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Una partida de campo (3)



    Una de las cosas para las que servía el cuatrolatas era para las excursiones de los domingos al campo, normalmente a un pueblo con pinar o con río. No sé por qué, pero los que tenían pinar no solían tener río, y viceversa. Estas partidas de campo las compartíamos con algunos amigos de los Padres que tenían hijos pequeños; de todos ellos, el más amigo era Jaime el Seta. No recuerdo bien porqué le llamábamos el Seta, si no es porque se apellidaba Goizueta. Claro que su padre tenía el mismo apellido, y todos le llamábamos Xavi.
    Jaime tenía madera de líder era un poco más pequeño que yo, pero algo mayor que Jonás, y aunque íbamos al mismo colegio rara vez jugábamos juntos allí. La jerarquía de las clases en pocos sitios es más rígida que el patio de recreo: los de segundo no se mezclan con los de tercero, y hasta en los partidos de fútbol los del A jugábamos siempre contra los del B. Sólo la disputa con los de octavo, que ocupaban las canchas de baloncesto con balones duros como piedras y carreras desgarbadas de adolescentes podía unirnos temporalmente. Pero fuera del colegio, en nuestras excursiones, o en las largas tardes en su casa, Jaime el Seta era el inventor y el árbitro de todos nuestros juegos. La tía Mari decía que era muy espabilado, que se veía que era hijo de padres separados, pero yo en lo único que lo notaba era en que cuando íbamos al campo unas veces venía con Xavi y otras con Maite.

    Aquella mañana, Jaime cargaba como de costumbre con una bolsa repleta de sorpresas. Un balón oblongo de rugby que olía a caucho nuevo, un boomerang, tres Gi-joes con pelo cortado a cepillo que doblaban en estatura a nuestros escuálidos madelman y un avión de alas de membrana plástica que volaba impulsado por la fuerza de torsión de una gruesa goma sobre la hélice. En la perrera del cuatrolatas, además, viajaban la paella requemada de carbonilla, la nevera con hielos y repleta de botellines de skol y un par de sillas plegables. Maite, la madre del Seta, algún otro amigo que no recuerdo, el Padre al volante y Amancio de copiloto. Nosotros asomábamos la nariz desde el maletero y escuchábamos a los mayores discutir y cantar un repertorio sorprendente de canciones que siempre incluían versos con luchas, barricadas, banderas, guerrillero y otras por el estilo. Mi favorita era una italiana, que el Padre entonaba con brío y una voz de barítono, con tanto entusiasmo que Amancio tenía que llamarle la atención para que no se saliera del carril de un volantazo.

        Avanti popolo, alla riscossa
        Bandiera rossa, bandiera rossa
        Avanti popolo, alla riscossa
        Bandiera rossa trionferà

    Acabábamos aprendiendo todas esas canciones, aunque teníamos instrucciones estrictas de no repetirlas fuera de casa, ni siquiera cuando estábamos con los abuelos. En realidad, sobre todo cuando estábamos con los abuelos. Claro que yo se las enseñaba a Joserra y a los demás miembros de nuestra célula, pero ellos no iban a irse de la lengua.

    Entre canción y canción se iba pasando el trayecto, contando matrículas que no llevaran la M y viendo pasar en las lindes de la carretera los campos pelados de Castilla, de un verde intenso en primavera, tachonadas del rojo de las amapolas –que aún no habían sido desterradas a las lindes y los barbechos--, punteados de pueblos a los que se llegaba por carreteras estrechas y presididos siempre por el campanario de una iglesia enorme que casaba mal, por desporporcionada, con las docenas de casa y las calles embarradas. Luego, al llegar a nuestro destino, una parada en el bar para comprar una barra de hielo para las cervezas y un par de hogazas de pan para la comida. Aquella vez, cuando enfilábamos la cuesta que daba entrada al pueblo, poco antes de cruzar ante el yugo y las flechas que anunciaban el nombre de la población, a Jonás le llamó la atención la inmensa mole que sobresalía de un manto de tejas rojas.

    --¿Qué es aquello tan grande, Papá?
    -- ¿Aquello? Es una iglesia, Jonás, el campanario de una iglesia.
    -- ¿Y qué es una iglesia?

    Los mayores se rieron, supongo que satisfechos de los frutos de la educación laica, o tal vez asustados de lo lejos que había llegado su empeño en mantenernos alejados de aquello que tanto marcó su propia infancia: sotanas, sacristanes, rosarios y hostias consagradas. El único que no se río fue Amancio. Rara vez lo hacía.

    --Es un sitio donde los curas engañan a la gente.

    Y aunque no tenía una idea cabal de qué eran los curas, a Jonás le debió parecer bastante la respuesta, o le amedrentó el tono serio del camarada Amancio, porque no volvió a preguntar nada más.


© foto: Manuel H

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