martes, abril 24, 2007

Para Dani, con mis sincieras disculpas
Una de las paredes de la alcoba de los padres estaba cubierta por una estantería de pino basto que se alargaba hasta el techo. Allí acababan sus días, una vez leídos, los libros que andaban siempre rondando por la casa. Novelas, sobre todo, de títulos prometedores – Mientras la ciudad duerme, Oscuro como la tumba en la que yace mi amigo, Los desnudos y los muertos--, libros de ensayo llenos de palabras imposibles –empiriocriticismo, dialéctica, praxis, historiografía--, cubiertas rústicas o lomos con sobredorados, almacenados en ocasiones en doble fila, cubiertos también a veces de una leve capa de polvo.
Aunque nunca encontré nada que llegara a poder leer, me gustaba curiosear entre los estantes, observando el contraste de los tamaños, la policromía de los lomos, tratando de deducir el significado de aquellas palabras a partir de las ilustraciones de la portada –cuando las había---, memorizando títulos y autores o simplemente dejando vagar la imaginación entre el despliegue de tipografías y colores. De aquella, imagino, me habrá quedado el gusto por husmear en los anaqueles de las librerías de viejo, por la rebusca en las casetas de Moyano o los batiburrillos de los mercados.
Fue en el curso de uno de aquellos ratos, no lejos de un fin de año, cuando Jonás descubrió bajo la cama unos paquetes cuidadosamente envueltos en papel de regalo.
--Ahí va, Manu ¿qué habrá aquí?
Demasiado tarde: el Microbio había arrancado ya un trozo del envoltorio lo bastante grande como para distinguir, impresas en color rojo sobre fondo amarillo, unas letras que remedaban tablones rotos y dibujaban la palabra “FORT…” en mayúsculas. Así fue como mi hermano descubrió que los regalos de Papá Noel no se distribuían todos la noche del 24, sino que los dejaba en depósito, unas semanas antes, bajo la custodia de los padres.
-- Imagínate, Microbio, que tuviera que repartir todo ese montón de juguetes en una noche. Él sólo.
-- Pero tiene a los pajes…
-- ¿Serás bobo? Esos son los Reyes Magos.
-----------oooOooo----------
Semioculto tras una hilera de libros, enrollado en forma de grueso cilindro –y ya era llamativo que en nuestra casa alguna pieza de papel impreso recibiera ese maltrato— encontré aquello en una de mis incursiones. Fue inicialmente la curiosidad lo que me llevó a sacarlo del estante y desenrollarlo. Lo que vi había de quedar en mi memoria para siempre.
Se trataba de una especie de revista gruesa, con textos en un idioma extranjero, aunque lo que llamaba poderosamente la atención eran las fotos. Imágenes en blanco y negro como las dos que ilustraban la portada: un hombre de una delgadez tan extrema que parecía más un esqueleto, los ojos nadando aterrados en las cuencas, despidiendo un brillo oscuro que traspasaba el mate del papel, los pómulos afilados a punto de horadar la piel, disfrazado con una especie de pijama basto de rayas gruesas, tocado con un gorro del mismo tejido que le bailaba sobre el cráneo casi pelado y mirando a la cámara como si quisiera tirar de uno hasta atraparlo. En el pecho mostraba unos números y una estrella de seis puntos de color más claro. A su lado, otra foto mostraba un montón de cuerpos, despojos humanos apilados hasta la altura de lo que parecía un almacén o una pequeña fábrica. En las páginas del interior se repetían las imágenes: largas filas de hombres y mujeres cadavéricos, edificios oscuros de ladrillo con artefactos de metal –eran las cámaras de gas--, patios embarrados, barracas de madera con literas de troncos y toscas estufas de metal, verjas y vías de tren, torretas de vigilancia erizadas de alambre de espinos, naves repletas de maletas, pilas de zapatos, muñecas, dientes de oro y plata… Los hombres-esqueleto aparecían a menudo en las fotos, en un rincón, siempre con es mirada negra y perdida, en solitario o en pequeños grupos. En el texto, nombres en mayúscula que ya no olvidaría: Dachau, Treblinka, Bergen-Belsen, Mauthausen…Auschwitz.
El Microbio debió de notar algo, el silencio tal vez, la respiración contenida. Preguntó algo antes de arrimarse a curiosear, lo que me dio tiempo a volver a enrollar aquello antes de que pudiera echarle la vista encima.Etiquetas: Primeras nieves, Relatos
MH | Sin comentarios
| #
lunes, abril 23, 2007
Del amor a los libros
Donald Rayfield nos cuenta que el camarada Stalin era un lector voraz, de amplios intereses y fino criterio.
El resto de la obra está lleno de noticias igual de desalentadoras para quienes amamos los libros.
Etiquetas: Reloaded
MH | Ha dado que hablar
| #
miércoles, abril 18, 2007

Aquella noche, Amancio durmió en el cuartelillo del pueblo del enorme campanario. Xavi se quedó a esperar que lo soltaran, con el coche, y nosotros tiramos para Madrid, con el estómago vacío y la congoja en el cuerpo.
Jaime el Seta se quedó a dormir con nosotros, así que a Jonás y a mi nos tocó compartir cama. La tortilla de patatas de la tía Mari nos supo a gloria; el Microbio se tomó ración extra, aunque no se le quitó la cara de abrumado en toda la noche. Ni siquiera el vaso de colacao con galletas pareció templarle.
Después de una fantástica pelea de almohadas –es difícil de creer la diferencia que va de dos a tres— el Microbio por fin soltó lo que le venía reconcomiendo.
-Oye, Manu, ¿tú crees que a la Madre la llevaron a la cárcel pro algo que yo dije?
El Seta, con una carcajada descarada, le arreó un tremendo almohadazo.
-- ¡Picoleto! Que además de bocazas eras un picoleto.
-- ¡Picoleto! --repetí, mientras le enviaba otro viaje con el cojín.
Así hasta que llegó la tía Mari, y nos encontró al Seta y a mi empuñando las almohadas con cara de culpables. Se llevó a Jonás, que lloraba, al salón, y a mi me prometió un castigo del que no me iba a librar.
Desde entonces, cuando realmente quería picar al Microbio sólo tenía que chillarle –o susurrarle al oído-- : ¡Microbio picoleto!.
Etiquetas: Primeras nieves, Relatos
MH | Sin comentarios
| #
viernes, abril 13, 2007

Una de las cosas para las que servía el cuatrolatas era para las excursiones de los domingos al campo, normalmente a un pueblo con pinar o con río. No sé por qué, pero los que tenían pinar no solían tener río, y viceversa. Estas partidas de campo las compartíamos con algunos amigos de los Padres que tenían hijos pequeños; de todos ellos, el más amigo era Jaime el Seta. No recuerdo bien porqué le llamábamos el Seta, si no es porque se apellidaba Goizueta. Claro que su padre tenía el mismo apellido, y todos le llamábamos Xavi.
Jaime tenía madera de líder era un poco más pequeño que yo, pero algo mayor que Jonás, y aunque íbamos al mismo colegio rara vez jugábamos juntos allí. La jerarquía de las clases en pocos sitios es más rígida que el patio de recreo: los de segundo no se mezclan con los de tercero, y hasta en los partidos de fútbol los del A jugábamos siempre contra los del B. Sólo la disputa con los de octavo, que ocupaban las canchas de baloncesto con balones duros como piedras y carreras desgarbadas de adolescentes podía unirnos temporalmente. Pero fuera del colegio, en nuestras excursiones, o en las largas tardes en su casa, Jaime el Seta era el inventor y el árbitro de todos nuestros juegos. La tía Mari decía que era muy espabilado, que se veía que era hijo de padres separados, pero yo en lo único que lo notaba era en que cuando íbamos al campo unas veces venía con Xavi y otras con Maite.
Aquella mañana, Jaime cargaba como de costumbre con una bolsa repleta de sorpresas. Un balón oblongo de rugby que olía a caucho nuevo, un boomerang, tres Gi-joes con pelo cortado a cepillo que doblaban en estatura a nuestros escuálidos madelman y un avión de alas de membrana plástica que volaba impulsado por la fuerza de torsión de una gruesa goma sobre la hélice. En la perrera del cuatrolatas, además, viajaban la paella requemada de carbonilla, la nevera con hielos y repleta de botellines de skol y un par de sillas plegables. Maite, la madre del Seta, algún otro amigo que no recuerdo, el Padre al volante y Amancio de copiloto. Nosotros asomábamos la nariz desde el maletero y escuchábamos a los mayores discutir y cantar un repertorio sorprendente de canciones que siempre incluían versos con luchas, barricadas, banderas, guerrillero y otras por el estilo. Mi favorita era una italiana, que el Padre entonaba con brío y una voz de barítono, con tanto entusiasmo que Amancio tenía que llamarle la atención para que no se saliera del carril de un volantazo.
Avanti popolo, alla riscossa
Bandiera rossa, bandiera rossa
Avanti popolo, alla riscossa
Bandiera rossa trionferà
Acabábamos aprendiendo todas esas canciones, aunque teníamos instrucciones estrictas de no repetirlas fuera de casa, ni siquiera cuando estábamos con los abuelos. En realidad, sobre todo cuando estábamos con los abuelos. Claro que yo se las enseñaba a Joserra y a los demás miembros de nuestra célula, pero ellos no iban a irse de la lengua.
Entre canción y canción se iba pasando el trayecto, contando matrículas que no llevaran la M y viendo pasar en las lindes de la carretera los campos pelados de Castilla, de un verde intenso en primavera, tachonadas del rojo de las amapolas –que aún no habían sido desterradas a las lindes y los barbechos--, punteados de pueblos a los que se llegaba por carreteras estrechas y presididos siempre por el campanario de una iglesia enorme que casaba mal, por desporporcionada, con las docenas de casa y las calles embarradas. Luego, al llegar a nuestro destino, una parada en el bar para comprar una barra de hielo para las cervezas y un par de hogazas de pan para la comida. Aquella vez, cuando enfilábamos la cuesta que daba entrada al pueblo, poco antes de cruzar ante el yugo y las flechas que anunciaban el nombre de la población, a Jonás le llamó la atención la inmensa mole que sobresalía de un manto de tejas rojas.
--¿Qué es aquello tan grande, Papá?
-- ¿Aquello? Es una iglesia, Jonás, el campanario de una iglesia.
-- ¿Y qué es una iglesia?
Los mayores se rieron, supongo que satisfechos de los frutos de la educación laica, o tal vez asustados de lo lejos que había llegado su empeño en mantenernos alejados de aquello que tanto marcó su propia infancia: sotanas, sacristanes, rosarios y hostias consagradas. El único que no se río fue Amancio. Rara vez lo hacía.
--Es un sitio donde los curas engañan a la gente.
Y aunque no tenía una idea cabal de qué eran los curas, a Jonás le debió parecer bastante la respuesta, o le amedrentó el tono serio del camarada Amancio, porque no volvió a preguntar nada más.
Etiquetas: Primeras nieves, Relatos
MH | Sin comentarios
| #
lunes, abril 09, 2007

El despacho del Padre en la agencia Auger e Hijos no era muy grande, pero tenía un perchero de metal cromado, una mesa de madera brillante y repleta de papeles y un cajón para artículos de escritorio que parecía el cofre del tesoro: cajas de clips, una grapadora de acero brillante, un bote de tinta negra, flomasters de varios colores y hojas de papel grueso en las que siempre nos dejaba dibujar un rato. También tenía una secretaria que se llamaba Rosa y hablaba sin parar, pellizcándonos las mejillas y mareándonos con un perfume de esos que llamábamos embriagadores.
El dueño de la agencia, el señor Auger, era un gordinflón con grandes bolsas bajo los ojos y modales ceremoniosos, que olía a loción de barbería y vestía siempre traje con chaleco. Un día nos explicó lo importante que era el Padre en la empresa.
--Vuestro padre, chavales, es el mejor creativo de Auger e Hijos. Podéis estar orgullosos de él.
Mientras se alejaba por el pasillo con esos andares de campesino que aún no se ha aclimatado al terno y la moqueta, el Padre nos dedicó una mueca como diciendo “No le hagáis mucho caso”. Y yo me acordé de un chiste de soldados mexicanos que tenían que empujar un camión para sacarlo de una zanja, y no había forma.
Aunque le costara confesarlo, el Padre estaba orgulloso de su trabajo. No sólo porque nos había permitido comprar el cuatrolatas y alquilar un apartamento para veranear en Santander, sino porque le divertía inventarse eslóganes absurdos y letras para jingles pegadizos.
Tres sabores, tres colores
Tres gustos para tu boca,
Prueba a cerrar los ojos
Y adivina cuál te toca.
Ese era el de caramelos Gusis, pero también estaba la campaña del café Nuar –Nuar, aromas de cafetal—y un porrón de ellas que nos contaba a veces por las noches, cuando regresaba a casa cansado pero a tiempo para charlar un rato con el Jonás y conmigo antes de dormir. Al Microbio y a mi, más que los carteles de los anuncios e incluso más que las bolsas de muestra de caramelo, nos gustaba el despacho del Padre en la agencia, las tardes que la tía Mari tenía exámenes o cosas que hacer y no había con quién dejarnos. Nos sentábamos en la mesa a pintar, o nos llevaban a una sala donde había una tele, y Rosa asomaba de vez en cuando a preguntar si queríamos otra cocacola. La respuesta era siempre sí, igual que ella siempre decía “Oooooh” abriendo mucho los ojos cuando les mostrábamos los dibujos de stukas bombardeando en picado y batallas de platillos volantes.
Etiquetas: Primeras nieves, Relatos
MH | Sin comentarios
| #

Al Padre le empezaban a ir muy bien las cosas en su nuevo trabajo de la agencia de publicidad. Los del scalextric no fueron los únicos coches que entraron el la casa. El 600 heredado del abuelo Antonio fue reemplazado por un flamante 4-L, el cuatrolatas blanco en cuyo maletero habríamos de cubrir los niños los trayectos cortos, hacinados hasta cuatro de varias edades entre las bolsas y dando botes sobre unas mantas. Cuanto peor era el camino mayor la diversión, y no había para nosotros mejor asiento en el coche que la perrera. Aún me recuerdo mirando disolverse el paisaje entre el polvo de la carretera, la nariz pegada al cristal inclinado y esa felicidad plena de las que sólo somos capaces en la infancia.
--¿Jugamos a las familias? –propuso Jaime el Seta.
--¡Me pido perro! –replicó el Microbio con entusiasmo.
Estrenamos el cuatrolatas una tarde de primavera con una excursión al monte del Pardo, coronada con patatas fritas y boquerones en vinagre en un mesón al que se acercaban los jabalíes a mendigar mendrugos de pan. Aunque no estaba de humor, el Padre convenció a la tía Mari de que nos acompañara. Mientras Jonás y yo enredábamos con los madelmans entre los hierros de los columpios, los mayores se entregaban al rito mil veces repetido de las cañitas y la conversación.
--Cualquiera diría que te sienta mal –dijo el Padre, cuando creyó que no le oíamos.
--No me sienta mal.
--Entonces ¿a qué viene esa cara?
La Tía se le quedó mirando como solía mirarnos a nosotros cuando habíamos hecho una gorda y dudaba si empezar a repartir gritos o quitarse directamente la zapatilla.
--No es nada, joder. Pero…parece que no tengas a tu mujer en la cárcel.
Ahora fue el padre quien se quedó mudo. Mari dio un sorbo a la cerveza, mientras clavaba los ojos en el suelo. Luego se volvió hacia nosotros, que estábamos probando la impermeabilidad del traje de hombre-rana del madelman en un charco.
--¡Niños! Pero ¿pero es que nunca podéis inventar nada bueno?
Etiquetas: Primeras nieves, Relatos
MH | Sin comentarios
| #