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Reivindicación del rodríguez


      Hubo un tiempo en que yo era un rodríguez ansioso y de manual. Apuraba la noche hasta las heces, no perdonaba una terraza de moda y, cuando la ocasión se presentaba, le tiraba los tejos hasta a los azulejos. Nada de lo que deba arrepentirme, porque lo pasaba bien y no salía nada en limpio de lo que nadie saliera herido. Sólo risas y sensación de libertad.
      Con los años,  sin embargo, he ido mutando en rodríguez vergonzante, aunque igual de gozoso. Sinceramente, ya consumí mi ración de resacas de garrafón, y sé determinar --a una hora mucho más temprana que antes-- hasta qué punto dará de si la noche. Asi que aprovecho para trabajar a gusto durante el día, permitirme algún pequeño lujo inofensivo a media tarde --una visita a esa piscina arbolada en la que no dejan entrar niños ni adolescentes, una expedición a la librería para saldar atrasos,  una exposición de fotos--, y también salir de noche, siempre con buenos amigos, viejas amigas y honestas intenciones. Si se tercia, incluso, intento combinar una timba de poker con los amigotes o hasta una expedición al casino, con daños controlados, eso sí. Nada de intentar ligar, claro: buena gana de hacer el ridículo.

     No busco grandes emociones, sino que disfruto de los placeres ya conocidos. Algunos modestos, como un par de capítulos de Los Soprano repachingado en el sofá, y otros profundos, como una buena puesta al día con esos amigos con los que demasiado a menudo acabas hablando de niños, de jefes y de impuestos.

     Nada, en todo caso, que reprochar.
     Aunque, si lo hubiera, creo que no lo contaría aquí.


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