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¿Ideas Brillantes? (reloaded)


Me llamo M.
Siempre he querido tener una bitácora.
Bueno, siempre desde que descubrí qué eran. Hará unos tres meses  diez años y tres meses de eso.

Sin embargo, aún no sé el por qué de ese deseo.
Tal vez porque me gusta jugar con las palabras.
Tal vez porque tengo algo que contar. O que contarme.
Tal vez porque, al llegar a esta edad, siento que hay cosas que no marchan como es debido.

Tal vez la idea de llevar un cuaderno de viaje no haya sido tan brillante.

Como de costumbre, más preguntas que respuestas.

© foto: EmeHache

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Jefes (reloaded)



    Por primera vez en mi vida, me han hecho jefe de algo.
    ¿Qué cómo me siento?
    Sinceramente: mayor.


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Cuatro Amores en un taxi (reloaded)


     Una de mis tías favoritas se llama Amor. Su madre se llama Amor también, aunque si no recuerdo mal en la familia a una de las dos la llaman Maria Amor. Como no podía de ser de otra manera, mi tía --la mujer de uno de mis tíos preferidos-- tuvo dos hijas; a la primera le pusieron de nombre Amor.
     Me contaba el otro día que en un reciente viaje familiar a Tunez, habían cogido un taxi. El chófer, les dijo sonriente después de preguntarles de donde eran:
     -- Me llamo Amor (o algo que sonaba muy parecido).

     Cuatro Amores en un taxi. Eso fue lo que dijo mi tía (Amor). Y el primo A., que es un hombre propenso a la carcajada y siempre agudo, saltó:
     --Un título regio para una de esas comedias italianas.

     Y yo pensé que tenía toda la razón. Pero no se me ocurrió cómo continuarla.

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Contra la resignación (reloaded)



    
    Vengo de pasar unas horas anoche en la Puerta del Sol de Madrid, esa media tapa de barril de aceitunas desde donde tantas oleadas de indignación han desbordado a todo este país nuestro como resultado de una mínima piedra que una sola mano, o un puñado de ellas han arrojado en el charco –falsa balsa de aceite—de nuestra historia contemporánea. Hoy son los jóvenes y no tan jóvenes del movimento por la Democracia Real quienes han arrojado esa piedra. He tratado de escucharles.
    Lo que he oido es un grito de hartazgo: ese ¡Basta ya! que plantó cara a ETA, ese ¡No a la guerra! que descalabró una victoria electoral casi cantada de la derecha, ese ¡No con mi voto! que aglutina desde hace años a los que creen que otro mundo es posible. Pero ese grito de hartazgo suena también a canto de esperanza. Ojalá cuaje.
    He mirado también. Y lo que he visto ha sido hombres y mujeres decentes, jóvenes y ya no tanto, víctimas muchos y ninguno cómplice de una crisis de la que sin embargo nos quieren hacer paganos: parados, menos-de-mil-euristas abocados a la precariedad, jóvenes aunque sobradamente preparados sin pasta para pagar el coche anunciado, desauciados por las hipotecas, viejos militantes desencantados de militancia, despedidos por la nefasta gestión de ejecutivos de contrato blindado y cuenta de gastos, mujeres puestas en la calle por jefes de personal sin entrañas por el delito de lesa maternidad, prejubilados de EREs que sanean las cuentas de las empresas a costa de los impuestos de todos, estudiantes eternos sin perspectiva alguna de trabajar en lo suyo, excluidos de los partidos (pero a quines se convoca con cinismo a las urnas), trabajadores del andamio víctimas (que no cómplices) de la burbuja inmobiliaria, chavales a quienes jamás los bancos concederían un crédito y sin embargo se les pide que paguen el saneamiento y la fusión de la banca. ¿A quién puede sorprender su hartazgo? ¿Quién podrá reprocharles a la cara que desconfíen de partidos, sindicatos, ideologías o instituciones? Sin trabajo, sin casa, sin futuro ¡sin miedo!
     He recordado, también. Recuerdos de tiempos en que eran la calle –no los despachos, sino las aulas, los barrios, y las fábricas— escenario de las luchas políticas para traer una democracia que ha acabado convirtiéndose en esto. No una democracia real sino un sucedáneo intragable: la partitocracia. Me han venido a la cabeza conversaciones, cientos de ellas, en los años que siguieron: que vaya mierda, que para este viaje no necesitabamos tanta alforja, que la juventud pasaba, que los militantes honestos de antaño se habían apoltronado en las moquetas y perdido contacto con las aceras, que todos eran iguales, que que más daba unos que otros, que algo había que hacer, que nada podía hacerse mientras la gente siguiera más preocupada de las pulgadas que medía la pantalla de su televisor que de los metros que le separaban de su vecino.
    Nunca en todos estos años fui pesimista. Siempre estuve atento a los brotes de rebeldía, de insumisión, de hartazgo. Convencido de que lo que es insostenible no se sostiene indefinidamente.
    Lo que he oído, he visto y he recordado ayer en la Puerta del Sol de Madrid, rompeolas de todas las España, me ha confirmado que no estaba del todo equivocado.
(CONTINUARÁ)

© foto: Santi Ochoa

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Testimonio gráfico (reloaded)



    Ya se lo dije. Que me lo pasé pipa. Con Cassius Clay detrás. Y también se ve lo de los brillos. No es que sea de rabiosa actualidad...pero no estoy estos días para escribir mucho.



© foto: Nuria H

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Reciclaje (reloaded)



    Ya sé que puede haber niños ahí fuera a estas horas. Pero la duda me corroe. Los condones usados ¿van al cubo de lo orgánico o al de envases?

© foto: Craig Mod


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Hay días (reloaded)


 Hay días de esos en que uno se levanta con la boca seca y la sensación de que no va a salir el sol por más que en la calle brille un domingo de invierno. Días en que cada palabra que sale de tu boca es el preludio de un patinazo, o la seguridad de un patinazo, o el patinazo mismo. Días en que no se siente uno capaz de hacer nada a derechas, ni a izquierdas, ni de centrarse siquiera. Días en que abrir el periódico es un mero conjuro para noticias que no llegarán. Días en que se refugia uno en el trabajo como si hubiera abrigo posible para la que está cayendo. Días en que no se conoce uno, y ni uno solo de los nombres del listín de teléfonos ofrece la esperanza del consuelo. Días en los que me acurrucaría en tus brazos y me quedaría a vivir allí a sabiendas de que ese ya no es mi sitio.

Hay días de esos, y a veces duran meses.

© foto: Nicola Ranaldi

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La frase del mes (reloaded)

    



El fin justifica los miedos

                         Ramón Eder







 © foto: Photo_Oto

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Camisas (reloaded)

camisa

Recuerdo algunas de mis camisas preferidas:

*la de grandes cuadros rojos y blancos, de felpa, con dos bolsillos, que me acompañó aquel invierno del 79;
*una  sin cuello, de rayas finas rojas y blancas, con la que me encontraba favorecido en mis años de  instituto;
*otra de algodón basto, de listas gruesas azules y moradas, comprada en Guatemala;
*aquella de tergal de rayas amarillas, heredada, a la que mi madre descosió el cuello;
*una azul, con tres botones en la manga y dos en el cuello, la primera de punto oxford, regalo de un judío de Brooklyn;
*una basta de lana gruesa y grandes cuadros, de pescador portugués;
*otra de listas desiguales de colores --rojo, azul, verde, blanco-- de cuello ancho;
*la de lona verde botella, con un gran bolsillo, como me gustan;
*otra de vestir, algodón con algo de acrílico, de cuadros negros sobre blanco;
*diez  --¿doce?--  camisas blancas de algodón que nunca faltaron.



Visto así, encuentro en el inventario trazos indelebles de monotonía.

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Iconos (reloaded)


    ¿Te acuerdas? Fue verlo en la puerta del water de caballeros de un bar de Denia y comenzar los recuerdos de la infancia a echar carreras de relevos por todo el hemisferio derecho de mi cerebro. Y ahora me pregunto dónde estará ella: la recuerdo con una melenita de puntas punzantes, nariz respingona y quizas (sólo quizás), un lazo en el cabello y una abanico ¿alguien sabe dónde puedo encontrarla?

© foto: Eme Hache

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Hernández y Fernández VI (reloaded)


Hernández: Si no está contigo quien amas, ama a quien está contigo.

Fernández: Aun diría más. Si no amas a quien está contigo, ámate a ti mismo.



Esposa de Hernández: ¿Están diciendo lo que creo estar oyendo?
Esposa de Fernández:  Probablemente. Pero dudo que ellos lo sepan.

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Profundidades (reloaded)



    Venga, vale, un día de estos dejo las lecturas profundas. Pero mientras tanto, miren qué cosas se encuentra uno. Lo dice Joaquín Font, un arquitecto tronado padre de dos poetas en Los detectives salvajes (387), de Roberto Bolaño:

    La libertad es como un número primo.

    Así, sin más explicaciones ni más nada. Una de esas frases por las que uno podría pasar sin detenerse (aunque es difícil, con esa gran Libertad como sujeto), pero donde si nos detenemos podemos quedarnos atascados horas. Más que minas antipersonas, son cargas de profundidad librescas.
    Yo aún no lo he entendido.
    ¿Alguna sugerencia?

© foto: J.Salmoral

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Del amor a los libros (reloaded)





Donald Rayfield
 nos cuenta  que el camarada Stalin era un lector voraz, de amplios intereses y fino criterio.


El resto de la obra está lleno de noticias igual de desalentadoras para quienes amamos los libros.




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Puntualidad (reloaded)

 


    En realidad, la puntualidad es un subproducto del nerviosismo, que nos impide relajarnos mientras disfrutamos hasta apurarlos de los momentos previos al encuentro con las obligaciones.
    O puede que sea un subproducto del pesimismo, que nos lleva a pensar que todo lo que podría salir mal en el trayecto lo hará, irremisiblemente.
     Mala cosa, por tanto, la puntualidad.



© viñeta: Sir John Tenniel

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Ilusiones (reloaded)

 

    Anoche, al regresar a casa tras una jornada larga de trabajo y reencuentros felices, abrazado a la promesa de una cena de besos y guacamole, me esperaba en el buzón el contrato de Primeras nieves. Que ya no se llama así, sino Los años del verdugo.
    Y sentí de nuevo la retahíla de ilusiones de esa novelita, que parece bendecida por una baraka inmerecida. La ilusión-madre de tanto tiempo aplazada de escribirla. La ilusión-sorpresa de encontrar un editor dónde sólo buscaba un lector lejano. La ilusión-folletín de las entregas que compartí aquí hace tanto tiempo (gracias). La ilusión-promesa de una tarde que aún no ocurrió en una caseta de la feria del libro. La ilusión-espejo que me devuelven los amigos que la leen. La ilusión-futuro de saber que un día la leerá mi hijo mayor --y el pequeño también-- para asomarse a los trozos remendados de la infancia de su padre.
    Y recordé que la mañana había empezado con una multa-castigo, y la tarde acababa en un contrato-regalo. Y pensé en la circularidad oronda de los días y las noches, en las asignaturas pendientes y en el sabor de los besos con guacamole. Y me sentí dichoso, sí, y afortunado.

© foto: Manuel H

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Estándares (reloaded)





    -- El hombre es la medida de todas las cosas.

    -- Vale. Pero eso no significa que ese hombre tengas que ser tú...

© foto: Chema Madoz

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Tantos años (reloaded)



   
Tantos años después, en la isla que perdió el meridiano, charlamos ante el mar y unas cervezas como si las tardes en el parque de Berlín fueran cosa de antesdeayer.
    Qué vidas tan distintas. Hijos crecidos, una casa que has levantado con tus manos huesudas, un hombre igual de pegado a los huesos y de pegado al suelo, la cena a la luz del crepúsculo hasta que se desvanece, tus músicas, la gente de acá, la comida que nace a tu sombra. Todo tan distinto a lo mío, tan lejano. Tan de verdad, lo tuyo, tan querido, tan luchado, tan a contracorriente.
    Lo mío es otra cosa, claro.
    Por un momento, dudo si preguntarte otra vez por qué, en tiempos de los que no queda casi ni el eco del recuerdo, me dejaste.
    Es tan evidente, que me da la risa.
    La risa de la alegría de volverte a ver.





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Adverbios (reloaded)







Bruscamente es un adverbio de (mal) modo.
Lejos es un adverbio de (otro) lugar.
Siempre es un adverbio de (demasiado) tiempo.








©   foto: Nacho Guadaño 



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Haddock (reloaded)


haddock     De los personajes de ficción con los que me identifico --y creánme que si no hay identificación se pierde mucho del disfrute-- hay varios que me ahorraré contarles, para no regalarles una carcajada gratis. Nada me impide meterme --enfrascado en los fotogramas de una peli o en las páginas de un libro-- en el pellejo audaz de mis héroes favoritos, hombres de acción muchos de ellos, tan lejanos de mi yo real que la comparación no es sólo odiosa sino --me consta-- ridícula.

      Pero lo del Capitán Haddock sí puedo contarlo. Porque este marino borrachín, malencarado, artífice y difusor de un selecto muestrario de exabruptos, nada de fiar para asuntos delicados pero radicalmente leal a sus amigos, torpe y perezoso, desastrado en el vestir y desastroso en las relaciones sociales, alma de cántaro plagada de  vicios, violento y brutal a veces, misántropo a medias y misógino a tiempo completo, duro con las espuelas pero blando con las espigas, desdeñoso de los trinos de una Castafiore insoportable pero tal vez enamorado en secreto del ruiseñor del Milán, buen burgués que no duda un instante en hacer el petate cuando la ocasión lo exige y echarse a recorrer el mundo en compañía de ese listillo entrometido que es Tintín, este Capitán Haddock, digo, es  finalmente un hombre de una pieza, de los que se visten por los pies.

     Yo soy Haddock, y no crean que es sólo la barba y la afición a los cuellos vueltos.

      Sólo me falta Moulinsart
© Ilustración : Hergé

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Día del libro


Del amor a los libros



Donald Rayfield
nos cuenta  que el camarada Stalin era un lector voraz, de amplios intereses y fino criterio.


El resto de la obra está lleno de noticias igual de desalentadoras para quienes amamos los libros.






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