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Tiempo detenido (1)






    La tía Mari se instaló en casa a los pocos días de que detuvieran a la Madre. Yo la echaba de menos, pero era sobre todo Jonás quien lo pasaba peor. Ni siquiera hablaba de ello, que es lo que hacía cuando algo le daba miedo de veras.
    El Padre nos llamó a su despacho y nos explicó cómo estaban las cosas.
    --Y así es como están las cosas.

    Luego se quedó callado y nos miró como si no estuviera seguro de haber encontrado las palabras justas. Entonces Jonás preguntó si podíamos merendar     Nocilla ahora que no estaba la Madre, porque ella siempre nos dejaba. El Padre le dio un abrazo y le dijo que sí, que claro. También me abrazó a mi y me dijo que ahora tenía que demostrar que era el hermano mayor, cuidar de Jonás y ayudar a la tía Mari. Nos dimos otro abrazo y nos fuimos todos a la cocina a prepararnos un bocadillo extragrande de Nocilla.
    Intuyo que Jonás no entendía bien cómo estaban las cosas. La explicación del Padre tampoco ayudaba mucho, porque si la Madre no había hecho nada malo, no se entendía por qué se la había llevado la policía. En Hawai 5.0, que era nuestra referencia en materia policial, siempre que detenían a alguien era porque había hecho algo verdaderamente malo. Tampoco se entendía por qué no debíamos decir nada en el colegio. Aunque la Directora debía de saber algo de cómo estaban las cosas, porque unos días después nos llamó estando en el recreo y en vez de castigarnos o hacernos tests –que era lo que solía pasar cuando uno iba a Dirección—nos preguntó muy seria cómo estábamos y nos revolvió con rara ternura el pelo antes de mandarnos de vuelta al patio.
    A la tía Mari, que también sabía cómo estaban las cosas, hubo sin embargo que explicarle montones de ellas. Como que los lunes y miércoles tenía que meternos el kimono de judo –y mi cinturón amarillo-naranja—en la bolsa de gimnasia. O que las porras que vendía el churrero que asomaba a la reja del colegio en el recreo de la mañana valían cincuenta céntimos, pero que eso no iba incluido en la paga. O que a Jonás para que no se meara en la cama había que levantarle todas las noches a eso de las doce y ponerle a hacer pis, porque si no amanecía mojado y avergonzado. O que a mí había que revisarme los cuadernos, porque a veces se me olvidaba qué traía de deberes.
    Salvo esos detalles, apenas cambiaron las rutinas de la casa. Yo recuerdo, eso sí, que aquel invierno hizo mucho frío. Pasé muchos ratos pintando con los dedos sobre el vaho que se formaba en el cristal de nuestra habitación, mirando hacia la calle y pensando. Me preguntaba por ejemplo si en la cárcel tendrían televisión y podrían ver Viaje al fondo del mar, porque a la Madre le gustaba sentarse a verlo con nosotros los domingos por la tarde. La cárcel, pensaba yo, debía ser como el Seaview, un submarino estrecho donde la gente dormía en literas y cada poco alguien gritaba ¡inmersión!. Pensaba que me gustaría tener un periscopio para ver qué pasaba allí fuera y que era un rollo ser pequeño, no entender bien cómo estaban las cosas y tener que callármelo porque se suponía que ya me lo habían explicado.


© foto: El Primo

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2 opinan

  • Pero bueno! ¿Dónde está el comentario que dejé aquí hace un rato? Cambiaste el sistemita sin avisar. Eso no vale.

    Blogger Peke a las 12:05 p. m.       
  • Como no me gusta hacer la pelota a los amigos, no diré nada.

    Solo gracias.

    Anonymous nadie a las 9:17 a. m.       

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