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Broncas (y 4)






    Fiel a lo prometido, el Frutero no volvió a dar señales de vida. Ni se puso al teléfono cuando la Tía le llamó, ni devolvió su llamada, ni por supuesto asomó el siguiente viernes por la tarde para llevarla al cine, ni el sábado de punta en blanco para ir al baile, ni el domingo a la hora del vermú. Nunca más volvió para echar una partida de mus, aunque es verdad que se habían suspendido desde que detuvieron a la Madre. Yo aún me lo crucé en ocasiones por el barrio, y siempre me revolvía el pelo y me pedía un abrazo. Todavía hoy lo hace, las raras veces en que nos cruzamos. Pero sé que en esos días hacía esfuerzos para evitar los encuentros, ya nunca aparecía por el Mojácar y aunque le pillaba de camino para salir del barrio, jamás volvió a pasar con la vespa y su rastro de petardeos por nuestra calle.
    Nunca supe si a la Tía le importó mucho o poco: no la vi llorar, desde luego, ni insistió en sus mensajes. Creo recordar que le devolvió sus cartas, porque unos días depués apareció alguien con un paquete de parte del Frutero, cuyo contenido fue echando la Tía a las llamas de la estufa, mientras leía aquí y allá partes sueltas con aspecto embobado. Eso lo recuerdo porque no era habitual encender la pesada estufa de hierro en abril, y porque aquella vez no nos avisó al Microbio y a mi para meter las astillas, el papel hecho un burruño y el poco de carbón que precisaba la operación. Cuando terminó, cerró la puertecilla de hierro con cuidado, recogió un poco la cocina y se sentó de nuevo a estudiar.
    Con Joserra las cosas fueron más fáciles. A la semana siguiente de nuestra discusión, le vi acercarse desde atrás mientras caminábamos hacia el colegio. El apretó el paso, y yo lo aminoré, hasta que estuvimos a la altura.
    -- Hola, Manu.
    -- Hola.
    -- ¿Viste ayer El Virginiano?
    -- Jo, sí. Estuvo genial…cuando… --me detuve-- Aunque en la caca de General Electric de mi casa lo mismo no se vio tan bien.
    -- No. La que es una caca es la Telefunken.
    -- Bueno, pongamos que son las dos igual de cacas.
    Joserra aceptó el arreglo con una sonrisa, y empezamos a habalar de la galopada que se pegó el Virginiano, de las muescas que llevaba el malo en las cachas del colt y de la caida espectacular de Trampas en un pilón. No sé en qué momento ocurrió, pero cuando llegamos al colegio íbamos agarrados del hombro, charloteando, saldando atrasos. Entonces le pegué un empujón que deshizo el abrazo, y eché a correr, gritando:
    --¡Maricón el último!
    Y Joserra salió pisándome los talones, riendo y gritando.
    -- ¡Te voy a matar, Manu! ¡Tramposo!

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