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Viajes (y 4)





    Las noches siguientes a su vuelta, reclamamos al Padre que nos acompañara a la cama para contarnos historias de París. Nos habló del Sena que lame los pies de los campos de Marte, de la habitación del hotel del Barrio Latino, donde estaban cubriendo los adoquines con asfalto para que no saliera a la superficie la playa que había debajo, de las terrazas de los bistrots del boulevard Saint Michel, con sus garçons estirados que torcían el morro si no les gustaba la propina, del enorme piso que ocupaba la agencia que había ido a visitar, junto a la plaza de l’Etoile, de la tumba de Napoleón en los Inválidos, del Louvre, claro, de los bouquins de libros de viejo junto al río, del mercado de las pulgas en la puerta de Clignancourt.
    -- Padre, y en París... ¿hablan francés todo el rato? –preguntó el Microbio.
    -- No, Jonás –contestó riéndose--, por las noches, cuando se cansan, hablan español, como todo el mundo.
    -- Aaaah.

    Nos contó que en un café trató de pedir un bollo para desayunar, que no sabía cómo se llamaba, y mientras trataba de encontrar una palabra que no fuera cruasán el camarero le espetó.
    -- Venga, caballero, decídase pronto que se me está formando cola –con un acento andaluz que le pilló totalmente de sorpresa.

    O cuando fue a comprar un jersey en La Samaritaine, y se le escapó un comentario de que era algo caro, y la dependiente le respondió que si esto le parecía caro que no se le ocurriera acudir a las Galeries Lafayette, que ahí sí que le iban a sacar un ojo de la cara. París, nos contó, está lleno de españoles, sobre todo trabajando en los bares, de criadas en las casas, de porteros, transportistas u obreros en las fábricas. Pero ni siquiera los españoles se comportaban como cuando vivían aquí. En los kioscos vendían una veintena de periódicos distintos, y la gente criticaba al gobierno en voz alta en los cafés, y los estudiantes se manifestaban por las calles sin que los policías corrieran tras ellos empuñando porras. Había librerías –algunas también llenas de españoles—donde vendían libros que aquí estaban prohibidos, incluso libros para niños. Eso, nos contó, se llamaba en francés liberté. Poder hacer lo que uno quisiera, siempre que no perjudicara a los demás. Sin que le mandaran a la cárcel por ello.

    -- ¿O sea, que en París no hay cárceles?
    -- Bueno, Manu, tampoco exageremos…
    -- A la Madre le hubiera gustado París ¿no?
    -- Sí, –respondió, súbitamente serio—le habría encantado. Pero también en París la hora de apagar la luz es sagrada. Sacrée. Así que, enanos, un beso y a dormir.
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    La escayola tuvo al Rubio Salazar un mes alejado de los plintos y las espalderas. Nos miraba con envidia mientras hacíamos la carretilla gimnasio arriba y abajo, sentado en un rincón, vestido de uniforme. Todos los de la clase habíamos firmado sobre el yeso, aún fresco, el lunes después de la excursión al descampado.
    -- Ha dicho mi padre que ya no puedo volver a ir a vuestra casa.
    -- Jo, qué pena. Lo pasamos de miedo.
    -- Sí. –se le escapó una sonrisa—Pero mi madre dice que ya hablaremos.

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