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El macho Camacho


     Se habrán fijado ya que me estoy conteniendo para no hablar de la Eurocopa. Y no es por falta de interés, ni porque la mierda de la bitácora esta me absorba (que me absorbe). Ni siquiera porque el combinado nacional --que no es la sangría, como algunos podrían pensar, sino la Selección Española de Fútbol-- nos esté dando ración doble de lo de siempre: grandes esperanzas, psicologías frágiles y un paseo por el filo de la navaja. No.
     Tampoco me contengo porque, sea como sea  --con Raúl e Iker, con Zizou, con Figo o con Becky-- el Madrid va a ganar esta Eurocopa. No. Hay otro  motivo. Aparte de que servidora, cuando va a España, va a España, y no distingue de colores locales. En eso soy partidaria de la lealtad constitucional. Que no todo el mundo puede tener un equipo galáctico.
   No, yo, de momento, me lo estoy pasando como el KiKo con la Eurocopa, y si no les hacerles partícipes de las esperanzas que abrigo. Por no gafarlas, ya saben. Lo mismo se acuerdan lo que opino de  la suerte. Que sólo hay de la  mala.

   Pero me tendrán que reconocer que el fútbol hoy --desoyendo el angioma clásico del maestro Di Stefano: "el cuero al pasto"  -- está patas arriba. No hay quien lo entienda. Y si no, vean las declaraciones  que se marca el futuro entrenador del Real Madrid. Venían en un folleto de promoción de Portugal con la excusa de la Copa, de esos que te colocan en el periódico y que sólo leemos  los que tenemos la espera entre los pluses del oficio. Ya saben, seguratas, pesetas, porteros de fincas urbanas y funcionarios en general.

   Entre la ensaimada de  tópicos de siempre --el fútbol, la suerte y el trabajo,  los triunfos y demás--  deja caer  cositas como éstas.

-- Hemos de tener en cuenta que el fútbol portugués está muy influenciado por la economía.

-- Las personas pierden su empleo y son incapaces de manifestarse, pero cuando pierde su equipo, son capaces de matar.

O la que acabó de matarme  mí:

-- A través del fútbol observamos cómo se mueve la sociedad. El fútbol es tan popular que podría decirse que es el opio del pueblo.


Valdano, chaval: ¿tú estás seguro de que no te has equivocado de Camacho?

(Este texto, con esta gif animado, se publicó en el que fue mi primer blog, hacia junio de 2004, en vísperas de quedar eliminados en otra de esas eurocopas anteriores al advenimiento del genio Aragonés. Conserva cierta actualidad, y me hizo gracia comprobar que dos de los personajes citados --Kiko y el propio Camacho-- siguen ligados a la competición, ahora como comentaristas. Y también que el gif funciona).
© foto: EmeHache

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Trailer



Muy pronto, en los mejores salones, Georg Grosz.

   Ahí lo dejo.



© foto: G.Grosz

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Ferrante


   Este invierno dediqué unas semanas a devorar la tetralogía de Elena Ferrante, La amiga estupenda. Me gustó tanto oír hablar de ella a su traductora, Celia Filipetto, que no pude resistir la tentación de regalársela a R., con la confesa intención de leerla en cuanto ella le hubiera hincado el diente. Disfruté mucho de la lectura, desde esa pequeña monografía sobre la amistad de las niñas, hasta el epílogo brutal cuando la vida se ha encargado de baquetearlas lo que se han dejado. Con todo, no consigo dejar de sacar una lección optimista, que habla de las cosas buenas que esperan a quienes toman las riendas de su vida con valentía y es capaz de ofrecer lo mejor que tiene.
   Solo es una, claro, hay más lecturas, en una serie donde todos los personajes --no solo las dos protagonistas-- mutan, envejecen, viran, se degradan o se ensalzan. Unas novelas llenas de un dominio magistral de la intriga, y el sentido del suspense, que alcanzan incluso a la personalidad de su autora, envuelta por voluntad propia en un anonimato difícil de creer en estos tiempos de postureo, pero claramente peleado.

   Pero no consigo sacudirme la duda que me invade casi desde que empecé a leer. ¿Estamos ante un best-seller particularmente afortunado o ante una muestra de "alta" literatura? La verdad, no sé muy bien po qué me preocupa: imagino que tiene que ver con la impresión de que mi lista de lecturas posibles se acorta cada día, por lo que  no quiero perder el tiempo con literaturas de tono menor. Una idiotez, ya ven. Pero tuve el cuajo de pedirle opinión a la Filipetto, para quien la cosa no ofrecía dudas: Ferrante es gran literatura, y pasará la prueba de las décadas.
 
    Y como seguramente no estaremos aquí para comprobarlo, lo dejo escrito por si alguien ya tiene la respuesta allá por las postrimerías del XXI.

    Por cierto, qué maravilla todas las portadas de esta serie. Las españolas y las de medio mundo.


© foto:  Ferdinando Scianna

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Espeluznante



   Buscando imágenes en San Google por "beheaded", para ilustrar el texto de abajo, me topo con una serie espeluzante de decapitaciones, muchas de ellas grabadas en video, otras fotografiadas con detalle, tanto en el angustioso antes como en el durante y el desolador después.
   Muchas de ellas, imagino que no por casualidad, responden a las actividades  de diversas empresas y autónomos del subsector del terror en nombre de Alá. Sin permiso de Alá, también. Pero no están solos, ni son los inventores del invento.

   Y le obligan a uno a preguntarse por las profundidades de la crueldad y la maldad humanas. Por que no parece haber nada de inhumano en esta profusión de sangre derramada y cuellos rebanados. Con las agravantes de publicidad, saña y chulería.

    En días como estos, no sé si me pesa tanto el calentamiento global.

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Como pollo sin cabeza


J. (siete años): Estaba decapitado.
Madre: Ah, ¿sin cabeza?
J. : ¿Eso quiere decir "decapitado"?
M. : Sí.  Lo que me hace gracia es que sabéis muchas cosas. Como esa palabra.
J.: ¿Y eso te hace gracia?


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Analogías

  

 La vida es una tragicomedia con muchos fallos de ritmo y un final enteramente previsible.

   Para algunos, para más inri, resulta ser cine español.

© foto: Blogrevoltijo

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El más grande

   
Murió. El mejor (aunque mi hijo pequeño me recordará el historial de Rocky Marciano).  El primer boxeador del que tengo recuerdo, en los tiempos en que asistíamos sin escrúpulos al espectáculo de la brutalidad sobre un ring. De la elegancia, también. Recuerdo a mi padre, sentados juntos frente al blanco y negro de la tele, señalar que lo que hacía grande a Cassius Clay --entonces aún se llamaba así-- era su agilidad, el juego de piernas, el trote con el que brincaba alrededor del rival, agotándole, fajándole ocasionalmente el hígado o buscándole el mentón.
   Nunca después  fui muy aficionado al boxeo. Como con el fútbol, aquel aprendizaje de infancia ,imitando los gestos de los adultos sin entender cabalmente el sentido de lo que ocurría, no dejó mucha huella. Un ramalazo de nostalgia, ahora que me viene a la cabeza.

Pero de aquellos tiempos recuerdo con admiración la figura fibrosa y aceitada de Cassius Clay. Un nombre senatorial para el último luchador de la estirpe de Espartaco.

© foto: Aun buscando

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