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Juegos de cartas (1)




    Cada tanto, al menos tres veces al año, llegaba de Galicia una carta. La encontrábamos depositada entre los cojines de la cama, bien visible --la madre se encargaba de eso--, con nuestras señas escritas en inconfundible caligrafía inglesa. La verdad es que nadie salvo el abuelo Antonio nos mandaba cartas –si acaso, alguna vez, una postal de alguno de los tíos que anduviera de viaje--, así que no había mayores misterios que justificaran nuestra emoción. Pero el sobre en la almohada desataba inexorablemente una pelea.

    --Me toca a mí.

    Esa frase era el reconocimiento de un fracaso, pues sólo la pronunciaba el despojado, y sólo el que se había hecho con el sobre podía dictar la sentencia, no siempre razonada, del caso.
    --Mentira. Tú la abriste la otra vez.

    En seguida se oía rasgar el papel, los dedos que hurgaban curiosos entre los pliegues y la exclamación que celebraba el hallazgo. En realidad, las cartas del abuelo no decía gran cosa, aunque siempre eran divertidas.


Queridos nietecitos:
Ha llovido tanto esta primavera que a la abuela Julia le han salido ramas en los postes del tendal. De esas ramas han nacido unos brotes, y allí ha plantado un nido una mal parida urraca –también llamada picaza --- que le caga las sábanas en cuanto nos descuidamos.
Al borrico Sebastián le han crecido las orejas tanto que he pensado cortárselas por la mitad para hacer un gorro por si alguno de los dos no estudia como es debido. Aunque sé de sobra –y tengo informes de buena tinta de calamar al respecto—que sois hombres cabales que no darían ese disgusto a sus padres.
Me ladra al oído Napoleón que os dé un lametón en las rodillas peladas, y la abuela Julia os manda un beso tan grande como la bolla de manteca de los domingos.
Sed malos, que ya sé que sabéis.
Besos de vuestro abuelo que lo es,

Antonio

Post-data: No olvidéis despegar con cuidado el sello que franquea esta carta. ¿A que es bonito?



El secreto de las cartas del abuelo Antonio es que siempre llevaban un billete dentro. Normalmente marrones, de Gustavo Adolfo Bécquer, que debíamos entregar a los Padres para su canje. Parte del dinero acababa en la hucha pero, con suerte –o lo que es lo mismo, si el Padre llegaba tarde a casa--, conseguíamos al menos quince o veinte pesetas para el gasto. Día de fiesta mayor con el pipero o, mejor aún incursión en la juguetería de la señora Lola, una versión modesta y con mostrador de las tiendas del centro, pero aún así poblada de mil cachivaches, indios o cometas pidiendo a gritos un dueño.
De aquellas cartas del abuelo Antonio me ha quedado el gusto por la correspondencia, que aún hoy conservo, aunque sea adaptado, de mala gana, a ese sucedáneo mecanografiado que son los correos electrónicos. Sólo la rapidez de la entrega y la inmediatez de la respuesta presentan alguna ventaja sobre la cadencia de la pluma sobre el papel, el juego de doblar los folios para el sobre y sobre todo la ilusión infantil de encontrar un envío franqueado y personal encima de la cama.


© foto: R Coder

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