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Pionero


De un país lejano, hace más de tres décadas, mi padre nos trajo unas mochilas para llevar los libros y cuadernos escolares.  Capaces, de tiras anchas, con cremallera larga, de  resistente tejido sintético y colores fosforencentes: amarillo y naranja, como los chalecos reflectantes.  Nunca se había visto nada igual en mi barrio. Las llevamos al colegio con la ilusión de estrenar, y la fascinación de lo
extranjero, cuando los mercados no eran uno sólo y España ni siquiera soñaba con ser un país rico. Seguros de que daríamos la campanada, y los compañeros se morirían de envidia.

    Más bien se murieron de la risa.  Aferrados a sus carteras escolares de asas reforzadas, semejante invento les parecía ridículo. Y lo dijeron. Alto y claro, como saben hacerlo los niños.
    Por alguna razón --no sólo por la comodidad, más bien por lealtades y orgullos-- seguimos llevándolas hasta que se cayeron a tiras. Algún otro compañero --algún otro padre viajero--  empezó a llevar la suya.
   Muchos años después, cuando casi ningún escolar carga ya con una cartera, sigo usando mochila para llevar mis cosas. Y recuerdo oir a una conocida que, tras una estancia en una universidad gringa, reconocía sorprendida:
--Es muy cómodo. Ahora entiendo por qué la usas.


   Yo he sentido el vértigo del pionero. Créanme, no se lo deseo a nadie. Créanme, daría lo que fuera por repetir.

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