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Viajes (2)




    Como venía ocurriendo con alguna frecuencia desde que la Tía dejó de salir con el Frutero, Amalio apareció aquella tarde y se encerraron en el cuarto a charlar. De vez en cuando asomaba Mari, pero debían de estar tratando asuntos importantes porque ni siquiera se molestó en recordarnos que apagáramos la tele cuando acabó la programación infantil. Así que el Microbio y yo pudimos disfrutar de una rara fruta prohibida: “Por tierra, mar y aire”. Era un programa de propaganda sobre las actividades de lo que entonces aún se llamaban los tres ejércitos. Nada de fuerzas armadas ni de ministerio de defensa: eran los ejércitos de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, éste último con pilotos aguerridos pero una dotación de aparatos que hubiera avergonzado al Barón Rojo: aún así, nos sabíamos de memoria las evoluciones de los ágiles saetas –una especie de avión a reacción en miniatura, de fabricación nacional—y los primeros Mirage comprados a Francia. Junto a ellos, los carros de combate de la Acorazada que parecían estar permanentemente de maniobras, aunque sospecho que la mayoría de las veces no daba para pagar el fuel, y sobre todo tropas, muchas tropas. Los sorchis en uniforme de campaña, sonriendo feroces cuerpo a tierra aferrando el chopo, regulares con quepis rojos o legionarios con gorrilla cuartelera. Aunque nos costaba imaginar exactamente cuándo, sabíamos que antes o después tendríamos que pasar, como todos los varones de aquella España, por la mili, y escuchábamos con ávida incredulidad las anécdotas que a veces nos regalaban nuestros tíos o los hermanos mayores de los chavales del barrio.
    Ni a la Tía ni a los Padres les gustaba un pelo que nos alimentáramos con semejantes materiales, pero nunca nos dieron una explicación creíble del por qué. Al fin y al cabo, el barbudo con boina del poster del despacho del padre también tenía una metralleta entre las manos, y el antimilitarismo aun no formaba parte del programa educativo. Así que se limitaban a tratar con desdén mi afición por los tanques, los obuses y el trote legionario y a apagar la tele con cualquier excusa.
    Enfrascados como estaban, sólo el sonido de la puerta de la calle sacó de sus asuntos a Amalio y la Tía Mari, que asomaron para recibir al Padre. El intercambio de gestos y tonos fue sutil, pero lo bastante eficaz como para que nadie se preocupara de lo que estábamos haciendo, pese a que se acercaba la hora de los baños. Pasaron los tres al despacho del padre, desde el que llegaban, entrecortados pero audibles, los retazos de una discusión.

    --Te lo he dicho bien claro, Amalio, ni una sola vez más –esa era la voz del Padre.

    Mientras tanto, había empezado el telediario y le sugerí al Microbio que tal vez por una noche podríamos dirigirnos al baño sin esperar instrucciones. Pero Jonás no estaba para bromas.

    --Tú aquí no mandas.

    Le agarré del pescuezo, rodamos por el suelo, intentó morderme y cuando ya le tenía a punto de aprisionarle los brazos con las rodillas para una sesión de dolorosas tobas en la nariz, sonó de nuevo la voz del Padre.

    -- Por supuesto que sé lo que significa, Amalio. Lo sé perfectamente.

    Se abrió la puerta del despacho, y el Microbio aprovechó mi desconcierto para librarse de la presa y salir corriendo hacia la Tía Mari, fingiendo el llanto, una de sus especialidades. Pero las caras serias de los mayores interrumpieron cualquier intento de comedia. La Tía nos mandó al baño, y desde allí, mientras nos desnudábamos y corría el agua en la bañera, escuchamos los últimos coletazos de la discusión, ahora ya sin el Responsable.

    -- También tengo una responsabilidad con mis hijos, Mari. ¿Quién los cuidará si caigo? ¿El Partido?

    No escuchamos la respuesta de la tía, pero sí, clara y firme, la voz de nuestro padre.

    -- No me jodas, Mari. Tú no.



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