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Blanco y negro (y 4)



    -- Yo quiero ir a ver El barón rojo.
    -- Y yo. -- secundó el Microbio.
    -- Vaya. –respondió el Padre-- Pensaba llevaros a ver una de Harold Lloyd.
    -- ¿Salen aviones?
    -- No –dudó el Padre —yo diría que no.
    -- ¿Y es de guerra?
    -- No, esta de hoy… Pero es muy divertida.
    -- Ya. Pero seguro que no es en colores, ¿a que no?
    El padre me miró muy serio. Luego miró a la Madre, que agarró el periódico, conciliadora.
    -- Esperad que mire la cartelera ¿Cómo decís que se llama?
    -- El barón rojo. Es de un as de la aviación germana que pilota un biplano que es de color rojo y tiene una ametralladora así montada junto a la cabina y lleva una especie de casco de cuero y un pañuelo blanco, y dice el Gordo Varela que es muy fardona…
    -- Aquí dice que es para mayores de catorce años.
    -- Mierda –saltó el Microbio.
    -- Vigila esa boca, chaval.

    Así que tampoco esa vez tocó. Pero algo debió de dejarle huella al Padre, porque a las dos semanas nos llevó a ver la reposición de Lawrence de Arabia, en Cinemascope y Technicholor. Y además de la bolsa de palomitas nos cayó una coca-cola.
-----------oooOooo----------

    Una tarde, finalmente, me atreví a preguntarle al Padre.
    --Donde está Mamá… ¿tienen que ir vestidos con uniforme?
    --¿Cómo dices, Manuel?
    --Que si tienen que llevar un traje de esos a rayas…
    -- ¿Y una bola atada al pie? –se rió--. Me parece que has estado leyendo muchos tebeos.
    -- No, en serio.
    -- ¿Por qué preguntas eso, Manu? –había en su voz un tono de preocupación intensa, de desolación casi.
    Le expliqué lo de la revista enrollada que había encontrado. Que lo mismo la Madre adelgazaba demasiado, y hasta puede que enfermase. Que no entendía qué había hecho –que habían hecho aquellos hombres-esqueleto—para que los tratasen así. El Padre me llevó a dar una vuelta por el barrio –era una de esas tardes tibias de primavera en que el sol recorría perezoso su camino hacia el ocaso--, agarrado del hombro, mientras me contaba cómo era la vida en la cárcel. Que comían bien, aunque no les sobraban los paquetes que le mandábamos, que Amancio también había estado encerrado, y aunque no era plato de gusto, que tampoco se le veía tan mal, ¿verdad?. Que lo peor de la cárcel no era el frío, o el hambre, o el estar alejado de los tuyos, sino el sólo hecho de estar encerrado, de no poder elegir dónde pasar la siguiente tarde, de saber que fuera seguía la vida y a ti no te dejaban asomarte. Un día, y otro, y otro. Que pensara lo que había hecho yo –cada tarde, cada mañana, cada fin de semana—en estos últimos meses: montones de esas cosas eran imposibles para alguien que está en la cárcel. Pero que la Madre volvería pronto. Sana y salva, y con más ganas de achucharnos que de comerse un plato de macarrones.
    -- ¿Y los hombres de las fotos?
    Entonces, camino ya del Mojácar, antes de tomar una cocacola y unas aceitunas rellenas, el Padre me dio mi primera lección de historia. En tono profesoral, sosegado, me contó lo que había pasado en aquella guerra, y por qué un puñado de hombres habían decidido que había otros que no merecían ser tratados como personas, y los habían encerrado en ghettos, y luego obligado a llevar marcas en la ropa, y a cerrar sus negocios, a dejar sus empleos, a vender sus propiedades…hasta que finalmente decidieron exterminarlos. También me dijo que no me preocupara si no lograba entenderlo aún; que él ya tenía treinta y dos años y todavía no lo comprendía del todo.

© foto: Trmdttr

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1 opinan

  • Me gusta la estetica de tu blog. Como has conseguido montarlo asi? cuando pueda me leeré tus textos.

    Benga, agur!

    Blogger Ibon a las 12:14 p. m.       

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