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Navidades adultas



      De las Navidades me gusta casi todo. Me gustaban cuando era niño, aunque mis padres no eran especialmente devotos (¿se creerán que nunca me llevaron a la cabalgata de Reyes?). Guardo recuerdos especialmente cálidos de unas  en la casa familiar de Galicia, mi hermano y yo los mayores de los nietos, agasajados permanentemente por una tropa inagotable de tios y tías solteros. Después, me han gustado las cenas de nochebuena en familia y las nocheviejas a machete hasta ver  amanecer. Aún me gustan.
      Con mis hijos, he descubierto otra forma de vivirla, a su servicio, pero también muy divertida. Yo --nosotros-- sí les llevamos a las cabalgata.
      De las Navidades me gusta casi todo: la cena del curro, los polvorones, la carta a los Reyes, el arbol y los belenes, el mercadillo de la Plaza Mayor, la iluminación callejera, enviar y recibir felicitaciones, el vermú del 24, los regalos, pero sobre todo el reencuentro con la familia, o parte de ella. Esos tíos y tías ahora ya casados y con hijos mayores, a los que quise y quiero tanto (quizá porque sólo les veo en ocasiones festivas).
      Ahora bien, se lo advierto por si no les ha tocado aún. Uno no pasa a la madurez hasta que no le toca encargarse de dar la cena de nochebuena. De consumidor a proveedor. Ese es el gran salto.
      Y que no les engañen: de consumidores vivíamos mejor.


      Felices fiestas a todos-todas.


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