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Blanco y negro (2)






    No recuerdo bien a qué edad empezaron los padres a llevarnos al cine. Sí en cambio que las primeras veces eran pelis de dibujos y era sólo la Madre la que nos acercaba, en la camioneta que nos llevaba hasta Diego de León, a ver Arturo o El libro de la selva. En algún momento, sin embargo, el Padre se incorporó a esas salidas, que pronto tuvieron unas reglas estrictas, como era habitual en él: siempre en domingo, siempre a sesión de cuatro, siempre unas chocolatinas redondas o unas palomitas (nunca las dos cosas), siempre cines pequeños donde daban películas en blanco y negro.
    Supongo que mi recuerdo de mi primera visita a una sala de cine está tan entreverado de fantasías, de imágenes tomadas prestadas de otras películas y de la huella que dejaron en mi ánimo otras primeras veces que sólo por un azar se parecerá en algo a la verdad. Pero mi memoria me devuelve la fascinación de los terciopelos rojos de los butacones de madera abatibles, las casacas entorchadas de los acomodadores, las entradas de papel basto burdamente impresas –a menudo con el título de la película--, de entresuelos con barandillas bruñidas a las que aferrarse, la fanfarria mil veces repetida del NO-DO (¡El mundo entero al alcance de los españoles!), las voces del vendedor de chocolatinas y bombón helado, la oscuridad de la sala, el run-run metálico de la cinta deslizándose afanosa sobre el proyector. Seguro que la mitad de todo eso es inventada, y la otra mitad envuelta en brumas, pero no la gozosa algarabía con que recibíamos al león de la Metro, el afán por no caernos del asiento plegado en vertical para estar más altos, la emoción de las imágenes que rasgaban súbitamente la oscuridad, el ansia con que buscaba la mano de la madre cuando los fotogramas despertaban temores que el sabor salado de las palomitas no calmaban. Con todos los años que han transcurrido, con lo distintas que fueron las salas que después frecuenté, con lo mucho que cambiaron mis gustos cinematográficos, debo confesar que pocas sensaciones me devuelven con tanta fuerza a los tiempos de mi infancia que el arranque de la proyección en mitad de una sala oscura, la promesa de una sesión –ya rara vez de programa doble—arrebujado en la butaca y dispuesto a vivir durante una hora y media en el pellejo de otros.

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    En los días que siguieron al descubrimiento regresé varias veces en busca de aquellas fotos. La repugnancia y el horror eran sólo lo que me producía el contemplarlas. Pero lo que me hacía volver a ellas eran la fascinación y el miedo. Seguí en un mapa los territorios de los campos. En algunas fotos, reconocí las siniestras calaveras asentadas sobre dos tibias cruzadas de las SS --¿quién sería el canalla que robó el emblema a mis admirados piratas de los mares cálidos?--, los cascos de acero con un reborde rebajado que cubría la nuca, los pesados abrigos de paño y la colección de insignias con esvásticas. Eran los mismos soldados alemanes –o germanos, como me gustaba decir entonces—que salían en mis tebeos de Hazañas Bélicas, oficiales enemigos pero dotados de un elevado sentido del honor, que jamás remataban a un prisionero, que afrontaban los inviernos de las estepas tan empapados de nieve como de nostalgia, que luchaban una guerra cuyo significado nadie se cuestionaba. Obedecían órdenes y se comportaban como hombres.
    Lo que mostraban las fotos, en cambio, no tenía nada que ver con los tebeos. Allí no había honor, ni valor, ni sacrificio, sólo la aniquilación de personas que de nadie parecían enemigas, sin fuerzas para empuñar un fúsil, sin más voluntad que la de sobrevivir al hambre extrema, al frío atroz, al sufrimiento infligido por lo que parecían ser otros hombres. Repasé muchas veces las fotos esos días, hasta el punto que llegaron a poblar mis pesadillas. En ellas me contemplaba arrastrándome perdido y escuálido por un gigantesco campo cubierto de barracones vacíos de cuyas chimeneas salía un humo espeso, rodeado de alambradas. Oía ladrar a los perros. Oía chillar a los guardianes. Y veía a la Madre, con la mirada perdida en las cuencas hundidas, saludarme a lo lejos, al otro lado de una explanada, antes de desaparecer en la bruma.


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