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Tiempo detenido (2)



    Aquella tarde tocaba ir de compras. La Madre tenía una idea muy precisa de cómo se iba de compras: consistían en meterse en el coche, enfilar hacia el Corte Inglés de Generalísimo y, una vez allí, ir pasando por diversas plantas: zapatería, papelería, menaje del hogar, señoras y confección de niños, de donde debíamos salir con un par de pantalones y un par de camisas cada uno, un jersey y, según la temporada, una cazadora o tal vez un abrigo.
    --A ver, Manuel ¿te gusta éste? –preguntaba exhibiendo un pulóver de rombos naranjas.
    --Pues no.
    --A mí sí me gusta, Mami –decía el pelota de Jonás.
    Total, que ya teníamos jersey de rombos para la temporada. Aquellos eran tiempos en que no se habían inventado aún los psicólogos ni la matraca de que había que respetar la individualidad y el gusto de cada niño, así que el modelo elegido se compraba siempre por duplicado, dos tallas menos para Jonás que para mí, y nuestra opinión rara vez era un factor de peso. La única forma de evitar que se nos vistiera con estricta uniformidad era que no hubiera tallas para los dos. O montar un estropicio de órdago, pero con la madre esa era siempre una opción de riesgo.
    La tarde de compras tenía sin embargo dos alicientes que la Madre administraba sabiamente: el chocolate de taza y una tostada con mermelada en la cafetería era uno. El otro, el más importante con diferencia, era la visita a la sección de juguetería, con tiempo suficiente para curiosear entre los anaqueles, toquetear lo que se pudiera y apuntar mentalmente los deseos para la próxima entrega, ya fuera Navidad, fin de curso o el cumpleaños.
    La expedición se repetía dos veces al año, normalmente en otoño y primavera, salvo que un estirón fruto de una convalecencia impusiera una visita fuera de calendario. De todo esto, claro, la tía Mari, no sabía casi nada. Para ella ir de compras era montarse en la camioneta hasta Cuatro Caminos y tirar Bravo Murillo abajo entrando en un montón de tiendas distintas pero sin comprar nada.     Llevábamos un montón de rato, no teníamos aún ni siquiera los zapatos y nadie nos había ofrecido la preceptiva merienda, así que Jonás y yo empezábamos a estar mosqueados. Muy mosqueados. Nos arrastrábamos rezongando, obligados a cargar con alguna bolsa y rabiosos y hambrientos como hienas en año de sequía. La tía Mari se desesperaba pero – adulta al fin y al cabo—no se le había ocurrido algo tan sencillo como preguntarnos.
    --Allí -gritó Jonás, señalando al Corte Inglés.
    --¿Allí? –pregunto la tía Mari.
    --Claro, allí hay zapatos y tostadas –expliqué yo.

    No costó mucho convencer a la Tía, y una vez en los grandes almacenes la condujimos astutamente hacia la planta de juguetería. Allí se encontró con alguien conocido y, mientras pegaba la hebra, Jonás y yo nos pusimos a trastear entre madelmans y fort-apaches. Yo me quedé mirando la Misión Safari, con su explorador de salacot, su jeep, su tienda de campaña de lona crema y su porteador negro con fez rojo. Allí me tiré un rato largo echando cuentas mentales de mis probabilidades de conseguir semejante maravilla si lograba colocar un par de notables en mi boletín de notas. Cuando me aburrí, me acerqué a la tía Mari, que seguía de palique, y le anuncié con la mayor calma –la Madre siempre insistían en que no debía ponerme nervioso— que Jonás no estaba. Me pasó la mano por el pelo y siguió hablando. Luego se quedó callada, miró a su alrededor, se agachó y me miró con los ojos muy abiertos.
    --¿Cómo que no está?
    -- No está. –expliqué – Y no sé dónde ha ido.

    Se puso en pie de un salto, miró a todos los lados a la vez, y se puso a gritar.
    --¡Jonás! ¡Jonás!
    --Tranquila, mujer, ya verás que aparece –le decía su amiga.
    --¡Jonás! ¡Jonás! –chillaba la tía, cada vez más nerviosa.


© foto: Juanillo

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