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Muy adentro

Foto Oscar Amestoy
   Por fin encontré la ocasión --el momento, pero también el estado de ánimo-- para acercarme a ver Mar adentro.
  No jugaré a la intriga: la película me encantó. Disipados los primeros temores, me acomodé en un rincón de esa casa de la Galicia de playa y tojo que tanto siento como propia, para  asistir a la lucha de Ramón Sampedro por vivir sólo cómo él creyó que debía vivir. El lugar quedó inundado de lágrimas, pero no de tristeza. Al contrario, nacían  de la pureza e intensidad de los sentimientos que, con valentía pero sin trampas,  Amenábar nos va mostrando.
   Me gustaron muchas cosas de una película que huye de la belleza visual. Los actores, todos, y casi más las actrices. Me gustó que no hablara de la eutanasia, ni de la tetraplejia, sino sólo de un personaje que antes fue una persona. Por eso decía que habla de la vida como Sampedro creía que debía  vivirla. La suya, no la vida en general.

    Salí del cine pensando que en realidad Mar adentro no nos habla de la muerte, sino sobre todo del amor. De muchos tipos de amor, a la medida  de personas muy distintas. El más conmovedor, el amor de Manuela, la cuñada, por Ramón. Pero también el del hermano. Y el amor que el marinero cuida de que no se marchite entre Javier y su abuelo. El amor de esos abogados, el de Rosa la de Boiro, que crece con el tiempo. El amor que Ramón se siente incapaz de dar como es debido a Julia.
   Ya sé que esto suena a pastel. Cambiad amor por afecto, o cariño, si os molesta la palabra. Pero a mí me dio que iba de eso. Será que siempre ando dándole vueltas a lo mismo.

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