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Tiempo detenido (y 3)




    Tardamos unos diez minutos en encontrarle. Para entonces a la tía Mari no se le entendían la mitad de las palabras, había movilizado a todos los dependientes de la planta y estaba pidiendo un teléfono desde el que llamar al Padre a la oficina. Jonás se había distraído en la parte de los balones, y cuando aquella dependienta le preguntó dónde estaba su mamá no se le había ocurrido nada mejor que decirle que estaba en la cárcel, pero que no había que decírselo a nadie. La mujer se lo llevó a la cafetería mientras avisaba a los vigilantes, así que finalmente el enano se pudo pedir su chocolate de taza con tostada.
    Cuando llamaron por los altavoces la tía Mari me arrastró a la carrera hasta la cafetería, pero luego se puso tan nerviosa abrazando a Jonás y llorando que se le olvidó completamente pedir otra taza para mi. Pensé que quizá no era el mejor momento para recordárselo, y que ya que nos íbamos a volver a toda prisa a casa nos tocaría ir otro día para acabar las compras. Jonás no era muy consciente de la que había liado, pero yo sí. Para algo era el hermano mayor.
    --Te la vas a cargar, Microbio.


    No se la cargó. Al contrario, el Padre se rió mucho de toda la historia, y le dijo a la tía Mari que había que tener mucho cuidado con nosotros, pero que no se preocupara. También le dijo que estaba afectada por el síndrome de Chencho, pero yo no supe a qué se refería hasta que a la Navidad siguiente echaron en la tele La gran familia. Bueno, lo del síndrome tardé algo más en averiguarlo, incluso.

    Aquella noche, después del cuento, Jonás seguía de un humor envidiable.

    --¿Ves?, no me la he cargado.
    -- Hoy puede que te hayas librado, Microbio, pero mañana te castigan seguro.

    Como se echó a reír no pude evitar sacudirle un almohadazo con todas mis ganas. Entonces se echó a llorar, y vino el Padre y me castigó sin dibujos para una semana. Y antes de dormirme pensé que, si era así como estaban las cosas, las cosas no me gustaban nada.



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