de la democracia bolivariana. En eso, insisto, coincido hasta con Esperanza Aguirre, así que ¿cómo no coincidir con Salvador Cardús, en su artículo Viva la democracia formal del pasado miércoles en La Vanguardia?
         Sin embargo, entiendo que lo que defiende el movimiento del 15-M no es, más allá de si es desafortunada la etiqueta, una democracia adjetivada sino una profundización en nuestra democracia “formal”. Y ahí es donde han sintonizado con el malestar hondo y los deseos de regeneración de numerosos ciudadanos de muy distinto pelaje personal y político, y podrían coincidir con más aún si no se dejan arrastrar por el voluntarismo transformador hacia la dispersión de objetivos. La democracia “real”, nos dice el profesor Cardús, “se expresa en el acto de votar”; completamente de acuerdo. Ninguna asamblea, por amplia que sea, ningún movimiento “de base” debe reemplazar al ejercicio de soberanía (popular, pero también individual) que nace de un acto íntimo y mínimo: introducir la papeleta en un sobre, el sobre en una urna y todos ellas en una gran computadora de Interior.
         La mejor prueba de ello es, nos recuerda Cardús, que el resultado de las urnas ha concedido una victoria aplastante (sin peyoración sea dicho) a un partido, el PP, que no sólo carece de conexión con el movimiento 15-M, sino que sería, de prosperar éste, el principal perjudicado, junto con el PSOE. Los electores, en las urnas, lanzaron un mensaje muy distinto al de las plazas. ¿O tal vez no? Porque recordemos que lo que se nos preguntaba es si preferimos que el juego de gestionar ayuntamientos y comunidades lo gane A o B (o C, D,E...), no si estamos conformes con las reglas de ese juego. A esa pregunta, la respuesta mayoritaria tal vez se pareciera más a la de los “indignados”.
         Porque igual que alzaríamos la voz cargados de razón si el proceso se pervirtiera en alguna manera (votos amañados, censos manipulados, recuentos fraudulentos), no puede extrañar el hastío de los “indignados” con las reglas que rigen ese juego tan básico y democrático de los comicios. Las reglas particulares que tenemos en España –listas cerradas, distritos provinciales que no garantizan la proporcionalidad, ecuación d’Hondt para la asignación de escaños, inutilidad del voto en blanco— no forman parte de la esencia de la democracia, sino que la adjetivan y, quizá, la pervierten, convirtiéndola en una democracia de partidos. Mejor dicho, de dos partidos grandes. Esa partitocracia bipartidista es la democracia realmente existente hoy, que no sólo indigna a los indignados, sino que suscita muy justificadas reticencias en partidos de una trayectoria democrática límpida como es la joven UpyD, y en millones de ciudadanos.
         En este sentido, lo más significativo del Movimiento 15-M no es, a mi entender, su proceder asambleario, ni la ocupación simbólica de las plazas, ni su carácter generacional, sino ante todo la profunda modestia de su principal reivindicación –democracia real, ya— concretada en la reforma de una única ley: la Electoral. Modestia y realismo son las grandes virtudes de este movimiento que lo han convertido en el protagonista del tramo final de la última campaña electoral. Son utópicos que —al revés que en mayo del 68— piden lo posible.
         Porque, dado el poder de los grandes partidos –sean nacionales o de implantación territorial— en nuestra democracia, una reforma de la ley electoral es una utopía dinamitera que podría barrer el control de los aparatos sobre las listas, sobre el trabajo de nuestros representantes en parlamentos o ayuntamientos y sobre la libertad de elección de los ciudadanos, que ni siquiera pueden expresar su cabreo de forma eficaz a través de –por ejemplo— un voto en blanco que se tradujera en escaños (vacíos) en las instituciones. Pero esa propuesta es, al tiempo, técnicamente posible y políticamente razonable.
         El movimiento, no es, como a veces pretende, apolítico. ¿Cómo va a serlo si aspira a reformar, precisamente, una pieza clave del sistema político, como es la ley electoral? Lo que sí es es apartidista y, definitivamente, anti-gran-partidista. Nuestra ley electoral se explica mejor, como todas, en el contexto histórico en que se aprobó. En los años de la transición, el gran miedo era la inestabilidad, y esta ley –listas cerradas, descarada falta de proporcionalidad en las circunscripciones electorales, en detrimento del voto urbano más voluble, etc.—apuntaba a garantizar la estabilidad, incluso a costa de la representatividad. Pero ya han transcurrido más de 30 años desde entonces, y lo que entonces era virtud se ha convertido en un vicio, que a su vez engendra otros vicios no menores: corrupción, ferreo control de los aparatos de los partidos sobre las agendas políticas y la actuación de los diputados y concejales, profesionalización de la política, colusiones con los grupos mediáticos y otros que marcan el alejamiento de una parte creciente de la ciudadanía respecto a esta democracia, la única que tenemos. Así lo revela un abstencionismo que dice poco y malo de nuestro sistema, por más que sea común a democracias más añejas. Por eso, y pese a que la tarea es titánica (¿cómo van los grandes partidos a consentir que les cambien las reglas del juego, si les va de cine con ellas?), no estaría de más que los ciudadanos escucháramos el llamado de este movimiento y nos preguntáramos: ¿no habrá llegado la hora de reformar en profundidad nuestra democracia, para hacerla no menos, sino más democrática?



(¿CONTINUARÁ?)

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1 opinan

  • Lo de las listas cerradas, la verdad, es que clama al cielo.

    Blogger Peke a las 9:26 p. m.       

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