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Viva la democracia real (si no ya, cuanto antes)


         
         Coincido con Esperanza Aguirre –jamás pensé que escribiría semejante cosa— en que a la democracia le sientan fatal los calificativos. No existe eso que desde la izquierda extrema llama democracia formal, como no existía la democracia orgánica del franquismo, ni la sedicente democracia popular del bloque comunista, ni existirá sino una perversión tras la etiqueta de la democracia bolivariana. En eso, insisto, coincido hasta con Esperanza Aguirre, así que ¿cómo no coincidir con Salvador Cardús, en su artículo Viva la democracia formal del pasado miércoles en La Vanguardia?
         Sin embargo, entiendo que lo que defiende el movimiento del 15-M no es, más allá de si es desafortunada la etiqueta, una democracia adjetivada sino una profundización en nuestra democracia “formal”. Y ahí es donde han sintonizado con el malestar hondo y los deseos de regeneración de numerosos ciudadanos de muy distinto pelaje personal y político, y podrían coincidir con más aún si no se dejan arrastrar por el voluntarismo transformador hacia la dispersión de objetivos. La democracia “real”, nos dice el profesor Cardús, “se expresa en el acto de votar”; completamente de acuerdo. Ninguna asamblea, por amplia que sea, ningún movimiento “de base” debe reemplazar al ejercicio de soberanía (popular, pero también individual) que nace de un acto íntimo y mínimo: introducir la papeleta en un sobre, el sobre en una urna y todos ellas en una gran computadora de Interior.
         La mejor prueba de ello es, nos recuerda Cardús, que el resultado de las urnas ha concedido una victoria aplastante (sin peyoración sea dicho) a un partido, el PP, que no sólo carece de conexión con el movimiento 15-M, sino que sería, de prosperar éste, el principal perjudicado, junto con el PSOE. Los electores, en las urnas, lanzaron un mensaje muy distinto al de las plazas. ¿O tal vez no? Porque recordemos que lo que se nos preguntaba es si preferimos que el juego de gestionar ayuntamientos y comunidades lo gane A o B (o C, D,E...), no si estamos conformes con las reglas de ese juego. A esa pregunta, la respuesta mayoritaria tal vez se pareciera más a la de los “indignados”.
         Porque igual que alzaríamos la voz cargados de razón si el proceso se pervirtiera en alguna manera (votos amañados, censos manipulados, recuentos fraudulentos), no puede extrañar el hastío de los “indignados” con las reglas que rigen ese juego tan básico y democrático de los comicios. Las reglas particulares que tenemos en España –listas cerradas, distritos provinciales que no garantizan la proporcionalidad, ecuación d’Hondt para la asignación de escaños, inutilidad del voto en blanco— no forman parte de la esencia de la democracia, sino que la adjetivan y, quizá, la pervierten, convirtiéndola en una democracia de partidos. Mejor dicho, de dos partidos grandes. Esa partitocracia bipartidista es la democracia realmente existente hoy, que no sólo indigna a los indignados, sino que suscita muy justificadas reticencias en partidos de una trayectoria democrática límpida como es la joven UpyD, y en millones de ciudadanos.
         En este sentido, lo más significativo del Movimiento 15-M no es, a mi entender, su proceder asambleario, ni la ocupación simbólica de las plazas, ni su carácter generacional, sino ante todo la profunda modestia de su principal reivindicación –democracia real, ya— concretada en la reforma de una única ley: la Electoral. Modestia y realismo son las grandes virtudes de este movimiento que lo han convertido en el protagonista del tramo final de la última campaña electoral. Son utópicos que —al revés que en mayo del 68— piden lo posible.
         Porque, dado el poder de los grandes partidos –sean nacionales o de implantación territorial— en nuestra democracia, una reforma de la ley electoral es una utopía dinamitera que podría barrer el control de los aparatos sobre las listas, sobre el trabajo de nuestros representantes en parlamentos o ayuntamientos y sobre la libertad de elección de los ciudadanos, que ni siquiera pueden expresar su cabreo de forma eficaz a través de –por ejemplo— un voto en blanco que se tradujera en escaños (vacíos) en las instituciones. Pero esa propuesta es, al tiempo, técnicamente posible y políticamente razonable.
         El movimiento, no es, como a veces pretende, apolítico. ¿Cómo va a serlo si aspira a reformar, precisamente, una pieza clave del sistema político, como es la ley electoral? Lo que sí es es apartidista y, definitivamente, anti-gran-partidista. Nuestra ley electoral se explica mejor, como todas, en el contexto histórico en que se aprobó. En los años de la transición, el gran miedo era la inestabilidad, y esta ley –listas cerradas, descarada falta de proporcionalidad en las circunscripciones electorales, en detrimento del voto urbano más voluble, etc.—apuntaba a garantizar la estabilidad, incluso a costa de la representatividad. Pero ya han transcurrido más de 30 años desde entonces, y lo que entonces era virtud se ha convertido en un vicio, que a su vez engendra otros vicios no menores: corrupción, ferreo control de los aparatos de los partidos sobre las agendas políticas y la actuación de los diputados y concejales, profesionalización de la política, colusiones con los grupos mediáticos y otros que marcan el alejamiento de una parte creciente de la ciudadanía respecto a esta democracia, la única que tenemos. Así lo revela un abstencionismo que dice poco y malo de nuestro sistema, por más que sea común a democracias más añejas. Por eso, y pese a que la tarea es titánica (¿cómo van los grandes partidos a consentir que les cambien las reglas del juego, si les va de cine con ellas?), no estaría de más que los ciudadanos escucháramos el llamado de este movimiento y nos preguntáramos: ¿no habrá llegado la hora de reformar en profundidad nuestra democracia, para hacerla no menos, sino más democrática?



(¿CONTINUARÁ?)

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    ¿Te acuerdas? Fue verlo en la puerta del water de caballeros de un bar de Denia y comenzar los recuerdos de la infancia a echar carreras de relevos por todo el hemisferio derecho de mi cerebro. Y ahora me pregunto dónde estará ella: la recuerdo con una melenita de puntas punzantes, nariz respingona y quizas (sólo quizás), un lazo en el cabello y una abanico ¿alguien sabe dónde puedo encontrarla?
© foto: Eme Hache

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Renunciar a dar mil pasos para coger impulso para el gran salto




    El movimiento por la Democracia Real (ya) ha dado pasos de gigante, y tiene un futuro cargado de esperanza (y no Aguirre, precisamente). Lo conseguido hasta ahora es mucho e importante: los grandes partidos tiemblan, los opinadores profesionales no dan crédito (como los bancos), los corruptos confían en que todo se corrompa (piensa el ladrón...), los medios de comunicación buscan portavoces sin hallarlos, pero sobre todo, los indignados nos hemos encontrado, nos hemos reunido, hemos ocupado los centros simbólicos de la política (la plaza, el ágora, el foro) y nos hemos puesto en marcha.
    El momento que tenemos por delante, a corto plazo, es crucial, y deberíamos ser conscientes de ello. Los enemigos del movimiento (y no os confundáis, son muchos, poderosos, nada tontos y determinados, pues saben que están en juego sus habas y su monopolio del poder) están ya trabajando para conseguir que se disuelva como un azucarillo en el café, quedándose en algo meramente testimonial y, como les gustaría creer, utópico, juvenil, botellonero y memo.
    Pero no lo es. No lo ha sido hasta ahora y no debe serlo en el futuro.
    ¿Qué haría yo si fuera un enemigo del movimiento? Sobre todo y fundamentalmente tratar de dividirlo, aprovechar como en el judo el impulso con que acomete para convertir su fuerza en fuente de debilidad. Tienene a su favor una de las grandes bazas de este movimiento: su base asamblearia. Las asambleas, como sabe cualquiera que halla participado en ellas, tienen la gran fuerza de su carácter democrático, de la participación directa, pero pueden acabar siendo largas, tediosas, dispersas...cansadas. La movilización permanente no puede mantenerse no ya indefinidadamente, sino ni siquiera mucho tiempo, no más de unas semanas si el objetivo es sencillo y potente (como en los países árabes), quizá menos, a medida que los objetivos se dispersan.
    La solución, sin embargo, no es renunciar a las asambleas, ni a las acampadas, ni a la democracia participativa. En absoluto: de ahí nace la fuerza del movimiento, y no puede renunciarse a ello. Pero hay que ser consciente de los peligros que entraña, y uno de ellos es dejar que los objetivos se dispersen, y que cuantas más partes del mundo intentemos cambiar, más cunda la división y eldesánimo ante la magnitud de la tarea.
    ¿Cuál es la gran fuerza del movimiento hasta ahora? Que se compartía un objetivo común, único, en el que cabíamos todos: el rechazo de esta democracia de grandes partidos y sus secuelas (corrupción, aplastamiento de las minorías, pensamiento único) y también –aunque en segundo lugar, quizá—el rechazo a la gran banca y sus correrías (la crisis, la burbuja, el paro, el desarme fiscal del Estado). Pues bien, centrémonos ahí, y dejemos lo demás (el FMI, la energía nuclear, el maltrato animal o las mil cosas que se nos puedan ocurrir, y de hecho surgen en las asambeas) para más adelante.
    Ese único objetivo (la reforma de la ley electoral), nos une, y puede concitar apoyos sociales muy amplios. Incluso existen partidos políticos con representación en las instituciones que la defienden (porque, además de creer en ella, les conviene): o sea, que contamos con fuerza social y hasta con apoyos políticos: aprovechemoslo.
    Una reforma de la ley electoral, una cualquiera de las muchos que se están hablando en las asambleas, es realista y a la vez es dinamita para este sistema político, la partitocracia bipartidista. Promoverla no exige entender y proponer reformas para todos los aspectos de la organización social y económica que no nos gustan (pero que no compartimos en el mismo grado). Es decir, nos lleva a profundizar en lo que nos une, y no en lo que nos separa. Lo que puede unirnos a mucha más gente: de derechas, de izquierdas, de arriba y de abajo, de aquí y de allí, de dentro y de fuera.
    Los que miran al movimiento con suspicacia seguirán diciendo que no tenemos programa, que no tenemos ideas, que no podemos cambiar el mundo si no sabemos cómo. Pero no es verdad: podemos empezar a cambiar el mundo por lo que más nos toca, lo que más nos cabrea y lo que más nos duele. Y es lo que más les va a doler a ellos.
     Sigamos con las asambleas, sigamos con la movilización, pero practiquemos esa autolimitación –renunciar a todos los objetivos posibles e imposibles, para conseguir uno que es la llave de todos los demás—para asegurar el futuro del movimiento.
    Y luego, a por una Ley de Banca.


[Sí, sí, ya sé, el título me ha quedado un poco maoísta, pero ¿qué queréis?: unas banderolas al viento y me sale el rojo que llevo dentro ;) ]

(¿CONTINUARÁ?)

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Contra la resignación (y VI)



    VI. PONGÁMONOS EN MARCHA


    Ya lo hemos hecho. Sigamos caminando. Con firmeza, sin complejos, sin miedo. Muchos nos hemos sacudido la resignación en las plazas de España, como antes lo hicieron en Túnez y en El Cairo. Sacudámonos también el miedo.
    Organicemosnos.
    Reflexionemos y elijamos un camino.
    Sigamoslo.
    ¿Qué tenemos que perder?


(¿CONTINUARÁ?)

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Contra la resignación (V)






     V. ¿QUÉ HACER?

     ¿Por donde empezar? Llego tarde para responder a esta pregunta. El movimiento está en marcha, y ya ha dado dos pasos muy importantes: manifestar la indignación es el primero, hacerla visible (tomando las plazas), el segundo. Un tercero, organizar el modo de buscar nuevas verdades y nuevas formas de toma de decisiones (en asambleas, sin líderes ni portavoces, sin violencia) está en marcha.
     Con todo, hay más pasos y decisiones importantes en el futuro. Sin ser más que un participante de a pie del movimiento –como todos, hasta ahora—se me ocurre que hay al menos tres particulamente importantes.
     La primera es decidir si el movimiento debe seguir vivo tras las elecciones del domingo. Afortunadamente, la respuesta parece caer por su propio peso: seguiremos. Pero debe ser una decisión firme y meditada. No será la primera vez que un movimiento social de fuerza espectacular se disuelve de repente como un terrón de azúcar en una taza de té caliente. Tenemos la experiencia reciente del movimiento del ¡No a la guerra!
     Por muchas razones, no deberíamos dejar que eso ocurra. Aunque sólo sea para que los poderosos y los corruptos –los Strauss-Kahn y los Camps del mundo--, convencidos durante años de que eran de una pasta especial y que con ellos no iban las reglas y leyes del común de los mortales, sigan sudando.
Otra cuestión importante es la necesidad de organización, en la forma que sea. Es obvio que en el movimiento hay gente con experiencia organizativa, y se nota: desde los primeros momentos de la acampada de la Puerta del Sol, se organizó la infraestructura mínima, se adoptó la Asamblea como modo de tomar decisiones, se montaron brigadas de limpieza y de negociación con las autoridades.
    A medida que el movimiento crezca, y todo apunta que va a crecer, va a ser necesario mejorar las formas de organización. Ese puede implicar cierta necesidad de revisar el rechazo a los líderes y del proceso asambleario (o no), pero a lo que no debería renunciarse de ninguna manera es a la autonomía del movimiento. Que lo apoye quien lo desee, pero que nadie pretenda apropiárselo.
La última cuestión urgente es la de los objetivos del movimiento. Desde luego, no hay por qué atender las peticiones paternalistas de políticos y tertulianos de que es urgente que se produzca un programa formal, coherente y completo. ¡Una mierda! Ellos llevan años ofreciéndonos ideas huérfanas y recetas vacías, programas que saben que no cumplirán, incoherencias vestidas de realismo. Dennos un poco de tiempo…y si no nos lo dan, que les den. Nos lo tomaremos.
     Ya se ha avanzado mucho: la indignación es un primer paso, pero se ha avanzado mucho más allá. Se están discutiendo ideas, y todo apunta a que se han encontrado los dos puntos clave que se quiere reformar: el sistema electoral y el sistema financiero. Nótese bien que no he dicho el sistema político (sino sólo la parte que rige las elecciones, una única ley), ni el sistema económico (no se cuestiona el mercado, aunque se le critique, ni la propiedad privada, ni la herencia, aunque todas ellas son instituciones que han contribuído a nuestra próspero caos del día). No, una ley electoral nueva y una nueva ley de banca. Casi nada, y a la vez casi todo: se apunta al núcleo mismo de nuestros actuales problemas, y eso hace pensar que seremos capaces de ofrecer soluciones.

     A mi entender, la prioridad es articular una propuesta de reforma del sistema electoral que permita poner fin a la partitocracia bipartidista. La gama de reformas barajadas es amplia, y muchas de ellas podrían ser eficaces. Prueba de ello es el temblor que recorre el espinazo de los aparatos políticos del PP y el PSOE, por igual. Tanto, que no me extrañaría que se aliaran, por vez primera en años, no contra el terrorismo, no por una mejora de la educación, no por el empleo o el bienestar, sino contra la reforma de la base legal de su lucrativo tinglado.
   &; Entre otras:
        • Un distrito electoral nacional único
        • Un mecanismo puramente proporcional para la elección de representantes
        • La asignación de escaños o concejalías a los votos en blanco
         • Distritos unipersonales

    Todas tienen problemas pero también ventajas. Todos tienen beneficiarios y perjudicados, que van a querer promover el que más les convenga. Hay expertos a los que habrá que oír, pero la decisión debe corresponder al propio movimiento. Cualquiera de ellos podría funcionar, y hasta podríamos equivocarnos en la elección de la reforma deseable. ¿Y qué? ¿Nos va a ir peor que ahora?

    La persecución de este objetivo, previo y prioritario a cualquier otro, resulta de un realismo tan hondo que quita el hipo pero de una potencia transformadora notable, todos ellos radicalmente democráticos y posiblemente eficaces. Para alcanzarlo puede que sea necesario llegar a acuerdos con aquellas fuerzas –partidos minoritarios, movimientos sociales, ONGs, sindicatos—que estén dispuestas a apoyarlo. Pero el movimiento no debería renunciar a su autonomía, y a dirigir el proceso. Se ha ganado ese derecho.
    Sólo ese punto (la reforma del sistema electoral) justificaría la presentación de candidaturas a unas futuras elecciones, si así se decide. No requeriría una organización demasiado compleja. No necesitamos más programa: no aspiramos a gobernar, y muchas veces hemos comprado programas mucho peores a un precio mucho más caro. ¿Por qué no?
    


(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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Contra la resignación (IV)



        
IV. EL DEBER DE PENSAR


    Un esfuerzo de transformación social siempre exige reflexión, así como liderazgo y ciertas dosis de organización. Y eso entraña peligros, ¡qué duda cabe! Cambiar a unos líderes que no nos gustan por otros que podrían acabar no gustándonos ¿No son todos iguales? ¿No somos todos iguales?

     Y la reflexión ¿por qué dejársela a los expertos? Ya vemos a dónde nos han llevado: a una sociedad muy próspera, es cierto, pero muy desigual, muy insolidaria, muy deshumanizada, y (aunque esto aun no ha salido a colación), muy machista y muy poco sostenible. ¿Es lo que queremos? No desde luego quienes reclaman una democracia real (ya). Así que habrá que buscar nuevos expertos, o pedirles a los que tenemos que cambien el chip.


     Llevamos años aceptando que junto al dinero negro de la corrupción la falsa moneda intelectual del pensamiento único. Vivimos –nos dice Pangloss resucitado y elevado a los altares—en el mejor de los mundos posibles. Los intentos de transformarlo conducen inexorablemente al caos, el dogmatismo y el sufrimiento. Pero ¿no son ya el caos, el dogmatismo y el sufrimiento los que rigen el mundo?

     La versión MacDonalds del postmodernismo nos repite una y otra vez que no existen verdades absolutas (olvidando que si existen mentiras absolutas), que todo son puntos de vista, que las opiniones son como los culos –cada cual tiene el suyo y a todos nos apesta el del prójimo--, que todo depende del color del cristal con que se mira. Una vez desactivados los absolutos intelectuales, basta dar un paso para acabar con los imperativos morales: si no hay verdad, si mi opinión vale tanto como la de cualquiera, entonces puedo hacer lo me venga en gana y no seré peor ni mejor que tú. Ya lo cantaba Gardel:

¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.


    Por este camino se cuela insidiosamente, haciéndole trampas de tahur a un relativismo intelectual sano y necesario, el veneno del todo vale. Esa es la verdad de los golfos, de los corruptos, de los aprovechados. Y la defienden –al tiempo que nos recitan que no hay verdades—con el mismo entusiasmo y dogmatismo que otros defendieron a sangre y fuego el dogma de la única fe verdadera, fuera de la cual no hay salvación posible.

    Es importante dinamitar ese relativismo-basura. No todo es opinable: hay hechos, hay verdades, hay formas de alcanzarlas –la investigación científica, el debate intelectual, el proceso político—y, por muy provisionales o limitadas que sean, son nuestro único asidero para comprender el mundo y transformarlo. La Mecánica de Newton puede que sea una teoría limitada, superada y hasta equivocada, pero las manzanas siguen cayendo de los árboles.

     Del mismo modo, no todo vale. Hay reglas morales, hay normas políticas, hay leyes. Empezando por la antiquísima regla de oro de todas las éticas: trata a los demás como deseas ser tratado. La deslegitimación de estas reglas, normas y leyes beneficia por encima de todo a quienes tienen el poder para sacar provecho de sus privilegios. Su defensa, en cambio, es una tarea imprescindible para los más débiles, precisamente porque no tienen puertas traseras o buenos abogados para librarse de ellas.

     Así pues, antes de comenzar a pensar en qué queremos y cómo podemos llegar a ello, debemos sacudirnos, combatir incluso, este relativismo basura. Una vez dado este paso, sabremos encontrar la forma de encontrar nuevas verdades, de establecer nuevas reglas, de exigir que sean iguales para todos y de imponerlas –con toda la fuerza de las mayorías y todo el respeto a las minorías—como patrimonio común.

     Tenemos el deber de pensar, igual que tenemos el derecho a votar. Aunque sólo sea porque, si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros, en nuestro nombre, contra nosotros.

(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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Contra la resignación (III)


    
III. LA RESIGNACIÓN y EL MIEDO COMO ENEMIGOS

    Todo esto, claro, es más fácil de decir que de hacer. ¡Gran novedad¡ Pero ¿es indeseable? ¿es imposible? No lo creo. ¿Es utópico o ingenuo? Tal vez, pero ¿no son los sueños lo que cambia el mundo? El cambio debe empezar por cada uno de nosotros, pero antes debemos sacudirnos dos grandes enemigos: la resignación y el miedo.
     De los dos, la resignación es el más insidioso. Porque nos miramos en el espejo y reconocemos que no tenemos todas las respuestas, que aunque no nos convenzan los expertos, saben más que nososotros, que lo mismo es verdad que todo es complejo, está interconectado y resulta imposible tocar una pieza sin que el sistema se venga abajo.
    Nos dicen, por ejemplo, que los impuestos a los ricos (sucesiones y patrimonio) sólo generan desincentivos al ahorro, y por tanto a la inversión, y por tanto se cargan el crecimiento económico, y por tanto el empleo, y que al final la cagaremos y será peor para nosotros. Tal vez sea cierto (que no lo creo), pero entonces ¿debemos resignarnos a que los ricos no paguen impuestos? ¡Pues sí que estamos buenos! Si son tan expertos ¿no se les ocurrirá otra cosa?
También nos dicen que las empresas tienen que estar gestionadas por empresarios particulares (a los que tampoco se pueden cobrar muchos impuestos en los beneficios), porque es más eficiente, y eso genera más empleo, más crecimiento, etc., etc.. Y seguramente tienen razón pero, si hay tantos sectores y funciones importantes que están en manos del Estado (la Defensa o la Justicia, sin ir más lejos), muchas de ellas muy eficientes, o intervenidas muy directamente porque se consideran estratégicas (la energía, las telecomunicaciones), ¿por qué no un servicio tan básico como es la banca? ¿Estaban tan equivocados los franceses después de la Segunda Guerra Mundial, que nacionalizaron la banca? ¿Tan mal les fue? ¿Mucho peor de lo que nos ha ido a nosotros con Lehman-Brothers, sus bonos basura y sus swaps? Permíteme que lo dude.
    Otra cosa que nos dicen es que los medios de comunicación, para mantener su independencia, necesitan ser rentables, y por tanto grandes. El problema es que al hacerlo, empiezan a tener demasiados intereses en juego, se meten en sectores que nada tienen que ver con la comunicación, se vuelven locos con las audiencias y renuncian a las funciones de educación y crítica a los poderosos. Así se va a la mierda la independencia, así que ¿por qué no construir otros medios? Eso resulta muy barato en tiempos de internet ¿por qué no romper el monopolio de las grandes cadenas de televisión y radio, de los grandes productores de contenidos? ¿A quien beneficiaría eso? ¿A quién perjudicaría? ¿A la verdad y la información libre? Mira que me cuesta creerlo.
    En cuanto al sistema político, si tocamos la ley electoral, se nos dice, la cosa se puede ir al garete: si se tradujera en escaños el voto en blanco habría inestabilidad (yu-yu), si hacemos listas abiertas se primaría al político-espectáculo sobre la solidez del partido (yu-yu), si se hacen distritos unipersonales, más de lo mismo (yu-yu, yu-yu), si se hace una circunscripción electoral única para toda la nación se perdería la representatividad de partidos muy arraigados a escala local (requeteyu-yu)…Suma y sigue. El problema es ¿tan bien nos va con este sistema? ¿Tan malo es perder un poco de estabilidad a cambio de más representación? ¿Tan peligroso es que todos los votos valgan lo mismo? La respuesta, de nuevo, es no a todo. La primera pregunta que se hace un policía ante un crimen es qui prodest, ¿Quién se beneficia? Sabemos de sobra quien saca provecho de la ley electoral actual: los dos grandes partidos. Y sabemos que no nos gusta lo que están haciendo ¿Y si probamos otra cosa?
    Sabemos quien no quiere que probemos: los beneficiarios del actual estado de cosas. A ellos les va de cine tal y como estamos. Pero ¿y a nosotros, los ciudadanos?
    Para hacerse estas preguntas, y buscar respuestas (y son solo ejemplos) tenemos que sacudirnos la resignación y el miedo. Tenemos que creer que el cambio es posible, y que aunque no estemos seguros de a dónde puede ir a parar, tenemos una herramienta fundamental para promoverlos: la democracia que confiere poder de decisión a cada uno de nosotros, la movilización dentro de los cauces del respeto a la ley (hasta que la transformemos) y la protesta no violenta.
    La resignación y el miedo son dos enemigos terribles. Sacudírselos es, de nuevo, más fácil de decir que de hacer. Y si de verdad comienzan los cambios los que se benefician del actual estado de cosas empezarán a especular menos con la resignación y jugarán más a meternos miedo. Y tienen muchas armas para hacerlo. La pregunta es ¿debemos vivir resignados? ¿Debemos dejar que nos guíe el miedo? ¿queremos ser una sociedad de cobardes?

(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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Contra la resignación (II)



    II LA CRISIS COMO OPORTUNIDAD

Las crisis son una putada: ya sea la de los cuarenta, la de los años treinta del siglo XX o las de este balbuceante siglo XXI, son algo traumático, que causa sufrimiento a muchos, siempre ansiedad e incertidumbre, y a veces (las peores) muerte y destrucción. Pero las crisis son también un punto de inflexión, la bisagra en la que gira el cambio, la ventana que se abre hacia un futuro que nunca será ya igual que el pasado, pero que tampoco tiene por qué ser peor. A todos nos joden, y a muchos les dan miedo, pero es bueno que le veamos lo que tiene de positivo.
La actual crisis económica mundial tiene un origen claro y unos responsables casi con nombres y apellidos: los grandes bancos de inversión norteamericanos y sus socios en otras partes del mundo, los políticos que han apostado por la desregulación de la economía y la retirada del Estado a funciones cada vez menores y los intelectuales (sobre todo economistas) que les han dado herramientas técnicas y cobertura teórica para hacerlo (y cobrando jugosas tarifas por sus servicios). Esto puede ser discutible, claro, pero coincide con la tesis de Charles Ferguson en el estupendo documental Inside job, y con la descripción de muchos economistas de los que no ponen el cazo. En todo caso, no es tan importante de momento.
La crisis del sistema político español también tiene responsables, con nombres y apellidos: los redactores de una ley electoral que busca garantizar la estabilidad laminando la representación, los jefes de los aparatos de los partidos políticos que quieren listas cerradas atiborradas de gentes sumisas (el que se mueva no sale en la foto), los que financian las cajas de los partidos con dinero negro a cambio de favores, los que aceptan ese dinero negro (se lo queden ellos o no), los que desprecian a los ciudadanos como pensadores críticos pero les adulan como votantes. Como podría haber dicho El Roto: “Queríamos votantes y vinieron ciudadanos”.
Tampoco los sindicatos pueden irse de rositas: se han conformado con un sistema que les garantiza cierto poder y unas migajas económicas (que permiten ganarse la vida a muchos), renunciando a defender a aquellos que más lo necesitan: los parados, los precarios, los inmigrantes. En definitiva, los débiles. También tienen su responsabilidad.
Nuestros intelectuales, en tiempos conciencia y espuela crítica de la sociedad, han renunciado también a ese papel: a veces por cansancio y desencanto, a veces por mera estupidez, a veces por agradecimiento a quienes le pagan bien por publicar columnas en los medios o dar charlas en las aulas de cultura, o les subvencionan películas que casi nadie ve.
Y los medios de comunicación, claro. Empresas que presumen de independencia y juegan a llevarse bien con quienes mandan (en la política y la economía), trapicheando con la verdad a cambio de concesiones administrativas para emitir televisión o radio, despreciando al ciudadano ofreciendo telemierda con el argumento de que es lo que a la gente le gusta.

Ahora, todos estos, y sobre todo los primeros, nos dicen que la culpa de la crisis económica, política, de la corrupción, es nuestra, de los ciudadanos. ¿Qué por qué nos metimos en hipotecas que no íbamos a poder pagar? Porque nos las dieron, y nos convencieron de que debíamos ser propietarios, y nos dijeron que podríamos pagarlas. ¿Qué quien nos manda votarles? Ellos, que se empeñan en convencernos de que no hay alternativas, que las que existen son inútiles y utópicas y, sobre todo, peligrosas. ¿Qué por qué comemos telemierda? Porque es lo único que ustedes emiten. ¿Qué por qué estudiamos carreras que no tienen salidas? Porque ustedes crean las universidades y las llenan de contenidos (y profesores) acríticos.

Pero no les falta razón: algo de responsabilidad tenemos también los ciudadanos. Y debemos asumirla, y hacer nuestra autocrítica. Esta sociedad ha renunciado a valores y prácticas muy importantes: la solidaridad en el puesto de trabajo, el pensamiento crítico, la capacidad de movilización autónoma, al margen de los partidos, el desprecio por la austeridad, el trabajo bien hecho y el dinero ganado honestamente, el cuidado de los vecinos y el compromiso con lo que nos rodea.. Pero, como responsables, también podemos cambiar el rumbo. Podemos dejar de consumir telebasura, podemos no votarles, podemos dejar de pedir (y tal vez de pagar) las hipotecas, podemos dejar de pagar facturas sin IVA (y exigir que se persiga en serio el fraude), podemos plantar cara colectivamente a los jefes de personal, podemos negarnos a costear los platos rotos del sistema financiero con nuestro sudor y nuestro esfuerzo, podemos exigir que nuestros profesores enseñen sus verdades y que los medios no se vendan (y si lo hacen, no comprarlos), podemos volver a preocuparnos de nuestros vecinos, en vez de tenerles miedo, y a hacer de la calle un lugar de encuentro, no de tránsito.
Por eso, la crisis es también una oportunidad. Una oportunidad para mantener lo mucho bueno que tenemos, para cambiar lo que no nos gusta (y ya ha demostrado que no funciona), para inventar alternativas e imaginar otro modo de hacer las cosas. Tenemos que hacer autocrítica, claro, pero también recordar que en una democracia, la garantía de los derechos y libertades nos da una herramienta poderosísima para expresar nuestras inquietudes, y el voto es un arma cargada de futuro. Si queremos usarlo.
(CONTINUARÁ)

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Contra la resignación


    
    Vengo de pasar unas horas anoche en la Puerta del Sol de Madrid, esa media tapa de barril de aceitunas desde donde tantas oleadas de indignación han desbordado a todo este país nuestro como resultado de una mínima piedra que una sola mano, o un puñado de ellas han arrojado en el charco –falsa balsa de aceite—de nuestra historia contemporánea. Hoy son los jóvenes y no tan jóvenes del movimento por la Democracia Real quienes han arrojado esa piedra. He tratado de escucharles.
    Lo que he oido es un grito de hartazgo: ese ¡Basta ya! que plantó cara a ETA, ese ¡No a la guerra! que descalabró una victoria electoral casi cantada de la derecha, ese ¡No con mi voto! que aglutina desde hace años a los que creen que otro mundo es posible. Pero ese grito de hartazgo suena también a canto de esperanza. Ojalá cuaje.
    He mirado también. Y lo que he visto ha sido hombres y mujeres decentes, jóvenes y ya no tanto, víctimas muchos y ninguno cómplice de una crisis de la que sin embargo nos quieren hacer paganos: parados, menos-de-mil-euristas abocados a la precariedad, jóvenes aunque sobradamente preparados sin pasta para pagar el coche anunciado, desauciados por las hipotecas, viejos militantes desencantados de militancia, despedidos por la nefasta gestión de ejecutivos de contrato blindado y cuenta de gastos, mujeres puestas en la calle por jefes de personal sin entrañas por el delito de lesa maternidad, prejubilados de EREs que sanean las cuentas de las empresas a costa de los impuestos de todos, estudiantes eternos sin perspectiva alguna de trabajar en lo suyo, excluidos de los partidos (pero a quines se convoca con cinismo a las urnas), trabajadores del andamio víctimas (que no cómplices) de la burbuja inmobiliaria, chavales a quienes jamás los bancos concederían un crédito y sin embargo se les pide que paguen el saneamiento y la fusión de la banca. ¿A quién puede sorprender su hartazgo? ¿Quién podrá reprocharles a la cara que desconfíen de partidos, sindicatos, ideologías o instituciones? Sin trabajo, sin casa, sin futuro ¡sin miedo!
     He recordado, también. Recuerdos de tiempos en que eran la calle –no los despachos, sino las aulas, los barrios, y las fábricas— escenario de las luchas políticas para traer una democracia que ha acabado convirtiéndose en esto. No una democracia real sino un sucedáneo intragable: la partitocracia. Me han venido a la cabeza conversaciones, cientos de ellas, en los años que siguieron: que vaya mierda, que para este viaje no necesitabamos tanta alforja, que la juventud pasaba, que los militantes honestos de antaño se habían apoltronado en las moquetas y perdido contacto con las aceras, que todos eran iguales, que que más daba unos que otros, que algo había que hacer, que nada podía hacerse mientras la gente siguiera más preocupada de las pulgadas que medía la pantalla de su televisor que de los metros que le separaban de su vecino.
    Nunca en todos estos años fui pesimista. Siempre estuve atento a los brotes de rebeldía, de insumisión, de hartazgo. Convencido de que lo que es insostenible no se sostiene indefinidamente.
    Lo que he oído, he visto y he recordado ayer en la Puerta del Sol de Madrid, rompeolas de todas las España, me ha confirmado que no estaba del todo equivocado.
(CONTINUARÁ)
© foto: Santi Ochoa

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Dolores


    No recuerdo ahora la peli (y la he buscado), pero sé que era de Woody Allen, y la frase venía a decir:

Él: ¿Sabes cómo llaman a alguien que cree que todo el mundo le persigue.
Ella: Claro, "paranoico."
Él: No, perspicaz.
Resulta que esta Cospedal no sólo es manifiesta y reiteradamente perspicaz, sino que además aspira a ser la huesped más rica de su cementerio.

© foto: Arghmonkey

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Azar



    Quienes tenemos la mala costumbre de leer en paralelo sabemos que a veces el azar hace de las suyas y nos regala un guiño. En estos días, comparten mesilla La idea de la justicia con Lo prohibido.
    Y me pregunto si ahí fuera alguien no estará alguien tratando de decirme algo sobre la muerte de Bin Laden.
© foto: Dan4th

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Jefes


    Por primera vez en mi vida, me han hecho jefe de algo.
    ¿Qué cómo me siento?
    Sinceramente: mayor.

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Tradiciones


    Después de algunos años de ausencia, vuelvo a manifestarme, convencido de que con la que está cayendo, hoy es más necesario que antes (no digo que nunca). Y, como suele ocurrir, vuelvo a encontrarme en minoría.

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