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Broncas (3)



    La bronca de la Tía Mari y el Frutero fue épica, homérica o en todo caso esdrújula. Los pelos crespos que la tía trataba de domar a base de alisador y toga parecían vibrar electrizados: el rostro del Frutero pasaba del rojo tomate al morado berenjena, y los gritos iban y venían del salón a la cocina, colándose por el pasillo hasta nuestro cuarto, donde nos habíamos refugiado. Al Microbio le había caido un pescozón y un quién te dio vela en este entierro cuando se le ocurrió decir que la vespa fardaba un montón, y que a él le había encantado. Yo, tres años más sabio que mi hermano, supe desde el principio que lo mejor era hacerse humo y volverse invisible.
    -- Pero ¿a qué clase de subnormal se le ocurre montar en una moto a dos criaturas?
    -- Mujer, era sólo una vuelta a la manzana.. –se defendía.
    -- ¿No ves que se podían haber abierto la crisma, animal?
    -- No seas exagerada.
    -- Si es que esto me pasa por echarme de novio a un frutero.

    Aquello tuvo que dolerle. Aurelio se quedó callado, mirando fijo a la Tía, titubeó un instante, bajó los ojos,se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, y al fin lo dijo.
    -- Así que es eso…
    -- ¿Que es qué?
    -- A la señorita estudiante no le parece lo bastante bueno un frutero.
    -- Yo no he dicho eso.
    -- No. No lo has dicho… Pero lo has dicho muchas veces antes. Que si no tengo inquietudes, ni ambiciones, que si parece mentira que un obrero como yo no tenga conciencia, todo el día con el trabajo, y el fútbol, el baile, el dinero…
    -- Es que es verdad.
    -- Sí. Va a ser verdad. Va a ser verdad que no soy lo bastante bueno para ti. O que no te parezco lo bastante bueno. Como los señoritos de la facultad, o como tus camaradas de los cojones. Esos sí son buenos.
    -- No digas idioteces, Frutero.
    -- No me llames Frutero, Mari. No tú. Mejor…no me llames nada. No te preocupes, que no vas a volver a llamarme nada. Ni yo a ti. Ya no.

    La Tía no contestó. Solo silencio y los pasos del Frutero alejándose, la puerta de la calle que se abría y se cerraba suave, sólo el roce de la batiente pesada contra el marco y el gatillazo del cerrojo. Al poco, desde la calle, el petardeo de una vespa que ya nunca se incorporaría al catálogo de los sonidos familiares.

-----------oooOooo----------


    Pasé casi cinco días sin hablar con Joserra. Le veía, claro, en el patio, en clase, muchas veces mientras caminábamos hacia el colegio por las mañanas, aunque cuando distinguía su espalda le notaba apretar el paso y yo aminoraba la marcha. Una tarde me lo encontré junto al kiosko, cuando yo iba a por el Informaciones y él acompañaba a su madre, cargado con la bolsa de la compra.
Fueron tardes desoladas, sin norte, plagadas del piojo del aburrimiento. Ni siquiera tenían sentido merendar deprisa, porque lo que había después era simplemente una larga tarde vacía. Jugaba con el Microbio con los indios de plástico, haciendo rodar canicas entre los cow-boys desplegados ante el fuerte y los pieles rojas que a caballo o a pie lo asediaban. Pero no teníamos costumbre de jugar sin pelearnos, y aquello no duraba mucho. Agarraba entonces un Mortadelo y me tumbaba a leer en la cama. Contaba los minutos hasta que empezara el horario infantil en la tele, y apareciera Maria Luisa Seco con las cartas llenas de versitos y dibujos infantiles que leía con voz chillona. Y luego, vuelta al aburrimiento.
    Cada vez que sonaba el teléfono en aquellas tardes me daba un vuelco el corazón, y me arrimaba enseguida, aunque sin osar descolgarlo. Si el Padre o la Tía permitían que se alargara más de tres timbrazos, les recordaba con un grito:
    -- ¡Teléfono!

    Me quedaba entonces remoloneando junto al aparato, sólo para abandonar derrotado el campo al comprobar que se trataba de una llamada de trabajo, o de una de esas entrecortadas de monosílabos que atendía Mari. Aunque una de las veces, inesperadamente, la Tía contestó con el “Buenas tardes, dígame” de rigor y a continuación me pasó el auricular con una sonrisa.
    --Es para ti.
    Casi le tuerzo la muñeca al arrebatarle el teléfono de las manos.
    -- ¿Sí? ¿Joserra?
    Pero era el abuelo Antonio. Creo que nunca me había hecho menos ilusión hablar con él, así que le cedí pronto el turno al Microbio, que revoloteaba a mi alrededor después de que le avisaran, tirándome de la manga, tratando de hacerse con el teléfono y musitando me-tocas, déjame-a-mis y venga-manus. Esa vez no le costó mucho conseguirlo.

© foto: Mario Tomic

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