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Números



    Once contra once.
    Noventa minutos.
    Veinticuatro años de espera.
    Dos pitidos y final.
    Hay cosas que sólo pueden expresarse con números.
    Campeones.




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Culpa (2)



    Las personas que tienden a disculpar a los demás, tienden en cambio a culparse a sí mismas.
    ¿O sólo me pasa a mí?



© ilustración: Scorsone/Druedring

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Titulares



    Pocos titulares que me jodan más que el ya clásico:

No pudo ser.

Esta vez, sí pudo ser.
Qué cojones.




© foto: Dsanden

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Atribulado



    Me debato entre la esperanza por lo inevitable y el temor a lo que deseo.



© foto: Chris Jones

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Antidepresivos


    Me cuentan que una investigación ha llegado a la conclusión de que buena parte de las depresiones contemporáneas --el mayor consumidor de fármacos del mundo desarrollado-- podrían resolverse con dinero. Pasta para contratar asistencia en situaciones de dependencia familiar, para liquidar un matrimonio que no funciona (pero con una hipoteca que lo mantiene cogido con alfileres), para dejar un trabajo que nos amarga la existencia, para afrontar una enfermedad propia o ajena. Alguien --me dicen-- propone entonces capitalizar un cierto número de años de tratamiento con antidepresivos, y entregar al paciente el monto anticipado para que trate de resolver los problemas.
    Suena a materialismo burdo, lo sé. Pero miro a mi alrededor, y encuentro que algo de liquidez probablemente ayudara mucho a los deprimidos que conozco.
    Luego miro mi cuenta de ahorros, y pienso ¡a la mierda la murria!




© foto: Nic McPhee

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Denominación de origen


    Me regalan un buen tinto, cosecha 2006. Lo llamativo es el nombre: Paradigma.

¿Adivinan de dónde viene?




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Hermano



    Ya, ya sé que lo imaginabas, pero en realidad Manu y el Microbio no existen. Pero hubo un par de hermanos hace algunos años a los que les pasaron algunas cosas parecidas a las que se contaban en Primeras nieves.
     El mayor de los hermanos cumple hoy un año más, pero no un año más cualquiera. Éste, y los que vengan después, que serán muchos, son medio de regalo, porque anda por la vida con órganos prestados: un milagro de esos de la medicina.
     Nunca nos llevamos del todo bien, ni siquiera en los tiempos en que éramos inseparables y compartíamos mote familiar. Luego, las vidas, los intereses, los amigos, las carreras, todo corrió por caminos cada vez más alejados, anque cada tanto se cruzaban de formas extrañas y sorprendentes. Curiosamente, más de una vez me tocó hacer de hermano mayor, aunque a él nunca acabó de convencerle.
     Me acuerdo ahora de sus pelos crespos y sus gafas gruesas, sus fantasías animadas y esa audacia sin convicción que sacaba a pasear en los momentos más inoportunos. Me acuerdo sobre todo de las charlas en tono quedo en la habitación de las camas-nido, cuando las luces se habían apagado y las risas y los almohadazos enterraban en complicidad todo un día de piques y juegos.
     Felicidades, chaval.




© foto: Hourman

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Espacios y tiempos



    
"Ah, la felicidad corteja la luz, por eso consideramos que el mundo es alegre, pero la miseria se esconde en lo más recóndito, por eso creemos que no existe".
    Eso lo escribe el abogado sin nombre patrón de Bartleby, el escribiente. O sea, Herman Melville por su mano. Alguna vez me detuve a pensar lo distinta que es esta ciudad según quién y cuándo la frecuente: una urbe sin niños, cuando se hacen los horarios del estudiante y las noches de copas; un lugar poblado de enfermos cuando nos toca visitar con asiduidad el hospital o los centros de salud; un espacio sin atascos cuando se va en metro, y con pocos inmigrantes si se va en coche a todas partes. Lo que manda no es el cristal con que se mira, sino cuándo y desde dónde se mire.
    No tengo claro que la felicidad corteje la luz, pero tal vez sea cierto que la miseria la huye: túneles, luz fluorescente a pleno día, pisos bajos en patios interiores, talleres clandestinos o mazmorras lóbregas en sótanos húmedos (¡cómo molan las esdrújulas!).
    Todo esto tenía algún sentido. Pero, sinceramente, ahora no recuerdo cuál.
© foto: Tremenduska

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Tantos años


    
Tantos años después, en la isla que perdió el meridiano, charlamos ante el mar y unas cervezas como si las tardes en el parque de Berlín fueran cosa de antesdeayer.
    Qué vidas tan distintas. Hijos crecidos, una casa que has levantado con tus manos huesudas, un hombre igual de pegado a los huesos y de pegado al suelo, la cena a la luz del crepúsculo hasta que se desvanece, tus músicas, la gente de acá, la comida que nace a tu sombra. Todo tan distinto a lo mío, tan lejano. Tan de verdad, lo tuyo, tan querido, tan luchado, tan a contracorriente.
    Lo mío es otra cosa, claro.
    Por un momento, dudo si preguntarte otra vez por qué, en tiempos de los que no queda casi ni el eco del recuerdo, me dejaste.
    Es tan evidente, que me da la risa.
    La risa de la alegría de volverte a ver.




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Indicios



    No estoy muy seguro de saber por qué escribo. Ni siquiera estas líneas. Con todo, a bordo de un A-320 de Iberia llamado Macarena, camino de alguna parte, al atravesar una zona de turbulencias que uno diría incompatibles con una mañana tan radiante, escribir me sirve para poner a prueba el pulso y calibrar el grado de ansiedad. Pero no para determinar qué parte del temblor nace de los vaivenes del aparato y cuál del nerviosismo por lo que me espera en tierra. In and out.



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