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Apócrifos (II)

A veces,  en el fárrago de las apócrifas se cuelan algunas que dan que pensar. Aquello de que el saber avanza gracias a enanos aupados a los hombros de gigantes tenía toda la pinta de no haber salido jamás de la pluma de  Isaac Newton.  La frase, efectivamente, no aparece tal cual en Newton, aunque sí una parecida en una carta que escribió en 1676  (o tal vez de 1675) a Robert Hooke. Traducida, viene a ser algo así como;

Si he llegado a ver más lejos es porque me alcé sobre los hombros de gigantes.

Con todo, parece que otros lo dijeron antes. Hay quien dice que incluso encerraba cierta mala leche, y una velada alusión a la corta estatura de Hooke. Pero tampoco eso está del todo claro. Sí puedo confirmar que la frase figura en la Anatomía de la melancolía(1621), de Robert Burton, y atribuida allí a un autor anterior.
     Esta declaración de modestia de Newton --el paradigma del genio científico, junto con el más fotogénico Einstein y un hoy muy olvidado Lord Kelvin-- se  ha ido interpretando  como una descripción del modo de trabajo de la ciencia. Pequeños avances acumulativos, que van engendrando poco a poco grandes saltos. Algo que casa bien con mucho del trabajo científico actual, pero no encaja tanto con la metáfora de Newton. La de hoy seria, más bien, una ciencia de enanos a hombros de enanos. Algo como ésto.
   No creo que esa interpretación fuera muy del agrado de sir Isaac, que creía en la existencia del genio --¿qué otra cosa podrían ser esos gigantes?-- y cuyos arranques de modestia no debían ser tan frecuentes. Casi como su interés por los asuntos políticos: en sus dos mandatos como parlamentario, al parecer, sólo tuvo una intervención para quejarse del frio reinante en la cámara y reclamar que se cerrara una ventana (coincidiendo no sé si casualmente con sus trabajos en lo que se llamó la ley del enfriamiento de Newton).
    A fin de cuentas, don Isaac tenia una idea bastante elevada de su propia estatura.  ¿Le habría disgustado la  inscripción latina que adorna su tumba en la abadía de Westminster?

    Alegraos, mortales, de que existiese tan grande ornamento del género humano.


¿Quién tendría el cuajo de  escribir semejante cosa? ¿Sería, como he oido decir, el propio Newton?

foto: ©  Lachlan Cranswick

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